La historia de Sevilla: dos mil años que todavía se pueden tocar

La historia de Sevilla

De los fenicios al siglo XXI: la historia que da sentido a todo lo que vas a ver en Sevilla

Sevilla es una ciudad donde la historia sigue viva en cada rincón: bajo sus calles conviven restos romanos, herencia islámica y monumentos cristianos que reflejan más de dos mil años de esplendor. Fenicios, romanos, musulmanes y castellanos la convirtieron en uno de los grandes centros históricos y comerciales del sur de Europa gracias al Guadalquivir, eje comercial y puerta hacia América durante el Siglo de Oro. Más allá de sus monumentos y tradiciones, Sevilla es también una ciudad marcada por conquistas, arte y vida cotidiana, capaz de mantener su identidad y seguir latiendo mucho después del fin de los imperios.

Los orígenes: cuando el río lo era todo

Antes de que existiera ninguna ciudad, existía el río. El Guadalquivir —entonces mucho más ancho, más profundo y navegable hasta bien entrado el interior— fue la razón por la que alguien decidió quedarse aquí. En el Cerro de El Carambolo, una elevación hoy absorbida por el tejido urbano del barrio de Camas, fenicios o tartesios levantaron en torno al siglo IX antes de Cristo un santuario al que llamaron, posiblemente, Hisbaal, en honor al dios fenicio Baal. Los historiadores todavía discuten si sus primeros habitantes llegaron navegando desde el Mediterráneo oriental o eran gente del propio sur peninsular que ya llevaba siglos desarrollando la cultura tartesia, una de las más refinadas y misteriosas de la Antigüedad.

Lo que sí sabemos es que aquella comunidad era próspera. El llamado Tesoro de El Carambolo —una colección de piezas de oro de una belleza extraordinaria descubierta en los años cincuenta y hoy expuesta en el Museo Arqueológico de Sevilla— da testimonio de una sociedad con acceso a materiales preciosos, con vínculos comerciales que llegaban hasta el Mediterráneo y con un sentido del lujo que no tenía nada que envidiarle a los grandes pueblos de la época. Aquella gente no vivía en los márgenes de la historia: estaban en el centro de una red de intercambios que atravesaba el mundo conocido.

El río, entonces, no era solo un accidente geográfico. Era la autopista que conectaba el interior de la Península —rico en minerales, en trigo, en ganado— con el mar y, a través del mar, con todo lo demás. Quien controlaba ese punto del Guadalquivir controlaba una parte significativa de la riqueza del occidente mediterráneo. Eso explica por qué Sevilla ha sido codiciada, conquistada y reconquistada tantas veces a lo largo de su historia. Y explica también por qué, cada vez que alguien llegaba con la intención de quedarse, encontraba ya aquí a alguien que no tenía ninguna intención de marcharse.


Romanos: la ciudad que aprendió a ser urbe

Los romanos llegaron en el 206 antes de Cristo, y lo hicieron como solían: de manera definitiva. El general Publio Cornelio Escipión, que pasaría a la historia como Escipión el Africano por sus victorias contra Cartago, derrotó a las tropas cartaginesas en la batalla de Ilipa, a pocos kilómetros del actual centro de Sevilla, y tomó el control de la ciudad. Como gesto fundacional, levantó Itálica a escasos kilómetros, una colonia destinada a acoger a los veteranos heridos de sus campañas. Nadie imaginaba entonces que aquella pequeña ciudad se convertiría siglos después en la cuna de dos de los emperadores más poderosos de Roma: Trajano, que extendió el Imperio hasta sus máximas fronteras, y Adriano, que lo consolidó y le dio algunas de sus obras más memorables, entre ellas el famoso muro que lleva su nombre en el norte de Inglaterra. Hoy, Itálica es uno de los yacimientos arqueológicos romanos mejor conservados de España, a apenas nueve kilómetros del centro de Sevilla, y merece absolutamente la visita.

