La historia de Madrid: Doce siglos de transformaciones que explican todo lo que vas a ver en la ciudad

La historia de Madrid

Doce siglos de transformaciones que explican todo lo que vas a ver en la ciudad

Madrid no debería existir. No tiene río navegable, no tiene puerto, no está en ninguna ruta comercial natural. Las ciudades que se convierten en capitales suelen tener alguna de esas ventajas; Madrid no tenía ninguna. Y sin embargo aquí está: cinco millones de personas, el corazón político y cultural de España, una de las grandes metrópolis de Europa. La historia de Madrid es, en buena medida, la historia de una improbabilidad que se fue haciendo inevitable.

Madrid en datos
FundaciónSiglo IX, hacia el año 852 d.C.
FundadorEl emir Muhammad I de Córdoba
Origen del nombreDel árabe Mayrit, «lugar de aguas»
Capital de España desde1561, por decisión de Felipe II
Población actualMás de 3,3 millones de habitantes en el municipio
Patrimonio UNESCOAranjuez · Alcalá de Henares · El Escorial · Paseo del Prado y Retiro

Ciudad árabe

1. Mayrit: una fortaleza junto al agua

Todo empezó con una decisión militar. En el siglo IX, el emir Muhammad I de Córdoba necesitaba un sistema de vigilancia en el centro de la Península que le permitiera controlar los pasos entre el Sistema Central y el valle del Tajo, rutas por las que se movían los ejércitos cristianos del norte. Eligió para ello un altozano sobre el arroyo que hoy discurre enterrado bajo la Plaza de Oriente, y allí levantó una fortaleza pequeña, amurallada, funcional. La llamaron Mayrit, un nombre que mezcla árabe y latín en una etimología discutida pero que suele traducirse como «lugar de aguas», en referencia a la red de canalizaciones subterráneas —los llamados viajes de agua— que los musulmanes construyeron para aprovechar los manantiales de la zona.

Aquella Mayrit islámica era modesta: unas cuantas calles tortuosas, una mezquita principal en el lugar donde hoy se levanta la Catedral de la Almudena, viviendas de adobe y piedra. No era una ciudad en el sentido pleno de la palabra, sino un puesto avanzado dentro del sistema defensivo del Califato de Córdoba, un lugar donde los soldados vigilaban y esperaban. Lo que sí tenía era agua, algo escaso y valioso en la meseta castellana, y una posición elevada desde la que se dominaba el territorio circundante. Esas dos cualidades, tan poco glamurosas, serían decisivas en su historia posterior.

De aquella fortaleza islámica quedan hoy restos concretos y visitables: un tramo de muralla árabe del siglo IX se conserva junto al Parque del Emir Mohamed I, detrás de la Catedral de la Almudena. Verla exige un pequeño esfuerzo de imaginación —los bloques de pedernal y granito no impresionan a primera vista— pero cuando uno entiende que esos muros tienen más de mil años y que son el fundamento literal sobre el que se construyó todo lo demás, adquieren una densidad diferente.

Reconstrucción realista de Mayrit, la fortaleza musulmana del siglo IX que dio origen a Madrid, junto a la muralla y los viajes de agua.
Reconstrucción artística de Mayrit en el siglo IX

El legado del agua

Los viajes de agua subterráneos fueron una obra de ingeniería esencial. Permitieron abastecer a la fortaleza y a sus habitantes, y convirtieron un enclave árido en un lugar habitable y estratégico. Sin ellos Mayrit, no habría existido.


Ciudad cristiana

2. La conquista cristiana y la villa medieval

En 1085, el rey Alfonso VI de León y Castilla tomó Toledo, la gran capital visigoda del centro peninsular, y con ella cayó también Mayrit casi sin resistencia. La pequeña fortaleza islámica pasó a manos cristianas y comenzó una transformación lenta pero irreversible. Las mezquitas se convirtieron en iglesias, los nuevos habitantes llegaron del norte con sus costumbres y su lengua, y la trama urbana heredada del período islámico —esas callejuelas estrechas que se doblan sin previo aviso— fue la base sobre la que se fue construyendo la villa cristiana.

