La historia de Milán
De capital del Imperio Romano a capital mundial del diseño: la historia de la ciudad que siempre ha estado en el centro de lo que importa
Hay ciudades que seducen a primera vista y ciudades que hay que ganarse. Milán pertenece decididamente a la segunda categoría. No tiene el Coliseo ni la Alhambra ni los canales de Venecia. Su centro histórico fue bombardeado casi hasta la desaparición durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruido con la pragmática urgencia de quien tiene prisa por volver a trabajar. Sus calles no invitan al vagabundeo romántico sino a moverse con propósito.
Y sin embargo, quien se toma el tiempo de entender Milán descubre que debajo de esa apariencia de eficiencia y modernidad late una ciudad de una densidad histórica extraordinaria: la capital del Imperio Romano de Occidente durante más de un siglo, el escenario donde Leonardo da Vinci pintó la Última Cena, la ciudad que inventó el periodismo moderno, el socialismo italiano, la moda como industria global y buena parte de lo que el siglo XX entendió por diseño. Milán no es una ciudad hermosa en el sentido convencional de la palabra. Es algo más raro y más interesante: una ciudad que siempre ha estado en el centro de lo que importa.
Los insubrios y la llanura que lo cambió todo
Antes de que existiera la ciudad que conocemos, la llanura del Po era uno de los territorios más fértiles y más disputados de Europa. Los insubrios, un pueblo celta que se había asentado en el norte de Italia en torno al siglo VI antes de Cristo, eligieron un punto en la llanura padana —lejos del mar pero en el cruce de las rutas que conectaban los Alpes con el Mediterráneo— para levantar un asentamiento que llamaron Mediolanum, que en lengua celta significaba algo parecido a «en el centro de la llanura». No era una descripción poética sino una constatación geográfica: Mediolanum estaba exactamente donde tenía que estar para controlar el tráfico de personas, mercancías e ideas entre la Europa transalpina y la Península Itálica.
Los romanos llegaron en el año 222 antes de Cristo, cuando los cónsules Gneo Cornelio Escipión y Marco Claudio Marcelo derrotaron a los insubrios y tomaron su capital. La conquista fue parte de la sistemática incorporación de la Galia Cisalpina —el norte de Italia— al sistema romano, y Mediolanum, rebautizada con ese nombre latinizado, se convirtió rápidamente en uno de los centros urbanos más importantes de la región. Su posición en el cruce de las calzadas que unían Roma con los pasos alpinos la hacía indispensable para cualquier movimiento de tropas hacia el norte, y los romanos la desarrollaron con la eficiencia con que desarrollaban cualquier nudo estratégico: foro, termas, anfiteatro, murallas y un puerto fluvial sobre el Ticino que la conectaba con el Po y a través del Po con el mar Adriático.
De esa Mediolanum romana quedan huellas dispersas pero extraordinarias para quien sabe dónde buscarlas. Las Colonne di San Lorenzo, dieciséis columnas corintias de mármol que se alzan intactas en el corazón de un barrio del centro, son los restos más visibles de un edificio monumental romano del siglo III —probablemente un templo o unas termas— que los milaneses medievales desmontaron y reinstalaron en su posición actual para usarlos como material de construcción y que el tiempo ha preservado con una integridad que resulta casi milagrosa. Pasear por la zona de San Lorenzo al atardecer, cuando las columnas se iluminan y los jóvenes milaneses se sientan en sus escalones con sus aperitivos, es uno de esos momentos en que dos mil años de historia coexisten con la mayor naturalidad.
La capital del Imperio: cuando Milán gobernó el mundo romano
En el año 286 después de Cristo ocurrió algo que cambió la historia de Milán de manera radical y que la mayoría de los visitantes de la ciudad desconocen completamente: el emperador Diocleciano, al reorganizar la administración del Imperio Romano dividiéndolo en dos mitades, eligió Mediolanum —y no Roma— como capital de la mitad occidental. La razón era estrictamente militar: Milán estaba mucho más cerca que Roma de las fronteras del Rhin y del Danubio, donde los bárbaros presionaban con una intensidad que requería una respuesta más rápida de la que permitía gobernar desde el centro de Italia.