Pero fue Julio César quien convirtió el asentamiento indígena en una verdadera ciudad romana. Según san Isidoro de Sevilla —que siglos después sería uno de los intelectuales más influyentes de la Europa medieval— César fundó la Colonia Iulia Romula Hispalis, latinizando el nombre indígena Ispal y dotando a la ciudad de todo lo que una urbs romana requería: murallas, foros, termas, templos, un anfiteatro y, sobre todo, un puerto fluvial capaz de recibir los barcos que llegaban del Mediterráneo cargados de vino, aceite y cerámicas, y que partían de vuelta con los productos de la fértil Baetica. El garum sevillano —esa salsa de pescado fermentado que los romanos usaban como hoy usamos la sal— era uno de los productos más valorados del Imperio, y las ánforas en las que se exportaba desde Hispalis se han encontrado en excavaciones de todo el mundo romano, desde Britania hasta Siria.

El gran legado de esa Hispalis está enterrado, literalmente, bajo la ciudad moderna. Pero hay un lugar donde se puede bajar a verlo: el Antiquarium, un museo subterráneo ubicado bajo la Plaza de la Encarnación, donde los restos de la ciudad romana aparecen preservados a los pies de la estructura contemporánea de las Setas. Es una experiencia que descoloca de un modo muy particular: entras por un ascensor bajo una obra de arquitectura del siglo XXI y de repente estás mirando los cimientos de una casa romana del siglo I, con sus mosaicos todavía en su sitio. De pronto entiendes que llevas toda la mañana caminando sobre capas y capas de tiempo acumulado.


El cristianismo y los visigodos: fe y poder en tiempos de transición

El siglo III trajo el cristianismo a Hispalis, y con él una de las historias fundacionales que más han marcado la identidad de la ciudad. Según la leyenda, las hermanas Justa y Rufina, dos humildes alfareras que vendían cacharros de barro en el mercado, se negaron a hacer un donativo para una procesión en honor de la diosa Astarté. La negativa les costó el martirio. Fueron torturadas y ejecutadas por no renunciar a su fe, y la tradición las convirtió en las patronas de Sevilla, presentes desde entonces en la iconografía de la ciudad, coronadas y sujetando una torre que representa la Giralda. Que la leyenda sea o no rigurosamente histórica importa menos que lo que dice sobre cómo Sevilla ha construido su identidad a través de los siglos: una ciudad que se entiende a sí misma como un lugar donde la fe tiene consecuencias reales, donde lo sagrado no es una abstracción sino algo que te puede costar la vida.

Cuando el Imperio Romano se desmoronó en el siglo V y los visigodos tomaron el control de la Península, Sevilla no perdió su importancia sino que la reconvirtió. La ciudad se convirtió en un centro religioso y político de primer orden, llegando a albergar en varias ocasiones la propia corte visigoda. Aquí vivió y trabajó uno de los personajes más fascinantes de toda la Edad Media: san Isidoro de Sevilla, obispo de la ciudad entre finales del siglo VI y principios del VII, que se propuso una tarea tan ambiciosa como compilar todo el conocimiento de la Antigüedad antes de que se perdiera para siempre. Sus Etimologías, una enciclopedia monumental que abarcaba desde la gramática hasta la medicina pasando por la arquitectura y la historia natural, fueron el libro de consulta de los intelectuales europeos durante más de cinco siglos. En la era de internet, Juan Pablo II lo proclamó patrono de la red. No es una mala distinción para alguien que murió en el año 636.


Al-Ándalus: cinco siglos que todavía perfuman el aire

En el año 711, un ejército islámico cruzó el estrecho de Gibraltar y en menos de una década puso patas arriba el orden político de toda la Península Ibérica. Sevilla, que se llamó a partir de entonces Isbiliya, no tardó en convertirse en una de las ciudades más importantes de Al-Ándalus. Durante cinco siglos —una duración que hay que detenerse a imaginar: más tiempo del que llevan existiendo los Estados Unidos— la ciudad vivió bajo el dominio islámico, acumulando una sofisticación cultural, científica y arquitectónica que todavía hoy define su carácter de un modo que no puede explicarse solo como herencia histórica. Es algo más visceral que eso.

En el 844, algo ocurrió que probablemente nadie esperaba: una flota vikinga remontó el Guadalquivir y saqueó Isbiliya durante varios días. Los habitantes de la ciudad debieron de contemplar con incredulidad aquellos barcos de proa alta que aparecieron desde el sur, un tipo de embarcación que no tenía ningún sentido que estuviera allí. Las crónicas árabes los llaman al-majus, algo así como «los magos del norte», y describen el terror que causaron. Quince años después, en el 859, volvieron a intentarlo, aunque esta vez las defensas reforzadas por el emir de Córdoba los rechazaron con más eficacia. El episodio es uno de esos detalles que vuelven la historia medieval genuinamente sorprendente: los vikingos en Sevilla no son un anacronismo ni una fantasía, sino un hecho documentado que recuerda que el mundo medieval estaba mucho más conectado de lo que solemos imaginar.