Durante los siglos XII, XIII y XIV, Madrid no era todavía nada especial. Era una villa de tamaño mediano, con sus murallas, sus parroquias, su mercado y su alcázar, parecida a otras muchas villas castellanas de la época. Lo que la distinguía era su utilidad para la corona: su posición central en la Península la convertía en escenario conveniente para reuniones de Cortes y en punto de partida para las cacerías reales en el bosque de El Pardo. Varios reyes la visitaron y la usaron, y esas visitas fueron generando privilegios, infraestructuras y una cierta prosperidad que la fue diferenciando gradualmente de sus vecinas.

También fue generando sus sombras. En 1391, una oleada de violencia antisemita se extendió por toda Castilla y llegó a Madrid: el ataque a la aljama local dejó muertos y destrucción, y marcó el inicio del fin de la presencia judía en la villa, que culminaría con la expulsión general de 1492. Es uno de esos episodios que la historia oficial tiende a despachar con rapidez pero que forman parte inseparable del retrato completo de cualquier ciudad medieval.

A finales del siglo XV, Madrid era ya una villa con peso propio en el reino, con estructuras de poder local, una economía artesanal y comercial en crecimiento, y un alcázar que los reyes usaban con regularidad. Nadie habría apostado todavía por ella como capital. Pero el siglo XVI iba a cambiarlo todo.


3. Felipe II y el día que Madrid se convirtió en el centro del mundo

En 1561, Felipe II tomó una de las decisiones más influyentes de la historia de España: trasladó la corte del Imperio a Madrid. No había ninguna razón espectacular para elegir esta villa sobre otras opciones más obvias —Toledo, Valladolid o incluso Sevilla, que ya era la ciudad más rica del país gracias al comercio americano—. Pero Felipe II valoraba precisamente lo que otros consideraban defectos: Madrid estaba en el centro geográfico de la Península, lejos de las costas y sus amenazas, sin una aristocracia local poderosa que pudiera condicionar al monarca, y con un clima que, al menos en verano, era tolerable en el alcázar junto al Manzanares.

La decisión fue permanente y sus consecuencias, inmediatas. En menos de una generación, Madrid pasó de ser una villa de veinticinco mil habitantes a una ciudad de cien mil. Llegaron los nobles con sus séquitos, los embajadores con sus cortes, los comerciantes que abastecían a todos ellos, los artesanos que construían sus palacios, los pícaros que intentaban aprovecharse del caos de una ciudad creciendo demasiado rápido. Las infraestructuras eran insuficientes: el agua era escasa, el saneamiento era inexistente, las calles eran barro en invierno y polvo en verano. Un embajador veneciano del siglo XVI describió Madrid como una ciudad que olía mal pero que tenía el mejor cielo de Europa. No era un cumplido.

Y sin embargo, algo extraordinario estaba ocurriendo en esa ciudad maloliente y superpoblada. El Siglo de Oro español —ese período de unos cien años entre mediados del XVI y mediados del XVII en que la literatura y el arte en lengua castellana alcanzaron un nivel que no ha vuelto a repetirse— tuvo en Madrid su epicentro. Cervantes vivió aquí buena parte de su vida, incluyendo los años en que escribió el Quijote; hay una placa en la calle Cervantes que señala dónde estaba su casa, en el corazón del barrio que todavía se llama Barrio de las Letras. Lope de Vega también vivió en ese mismo barrio, a pocas decenas de metros, y la rivalidad entre los dos escritores era tan conocida en la ciudad que se había convertido en cotilleo de taberna. La casa de Lope, perfectamente conservada, es hoy uno de los mejores museos de Madrid y uno de los menos visitados: un jardín con rosales, una capilla privada, una biblioteca con los libros que él mismo manejó. Merece mucho más que la atención que recibe.