Durante más de un siglo, entre 286 y 402 después de Cristo, Milán fue la capital efectiva del Imperio Romano de Occidente. Los emperadores vivían aquí, los ejércitos partían de aquí, las decisiones que afectaban a todo el mundo romano se tomaban aquí. Roma conservaba su prestigio simbólico, pero el poder real había emigrado al norte. Esa capitalidad dejó en Milán una impronta arquitectónica y cultural que los siglos han ido borrando casi por completo, pero que en su momento debió de ser imponente: un circo capaz de albergar a treinta mil espectadores, un palacio imperial de dimensiones colosales, unas murallas reforzadas y ampliadas para proteger la capital de un imperio que sentía la presión bárbara en sus flancos.
Fue en ese contexto de Milán como capital imperial donde ocurrió uno de los momentos más decisivos de la historia del Occidente: en el año 313, el emperador Constantino promulgó el Edicto de Milán, el decreto que concedía tolerancia religiosa a todos los cultos del Imperio y que en la práctica abrió el camino a la cristianización del mundo romano. El documento no se firmó exactamente en Milán —se publicó en Nicomedia, en la actual Turquía— pero se acordó aquí, en reuniones entre Constantino y su coemperador Licinio, y la historia ha decidido llamarlo Edicto de Milán con una justicia poética que la ciudad no ha sabido siempre explotar en toda su dimensión. Que el decreto que cambió la religión de Europa se gestara en esta ciudad es un hecho de una importancia que resulta difícil de exagerar.
El personaje que más completamente encarna ese período extraordinario de Milán como capital cristiana es san Ambrosio, obispo de la ciudad entre 374 y 397, que es a Milán lo que san Isidoro es a Sevilla o lo que Dante es a Florencia: el fundador intelectual y espiritual de una identidad urbana que todavía hoy es reconocible. Ambrosio era un administrador romano que fue elegido obispo antes de estar bautizado siquiera, en una aclamación popular que lo sorprendió tanto como a cualquier otro, y que en los veintitrés años de su episcopado se convirtió en uno de los teólogos más influyentes de la historia cristiana, en el inventor del canto coral litúrgico que todavía lleva su nombre —el canto ambrosiano— y en el hombre que se atrevió a excomulgar al emperador Teodosio por haber ordenado una masacre. Que un obispo se plantara ante el hombre más poderoso del mundo y le obligara a hacer penitencia pública antes de permitirle entrar en su catedral es uno de esos episodios que definen la historia de las relaciones entre el poder civil y el religioso en Occidente, y ocurrió aquí.
La Basílica de Sant’Ambrogio, construida por el propio Ambrosio entre 379 y 386 y reconstruida en el siglo IX en el estilo románico que conocemos hoy, es el monumento más antiguo e históricamente más cargado de Milán. Con su atrio de columnas, sus dos torres asimétricas y su interior de ladrillo que conserva mosaicos del siglo IV, es un edificio que parece pedir que uno se detenga y entienda todo lo que ha visto antes de entrar. Bajo el altar mayor descansan los huesos de Ambrosio junto a los de dos mártires paleocristianos, en una cripta que los milaneses visitan con la naturalidad de quien va a ver a un viejo conocido.
Los lombardos, Carlomagno y la construcción de una identidad norteña
Con la caída del Imperio Romano de Occidente en 476, Milán entró en un período de turbulencia que duró siglos. Los ostrogodos, que gobernaron Italia bajo Teodorico con una eficiencia notable, fueron reemplazados por el Imperio Bizantino en las Guerras Góticas del siglo VI, una serie de conflictos devastadores que arrasaron buena parte de la infraestructura urbana de Italia septentrional. Y en 568, mientras Bizancio todavía intentaba consolidar su control, llegaron los lombardos, un pueblo germánico del norte que conquistó la mayor parte del norte de Italia con una rapidez que tomó a todos por sorpresa.
Los lombardos dieron nombre a la región —Lombardía— y establecieron su capital en Pavía, no en Milán, lo que relegó a la ciudad a un papel secundario durante dos siglos. Pero Milán era demasiado grande e importante para ser ignorada del todo, y cuando Carlomagno derrotó a los lombardos en 774 e incorporó el norte de Italia a su imperio, la ciudad recuperó gradualmente su posición de centro regional. El arzobispado de Milán, que desde los tiempos de Ambrosio era una de las sedes más poderosas de la Iglesia occidental, fue el instrumento a través del cual la ciudad mantuvo su influencia durante los siglos oscuros.