El legado más poderoso de ese período islámico es el Real Alcázar. Lo que hoy vemos es en buena parte una construcción del siglo XIV, levantada por orden de Pedro I de Castilla con artesanos mudéjares que dominaban la tradición constructiva islámica hasta en sus últimos detalles. Pero las raíces son mucho más antiguas: bajo el palacio actual hay estructuras que se remontan al período omeya y a los siglos de dominación almohade. Visitar el Alcázar exige tiempo y exige lentitud: apresurarse por sus patios, sus fuentes y sus jardines es un error que después cuesta perdonarse. La luz cambia la apariencia de los azulejos a cada hora del día; los jardines huelen distinto en primavera que en verano; el sonido del agua en las fuentes tiene algo de código antiguo que no termina de descifrase. Es el monumento más vivo de Sevilla, en el sentido de que sigue siendo residencia oficial de la familia real española cuando visita la ciudad.

La otra gran herencia islámica es menos obvia pero igual de omnipresente: la propia estructura de los barrios de Santa Cruz y San Bartolomé conserva en buena medida la trama de calles y callejuelas del período islámico, esa manera de organizar el espacio urbano en torno a patios interiores y en laberinto de calles que no llevan a ningún sitio previsible. Perderse por el Barrio de Santa Cruz no es una metáfora: es literalmente lo que ocurre, y es uno de los mejores regalos que puede hacerle la ciudad a un visitante.


La Reconquista: Fernando III y el fin de un mundo

El 23 de noviembre de 1248, después de un asedio que duró año y medio, Fernando III de Castilla entró en Isbiliya. La ciudad que había sido musulmana durante más de cinco siglos pasaba a manos cristianas, y con ese cambio de manos comenzó una de las transformaciones más profundas de su historia. Los habitantes musulmanes que no quisieron convertirse tuvieron que abandonar sus casas, sus barrios y sus mezquitas; los judíos, que habían vivido en Sevilla durante siglos, fueron inicialmente respetados y se les asignó el barrio que hoy conocemos como Santa Cruz; y los castellanos llegados desde el norte repoblaron la ciudad con una nobleza que traía sus propias costumbres, sus propios modelos arquitectónicos y su propia manera de entender el espacio sagrado.

La Catedral de Sevilla es la expresión más monumental de esa transformación. Se construyó sobre la mezquita almohade —conservando su patio de naranjos y su minarete, que con el tiempo se convirtió en la Giralda— entre 1401 y 1507, y es la catedral gótica más grande del mundo, un edificio de dimensiones tan desmesuradas que cuando el cabildo sevillano encargó su construcción se dice que pronunció una frase que ha quedado para la historia: «Hagamos una iglesia tan grande que los que la vieren labrada nos tengan por locos». No exageraban. El interior de la catedral es una experiencia física antes que estética: los pilares son tan altos que la nave parece no tener techo, la luz entra transformada y fragmentada a través de las vidrieras, y la escala de todo lo que hay dentro —retablos, capillas, rejas, sepulcros— es difícil de asimilar en una sola visita.

En una de esas capillas descansa Cristóbal Colón, o más exactamente, lo que queda de sus restos después de un largo periplo póstumo que lo llevó por la Hispaniola, Cuba y finalmente Sevilla. El sarcófago está sostenido por cuatro figuras que representan los reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra, y hay algo profundamente sevillano en que el hombre que conectó Europa con América esté enterrado aquí: en la ciudad que durante casi dos siglos fue el corazón de ese comercio intercontinental.

La propia Giralda merece una mención aparte. El minarete almohade del siglo XII, uno de los más bellos del mundo islámico, fue coronado con un campanario renacentista en el siglo XVI y rematado por la figura de bronce que representa a la Fe, a la que los sevillanos llaman el Giraldillo. Subir a la Giralda —no tiene escaleras sino rampas, para que el almuédano pudiera subir a caballo a llamar a la oración— ofrece la mejor vista panorámica del casco histórico de Sevilla. Y permite entender, de un vistazo, cuántas ciudades distintas coexisten en este mismo espacio.