Los corrales de comedias —el Corral de la Cruz y el Corral del Príncipe— llenaban sus gradas cada tarde con un público que iba desde el rey hasta el más humilde artesano, todos mezclados en la misma pasión por el teatro. Quevedo insultaba a sus enemigos en sonetos que circulaban manuscritos por las tabernas. Góngora oscurecía voluntariamente su poesía hasta hacerla casi ininteligible, y había quien sostenía que eso era exactamente lo que la hacía genial. Madrid era, para quien tuviera la suerte o la habilidad de moverse en esos círculos, el lugar más estimulante intelectualmente de Europa.

Al mismo tiempo, se estaban construyendo los espacios urbanos que todavía hoy definen el corazón histórico de la ciudad. La Plaza Mayor, terminada en 1619 por Juan Gómez de Mora, fue durante dos siglos el escenario de todo lo que importaba en Madrid: mercados, festejos, proclamaciones reales, autos de fe, corridas de toros y ejecuciones públicas. Ese cuadrado perfecto de soportales y balcones es hoy un espacio turístico que a veces cuesta ver con ojos limpios, pero si uno llega temprano, cuando los turistas todavía duermen, puede encontrar en él algo de la escala humana del Madrid antiguo.


4. Los Borbones y la ciudad que se miró en el espejo de París

Con la muerte de Carlos II en 1700 sin herederos, la guerra entre pretendientes al trono español arrastró a media Europa durante más de una década. Cuando terminó, Felipe V, nieto de Luis XIV de Francia, se sentó en el trono español, y con él llegó una manera completamente distinta de entender el poder, la ciudad y la arquitectura.

Recreación realista de Filippo Juvarra observando la construcción del Palacio Real de Madrid rodeado de obreros, andamios y planos arquitectónicos
Filippo Juvarra supervisando las obras del futuro Palacio Real de Madrid en una recreación inspirada en el proyecto borbónico del siglo XVIII

El primer gran gesto fue involuntario: en la Nochebuena de 1734, un incendio destruyó el antiguo Alcázar de los Austrias. Felipe V, que no sentía ninguna melancolía por el edificio, aprovechó la oportunidad para construir en su lugar algo completamente diferente: el Palacio Real, un edificio concebido a la manera de Versalles, con la escala y la monumentalidad que correspondían a un monarca del siglo XVIII. El resultado es el palacio real más grande de Europa occidental por superficie, un edificio de una majestuosidad algo fría que se comprende mejor desde el exterior —desde el Campo del Moro o desde la cuesta de la Vega— que caminando por sus interminables salones dorados.

Pero fue Carlos III, que llegó al trono en 1759 después de gobernar Nápoles durante veinticinco años, quien transformó Madrid de manera más profunda y duradera. Su apodo, «el mejor alcalde de Madrid», no es una hipérbole: en sus casi treinta años de reinado, la ciudad recibió la Puerta de Alcalá, la Fuente de Cibeles, la Fuente de Neptuno, el Real Jardín Botánico, el Observatorio Astronómico y el edificio que hoy alberga el Museo del Prado, aunque entonces se construyó para ser un museo de Ciencias Naturales. También se instaló el alumbrado público, se pavimentaron las calles, se construyó un sistema de alcantarillado y se prohibió el viejo hábito madrileño de tirar las aguas residuales directamente a la calle gritando «¡agua va!». Que esta última reforma resultó polémica dice bastante sobre el estado de la ciudad antes de que Carlos III llegara.

El eje que hoy se llama Paseo del Prado fue concebido en aquella época como un gran bulevar ilustrado, un paseo arbolado donde los madrileños pudieran pasear, conversar y, en teoría, elevarse moralmente por el mero hecho de rodearse de fuentes alegóricas y jardines bien cuidados. Que hoy ese mismo eje albergue tres de los mejores museos del mundo —el Prado, el Thyssen y el Reina Sofía— es una coincidencia histórica que ningún planificador urbano del siglo XVIII podría haber anticipado, pero que parece inevitablemente lógica una vez que ha ocurrido.