El siglo XI trajo el Comune di Milano, uno de los primeros experimentos de gobierno municipal autónomo de la Europa medieval. Los ciudadanos de Milán —comerciantes, artesanos, nobleza menor— comenzaron a organizarse políticamente para gestionar sus propios asuntos con independencia de los poderes imperiales y eclesiásticos, y lo que surgió fue un sistema de gobierno que prefiguraba de manera sorprendente las democracias modernas: cónsules elegidos, asambleas ciudadanas, leyes escritas y aplicadas por magistrados propios. Milán no inventó el comune, pero fue una de las ciudades donde el experimento se desarrolló con más vigor y más consecuencias.
Esas consecuencias incluyeron la guerra. El Barbarroja, el emperador Federico I del Sacro Imperio Romano Germánico, se propuso en el siglo XII someter a los ciudades del norte de Italia que se habían vuelto demasiado independientes para su gusto, y Milán fue el símbolo principal de esa resistencia. En 1162, después de un largo asedio, Barbarroja arrasó la ciudad hasta los cimientos: demolió las murallas, derribó los edificios, obligó a la población a dispersarse. La destrucción fue tan sistemática que resultó contraproducente: convirtió a Milán en el mártir de la causa de las libertades comunales italianas y galvanizó a las ciudades del norte en la Liga Lombarda, que en 1176 derrotó al ejército imperial en la batalla de Legnano con una eficacia que obligó a Barbarroja a reconocer la autonomía de las ciudades italianas. Legnano es todavía hoy la batalla fundacional de la identidad norteña italiana, celebrada en canciones, en monumentos y en el nombre de equipos de fútbol, y tiene en Milán su escenario principal aunque la batalla se libró a pocos kilómetros al noroeste.
Los Visconti y los Sforza: señores del Renacimiento
El siglo XIII y el XIV fueron el período en que las familias nobles italianas fueron apoderándose de los communes que habían nacido como experiencias de gobierno colectivo, convirtiéndolos en señoríos hereditarios con más eficiencia pero menos libertad. En Milán, ese proceso culminó con el ascenso de los Visconti, una familia de la alta nobleza milanesa que entre 1277 y 1447 gobernó la ciudad y fue expandiendo su dominio sobre buena parte del norte de Italia hasta crear uno de los estados más poderosos de la Península.
Los Visconti eran gobernantes de una crueldad que sus contemporáneos describían con una mezcla de horror y fascinación, pero también mecenas de las artes y la arquitectura con una generosidad que dejó en Milán uno de sus monumentos más extraordinarios. El Duomo de Milán, cuya construcción comenzó en 1386 por orden del primer duque Gian Galeazzo Visconti, es el edificio más grande de Italia después de la Basílica de San Pedro y uno de los más ambiciosos de la historia de la arquitectura gótica: ciento treinta y cinco agujas, más de tres mil cuatrocientas estatuas, una fachada que se construyó a lo largo de cinco siglos y que mezcla el gótico original con añadidos barrocos y neoclásicos en una síntesis que o bien se ama o bien se encuentra excesiva, pero que nadie puede ignorar.
Subir a las terrazas del Duomo —accesibles por escalera o por ascensor desde el exterior— es una de las experiencias más extraordinarias que ofrece Milán: un bosque de mármol blanco de Candoglia que a ras de calle parece una masa sólida se revela desde arriba como un mundo de pináculos, gárgolas, relieves y estatuas que se extiende en todas direcciones, con la Madonnina dorada presidiendo desde lo alto y la llanura padana abriéndose hacia el horizonte en días claros hasta los Alpes. Es un lugar que cambia completamente la percepción de la ciudad y que conviene no saltarse por mucho que las colas disuadan.
Los Visconti dejaron paso en 1450 a los Sforza, una familia de condottieros —jefes militares mercenarios— que había conquistado el poder con la misma mezcla de violencia y habilidad política que caracterizaba la Italia de la época. Fue con los Sforza, y en particular con Ludovico Sforza —llamado el Moro por su tez oscura— cuando Milán alcanzó su momento de mayor esplendor renacentista, convirtiéndose en una de las cortes más brillantes de Europa y atrayendo a los artistas e intelectuales más importantes de la época.
Leonardo da Vinci en Milán: los años de la Última Cena
En 1482, un joven de treinta años llegó a Milán desde Florencia con una carta de presentación para Ludovico Sforza en la que describía sus capacidades con una desfachatez que a la distancia resulta cómica y que en su momento debió de resultar desconcertante: ingeniero militar, arquitecto, diseñador de canales, músico, escultor y, casi como afterthought en el último párrafo, pintor. El joven era Leonardo da Vinci, y los diecisiete años que pasó en Milán —con interrupciones— fueron el período más productivo de su vida y uno de los más extraordinarios de la historia del arte y del pensamiento occidental.