El Siglo de Oro: el monopolio del mundo

Cuando Colón regresó de América en 1493, nadie sabía todavía que acababa de cambiar la historia para siempre. Lo que sí se supo muy pronto es que el volumen de riqueza que iba a cruzar el Atlántico en los años siguientes era de una escala que no tenía precedentes, y que alguien tenía que controlarla. Ese alguien fue Sevilla, y el instrumento fue la Casa de Contratación, fundada en 1503 por orden de los Reyes Católicos para regular, supervisar y gravar todo el comercio con las Indias.

Durante casi dos siglos, Sevilla fue literalmente el centro del mundo. Por el Guadalquivir llegaban barcos cargados con plata de las minas de Potosí, en el actual Bolivia; con el cacao que los aztecas habían consumido como bebida ritual; con cochinilla para teñir de rojo escarlata las telas de media Europa; con tabaco, vainilla, tomates y patatas que iban a transformar para siempre la gastronomía del continente. Y por el Guadalquivir salían hacia América los soldados, los colonos, los misioneros y los aventureros que iban a construir —de manera brutal y convulsa— el primer imperio global de la historia.

La ciudad que vivió ese período era un lugar caótico, vibrante y extraordinariamente cosmopolita. Había mercaderes genoveses, banqueros alemanes de la casa Fugger, marineros portugueses, esclavos africanos, indígenas americanos traídos como curiosidades o como intérpretes, nobles arruinados buscando fortuna, pícaros de toda condición y artistas que encontraban en Sevilla el ambiente y los mecenas que no habrían encontrado en ningún otro lugar de España. La picaresca española —ese género literario que nos dio el Lazarillo de Tormes y el Guzmán de Alfarache— nació aquí, en las calles de una ciudad donde la riqueza y la miseria vivían puerta con puerta, donde un golpe de suerte podía llevarte de la cárcel al palacio y viceversa.

En ese ambiente crecieron y trabajaron algunos de los mayores pintores de la historia del arte occidental. Velázquez nació en Sevilla en 1599 y se formó aquí antes de marcharse a Madrid. Bartolomé Esteban Murillo vivió y murió en la ciudad, pintando una y otra vez la misma Inmaculada Concepción con una ternura que todavía hoy conmueve. Francisco de Zurbarán retrató a los monjes de los conventos sevillanos con una austeridad que parece anticipar la fotografía. Sevilla fue, durante el siglo XVII, uno de los grandes centros artísticos del mundo, y el Museo de Bellas Artes de la ciudad —instalado en un convento del siglo XVII, lo que añade una capa más de historia al asunto— conserva una de las colecciones más importantes de pintura barroca española.

Y luego llegó la catástrofe. En 1649, una epidemia de peste que llegó en un barco procedente de América devastó la ciudad de una manera que no tiene parangón en su historia moderna. Se calcula que murió casi la mitad de la población en pocos meses: entre cuarenta y sesenta mil personas en una ciudad de algo más de cien mil habitantes. Los cuerpos se apilaban en las calles. Los conventos se vaciaban. Los barrios enteros quedaban en silencio. La ciudad tardó décadas en recuperarse demográficamente, y cuando lo hizo, el mundo había cambiado: el Guadalquivir se iba encenagando, los barcos de mayor calado ya no podían navegar hasta Sevilla, y en 1717 la Casa de Contratación se trasladó definitivamente a Cádiz. El monopolio había terminado.


El siglo XIX: el ferrocarril y el despertar de una ciudad dormida

Los siglos XVIII y principios del XIX fueron para Sevilla un período de letargo relativo. La ciudad conservaba su belleza y su carácter, pero había perdido el pulso económico que la había convertido en metrópoli. La invasión napoleónica de 1808 la perturbó durante varios años —el mariscal Soult, que ocupó la ciudad, tuvo tiempo de llevarse a París algunas de las mejores pinturas del Museo de Bellas Artes, muchas de las cuales no volvieron jamás— y la guerra de la Independencia dejó cicatrices que tardaron en cerrarse.