5. El 2 de mayo de 1808: el día que Madrid cambió la historia de Europa

El 2 de mayo de 1808 es la fecha más dramática de la historia de Madrid, y una de las más decisivas de la historia europea. Las tropas napoleónicas llevaban meses ocupando España de facto; el rey legítimo había sido sustituido por el hermano de Napoleón, José Bonaparte; y los madrileños, hartos de ver cómo los últimos miembros de la familia real eran trasladados a Francia como si fueran bultos, se levantaron en una revuelta espontánea, sin líderes, sin plan, sin ninguna posibilidad real de ganar. Lucharon con navajas y adoquines arrancados de las calles contra la caballería napoleónica, la mejor del mundo en aquel momento.

La represalia fue inmediata y sangrienta. Esa misma noche y la siguiente, los soldados franceses fusilaron a grupos de prisioneros madrileños en las tapias del Retiro y en la montaña del Príncipe Pío. Francisco de Goya, que tenía sesenta y dos años y vivía a poca distancia, lo vio o lo supo en detalle suficiente como para pintarlo seis años después con una precisión que todavía hoy resulta perturbadora. Los dos cuadros que inmortalizaron aquel día —«El 2 de mayo de 1808» y «Los fusilamientos del 3 de mayo»— cuelgan en el Museo del Prado, y son de esas obras que te encuentras de repente, doblando una esquina, y te dejan sin habla. No por la violencia en sí, sino por la manera en que Goya la pintó: sin heroísmo falso, sin retórica, con la brutalidad descarnada de algo que realmente ocurrió.

La guerra duró seis años, los franceses acabaron siendo expulsados, y Fernando VII volvió a España con la promesa de gobernar de acuerdo a la nueva Constitución liberal de 1812. Incumplió la promesa en cuanto pudo, instauró un régimen absolutista y pasó a la historia como uno de los peores reyes de España, lo cual es una competencia muy reñida. Pero la semilla del liberalismo estaba plantada, y Madrid sería durante el resto del siglo XIX el escenario de todos los conflictos, pronunciamientos y cambios de régimen que ese proceso generó.


6. El siglo XIX: una ciudad que no para de cambiarse a sí misma

El siglo XIX en Madrid es una historia de transformaciones continuas, algunas espectaculares y otras silenciosas, que en conjunto construyeron la ciudad moderna. La más visible fue el derribo de las viejas murallas medievales y la planificación del Ensanche, el gran proyecto de expansión urbana diseñado por Carlos María de Castro en 1860 que organizó el crecimiento de la ciudad hacia el norte y el este con una cuadrícula racional de calles anchas y manzanas uniformes. El Ensanche era, en teoría, un barrio para la burguesía emergente; los barrios obreros crecieron en los márgenes, sin plan y sin servicios, en una segregación espacial que duró décadas.

En 1851 llegó el ferrocarril: la estación de Atocha, inaugurada en ese año y ampliada varias veces hasta el edificio que conocemos hoy, conectó Madrid con el resto de España y aceleró una urbanización que ya era imparable. La ciudad que a principios del siglo tenía doscientos mil habitantes llegó al final con casi seiscientos mil. Los cafés y las tertulias florecieron como nunca; los periódicos proliferaron; los teatros llenaban sus butacas cada noche. Madrid empezaba a parecerse, al menos en la superficie, a una capital europea del siglo XIX.


7. 1936: el asedio que duró tres años

Cuando el 18 de julio de 1936 estalló el golpe militar que desencadenó la Guerra Civil, Madrid era una ciudad de República, de izquierdas en su mayoría, de movimiento obrero arraigado y de cultura laica que había florecido bajo el gobierno republicano. El intento de los sublevados de tomar la ciudad en los primeros días fracasó, y lo que siguió fue uno de los asedios más largos de la historia contemporánea: casi tres años, desde el otoño de 1936 hasta el 28 de marzo de 1939, en que las tropas franquistas entraron en una ciudad exhausta, bombardeada y hambrienta.

La consigna «No pasarán», acuñada en Madrid, se convirtió en uno de los símbolos internacionales de la resistencia antifascista. Las Brigadas Internacionales —voluntarios de docenas de países que llegaron a luchar en defensa de la República— tuvieron en Madrid uno de sus mayores escenarios. Las trincheras de la Ciudad Universitaria, donde el frente se estabilizó durante años a pocos metros de los edificios académicos, son todavía parcialmente visitables, y algunos de esos edificios conservan agujeros de bala en sus fachadas. Es un memorial involuntario pero más honesto que muchos de los construidos expresamente.