Leonardo llegó a Milán a hacer lo que mejor sabía: todo a la vez. Diseñó máquinas de guerra y sistemas de irrigación, organizó fiestas y espectáculos para la corte de los Sforza, estudió anatomía disecando cadáveres en el hospital de Santa María Nuova, llenó cuadernos de notas con observaciones sobre el vuelo de los pájaros, el movimiento del agua, la estructura de los fósiles y la geometría de las sombras, y pintó dos obras que están entre las más importantes de la historia del arte: la Virgen de las Rocas —cuya primera versión, la del Louvre, fue pintada durante estos años milaneses— y la Última Cena.
La Última Cena, pintada entre 1495 y 1498 en el refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie por encargo de Ludovico Sforza, es probablemente la obra de arte más reproducida, más estudiada y más comentada del mundo occidental. Lo que hace que verla en directo —en ese refectorio alargado donde Leonardo la pintó directamente sobre la pared enlucida, en una técnica experimental que empezó a deteriorarse antes de que la pintura estuviera terminada— siga siendo una experiencia incomparable a pesar de todos los libros y las reproducciones y los documentales que la han precedido, es difícil de explicar pero fácil de sentir: la escala, la luz, la disposición de los apóstoles en grupos de tres que expresan reacciones completamente distintas ante las palabras de Cristo, la perspectiva que convierte el espacio pintado en una extensión natural del refectorio real. Leonardo resolvió en esa pared de nueve metros de ancho problemas de composición, expresión y narrativa visual que ningún pintor anterior había siquiera planteado en esos términos.
Ver la Última Cena requiere reserva con semanas o meses de antelencia —las visitas son de quince minutos, en grupos pequeños, con control de temperatura y humedad—, lo que en temporada alta puede resultar frustrante pero que en realidad es la única manera responsable de gestionar el acceso a una obra que ya en tiempos de Leonardo empezaba a deteriorarse. Esos quince minutos, en la penumbra del refectorio, frente a una pintura que lleva más de cinco siglos muriendo lentamente, son de los mejor invertidos que ofrece Italia.
Los españoles, los austriacos y el largo siglo de ocupación extranjera
En 1499, el rey Luis XII de Francia aprovechó las debilidades del ducado milanés para invadir el norte de Italia, y Ludovico Sforza, que había sido el mecenas de Leonardo y el hombre que había hecho de Milán una de las cortes más brillantes de Europa, fue capturado y murió prisionero en Francia. Comenzó entonces para Milán un siglo y medio de disputas entre potencias extranjeras que se repartieron la Península Itálica como si fuera un tablero de ajedrez.
Los franceses gobernaron Milán hasta 1535, cuando el emperador Carlos V —el mismo que transformaría Toledo en capital imperial española— incorporó el ducado a la Corona española. Durante casi siglo y medio, de 1535 a 1706, Milán fue un territorio español, gobernado por gobernadores designados desde Madrid y utilizado fundamentalmente como base estratégica para los movimientos de tropas entre España y los Países Bajos a través del llamado Camino Español.
El período español no fue el más brillante de la historia milanesa, pero tampoco fue el páramo que a veces se describe. La ciudad siguió siendo un importante centro económico del norte de Italia, la industria textil continuó siendo próspera, y en la segunda mitad del siglo XVII Milán produjo uno de los grandes escritores de la literatura italiana: Alessandro Manzoni nació aquí, y aunque su vida y su obra pertenecen al siglo XIX, sus raíces están en la Milán de la Contrarreforma y del barroco lombardo que el dominio español había contribuido a modelar. Los Promessi Sposi —Los novios prometidos—, la novela que Manzoni publicó en 1827 y que se convirtió en la primera gran novela de la literatura italiana moderna, está ambientada en la Milán y la Lombardía del siglo XVII, y es todavía hoy el libro más estudiado en las escuelas italianas, lo que le da a Manzoni en Italia un estatus comparable al de Cervantes en España.
En 1706, durante la Guerra de Sucesión española, el Imperio Austriaco tomó el control de Milán, y la ciudad pasó de ser territorio español a ser territorio habsburgo. El cambio resultó beneficioso en términos de modernización administrativa: los Habsburgo austriacos del siglo XVIII, influidos por el pensamiento ilustrado, impulsaron reformas educativas, jurídicas y económicas que transformaron Milán en una de las ciudades más avanzadas de Europa continental.