La llegada del ferrocarril en 1851 fue el primer síntoma de que algo estaba cambiando. La línea que unía Sevilla con Jerez y el Puerto de Santa María fue la primera inaugurada en la Península Ibérica, y su impacto fue inmediato: el comercio se reactivó, los viajeros llegaron con mayor facilidad, y la ciudad empezó a expandirse más allá de sus murallas medievales. A lo largo de la segunda mitad del siglo, se derribaron tramos enteros de las antiguas murallas para abrir nuevas avenidas, los conventos desamortizados se reconvirtieron en hospitales, institutos y museos, y el ensanche empujó la ciudad hacia el sur y el este.

Fue también en este período cuando Sevilla se convirtió definitivamente en el emblema del sur de España para el imaginario europeo. Los viajeros románticos —Prosper Mérimée, Théophile Gautier, el Duque de Rivas— llegaron buscando exotismo y encontraron una ciudad que superaba sus expectativas. Carmen, la ópera de Bizet basada en el relato de Mérimée, nació de esa fascinación y fijó para siempre en el imaginario mundial una imagen de Sevilla que la ciudad vive con una mezcla de orgullo y humor: los sevillanos saben que Carmen es una fantasía francesa, pero también saben que algo de verdad hay en ella.


1929 y 1992: las dos grandes exposiciones que rehíicieron la ciudad

Hay dos momentos del siglo XX en que Sevilla decidió que había llegado el momento de presentarse ante el mundo con todas sus credenciales, y ambos dejaron huellas que todavía estructuran la vida de la ciudad.

El primero fue la Exposición Iberoamericana de 1929, un evento concebido para celebrar los lazos históricos entre España y América Latina y que, en la práctica, funcionó como una excusa para remodelar el sur de la ciudad de manera radical. El Parque de María Luisa, cedido a la ciudad por la infanta María Luisa de Borbón, fue rediseñado por el paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier. El Paseo de las Delicias se urbanizó con elegancia. Y en el corazón del parque se levantó la Plaza de España, el conjunto arquitectónico más grandioso de la España contemporánea: un semicírculo de casi 200 metros de diámetro con torres, canales, puentes y los célebres bancos de azulejos que representan a cada una de las provincias españolas. No hay manera de ver la Plaza de España por primera vez sin que la escala y la belleza del conjunto produzcan un impacto físico. Es uno de esos lugares que parece inventado por alguien que nunca ha tenido que preocuparse por los presupuestos.

La Exposición Universal de 1992, celebrada para conmemorar el quinto centenario del viaje de Colón, fue una transformación de signo distinto pero igualmente decisiva. La ciudad recibió su primer tramo de tren de alta velocidad, que la conectó con Madrid en menos de tres horas. Se construyeron cinco nuevos puentes sobre el Guadalquivir. La Isla de la Cartuja, un espacio industrial abandonado, se reconvirtió en el recinto de la exposición y luego en un parque tecnológico y de ocio. Y el centro histórico recibió una atención y una inversión que habían tardado demasiado en llegar: restauraciones, peatonalizaciones, nueva iluminación. Sevilla entró en el siglo XXI con una infraestructura que le permitió consolidarse como uno de los destinos turísticos más atractivos de Europa.


Sevilla hoy: la ciudad que no para

Caminar por Sevilla en la actualidad es experimentar algo que pocas ciudades del mundo consiguen: la sensación de que la historia no es un decorado sino una realidad viva. La Semana Santa, que transforma la ciudad cada primavera en algo que no tiene equivalente en ningún otro lugar del mundo, es un fenómeno que hunde sus raíces en las cofradías medievales pero que sigue siendo, para quien lo ve por primera vez, una experiencia de una intensidad difícil de describir. La Feria de Abril, que nació en el siglo XIX como mercado de ganado y se convirtió en la celebración más sevillana de todas, llena de luz, música y movimiento un recinto entero durante una semana.

Pero Sevilla no vive solo de sus tradiciones. Es una ciudad universitaria con más de setenta mil estudiantes, una ciudad con una escena gastronómica que ha evolucionado enormemente sin perder el amor por el tapeo informal, una ciudad con bares donde a las once de la mañana ya hay gente tomando el primer manzanilla mientras escucha flamenco en directo. Y en el corazón de todo eso, visible desde casi cualquier punto del centro histórico, está la Giralda: el minarete almohade del siglo XII que lleva ochocientos años siendo la brújula de la ciudad, el punto de referencia al que siempre se vuelve la vista cuando uno se pierde entre sus calles.

Hay ciudades que tienes que entender para disfrutar. Sevilla solo hay que dejarla entrar.