Cuando la guerra terminó, Madrid estaba destrozada: barrios bombardeados, servicios colapsados, miles de muertos y una represión de posguerra que llenó las cárceles y fusiló a miles de republicanos en los años siguientes. El régimen de Franco convirtió la ciudad en el escaparate de la «nueva España»: grandes avenidas trazadas con vocación imperial, edificios de granito con águilas heráldicas, y el Valle de los Caídos construido a pocas decenas de kilómetros, con mano de obra de presos políticos.


8. La Movida y la democracia: cuando Madrid se soltó el pelo

La muerte de Franco en noviembre de 1975 fue el inicio de una transformación que nadie sabía exactamente cómo iba a terminar. La Transición democrática fue un proceso tenso y a veces violento: la masacre de Atocha de enero de 1977, cuando pistoleros de extrema derecha asesinaron a cinco abogados laboralistas en un despacho del centro de Madrid, fue uno de sus momentos más oscuros. Pero el proceso siguió adelante, la Constitución de 1978 convirtió España en una democracia parlamentaria, y en 1979 Madrid eligió por primera vez desde la República a su alcalde de manera libre.

Ese alcalde fue Enrique Tierno Galván, un catedrático de filosofía que gobernó la ciudad hasta su muerte en 1986 y que entendió que Madrid necesitaba con urgencia algo más que saneamiento y urbanismo: necesitaba una fiesta. Tierno Galván apoyó la Movida, ese estallido cultural de finales de los setenta y principios de los ochenta que convirtió Madrid en el lugar más libre y creativo de Europa durante unos años extraordinarios. Pedro Almodóvar filmaba sus primeras películas aquí. Alaska cantaba. Los bares del Rastro y de Malasaña permanecían abiertos hasta el amanecer. Una generación que había crecido bajo la represión franquista descubrió de golpe que podía decir, vestir, amar y crear lo que quisiera, y lo hizo con una intensidad que todavía vibra en la memoria colectiva de la ciudad.

Los barrios que fueron el escenario de la Movida —Malasaña, Chueca, Lavapiés— son hoy algunos de los más vivos e interesantes de Madrid. Han cambiado mucho, como cambian todos los barrios, pero conservan algo de ese espíritu de ciudad que se reinventa a sí misma con placer.


9. Madrid hoy: la ciudad que siempre tiene algo más

En el siglo XXI, Madrid ha seguido transformándose: el proyecto Madrid Río devolvió el Manzanares a la ciudad, convirtiendo lo que era una autovía en un parque lineal de once kilómetros donde hoy corren, pasean y toman el sol cientos de miles de personas. El Museo del Prado y el Reina Sofía se ampliaron. El barrio de Lavapiés se convirtió en uno de los más diversos y creativos de la ciudad. El Matadero municipal se transformó en el centro cultural más interesante de Madrid. El 11 de marzo de 2004, los atentados en los trenes de cercanías dejaron 192 muertos y marcaron a una generación entera.

Madrid es hoy una ciudad de contradicciones productivas: tiene el mayor museo de pintura clásica del mundo y la escena de arte contemporáneo más activa de España; tiene barrios de un lujo ostentoso y barrios donde la precariedad es la norma; tiene una vida nocturna que empieza cuando otras ciudades europeas ya están dormidas y una mañana que empieza igual de tarde. Es una ciudad que no ha encontrado todavía una manera de resolver el encarecimiento de la vivienda ni la gentrificación de sus barrios históricos, pero que sigue siendo, para quien la visita con ojos abiertos, uno de los lugares más estimulantes de Europa.

La fortaleza que Muhammad I mandó levantar en el siglo IX sobre un arroyo de la meseta castellana ha tardado mil doscientos años en convertirse en esto. No era el destino más probable. Pero aquí está.