La Ilustración milanesa: Beccaria y la invención del derecho moderno
En el Milán de la segunda mitad del siglo XVIII, en los cafés y en los salones de la aristocracia ilustrada, un grupo de jóvenes intelectuales lombardos se reunía bajo el nombre de Accademia dei Pugni —la Academia de los Puños, nombre irónico que reflejaba el vigor con que se debatía— para discutir las ideas de Montesquieu, Voltaire y los enciclopedistas franceses y aplicarlas a la realidad italiana.
De ese grupo salió en 1764 uno de los libros más influyentes de la historia jurídica occidental: Dei delitti e delle pene —De los delitos y las penas—, escrito por el joven Cesare Beccaria con apenas veintiséis años y publicado primero de manera anónima por miedo a la reacción de las autoridades. El libro sostenía, con una claridad y una lógica que resultaban revolucionarias para la época, que la pena de muerte era innecesaria e inútil, que la tortura judicial era un absurdo que no producía confesiones verídicas sino simplemente el dolor de los inocentes, y que el sistema penal debía tener como objetivo la disuasión y la reinserción, no la venganza. En una Europa donde el tormento judicial era práctica habitual y la pena de muerte se aplicaba a decenas de delitos, esas ideas eran una bomba intelectual.
Voltaire y los enciclopedistas franceses adoptaron a Beccaria inmediatamente. Catalina la Grande de Rusia y Federico el Grande de Prusia citaron el libro en sus reformas penales. El pensamiento de Beccaria influyó directamente en los fundadores americanos y en la Declaración de Independencia. Dos siglos y medio después, en la mayoría de los países del mundo se ha abolido la pena de muerte y se ha prohibido la tortura judicial, que es exactamente lo que aquel milanés de veintiséis años pedía en su libro. Pocos libros han cambiado el mundo de manera tan directa y tan duradera. Y ese libro se escribió en Milán.
El mismo ambiente intelectual produjo el primer gran periódico de análisis político en lengua italiana —Il Caffè, publicado entre 1764 y 1766— y una serie de reformas administrativas y educativas impulsadas por el gobernador austriaco que convirtieron a Milán en el laboratorio más avanzado de la Italia ilustrada. Cuando Napoleón llegó en 1796, encontró una ciudad que intelectualmente estaba más que preparada para recibir las ideas de la Revolución francesa.
Napoleón y el Risorgimento: cuando Milán inventó Italia
Napoleón entró en Milán el 15 de mayo de 1796, después de la campaña de Italia que en pocas semanas había barrido las defensas austriacas, y fue recibido como un libertador por buena parte de la población ilustrada que veía en él al hombre que iba a aplicar los principios de la Revolución a Italia. La realidad fue más compleja, como siempre ocurre con Napoleón: la libertad que trajo era la libertad de ser francés, y las contribuciones económicas que impuso a las ciudades italianas resultaron tan onerosas que la admiración inicial se fue tornando en resentimiento.
Pero el período napoleónico dejó en Milán algo que ningún resentimiento podía borrar: la experiencia de ser la capital de un estado italiano, la Repubblica Cisalpina y después el Regno d’Italia, aunque ese estado fuera en la práctica una creación napoleónica con el propio Napoleón como rey. Los milaneses que gobernaron con él y para él aprendieron lo que significaba administrar un estado moderno, y cuando Napoleón cayó y los austriacos volvieron en 1815, muchos de esos hombres decidieron que no podían volver simplemente a ser provincianos de un imperio extranjero. El Risorgimento —el movimiento de unificación y resurgimiento nacional italiano— tiene en Milán uno de sus corazones.
Alessandro Manzoni, cuya novela había dado a Italia una lengua literaria común, fue uno de los símbolos culturales del Risorgimento milanés. Pero el símbolo político más dramático fueron las Cinco Giornate di Milano de marzo de 1848: cinco días de insurrección urbana en que los milaneses se levantaron contra la guarnición austriaca y la expulsaron de la ciudad con barricadas, piedras y fusiles improvisados, en uno de los levantamientos populares más exitosos de las revoluciones de 1848 que barrieron Europa. Los austriacos volvieron meses después, pero la ciudad había demostrado que era capaz de gobernarse a sí misma, y esa demostración no se olvidó. En 1859, la Segunda Guerra de Independencia Italiana —con el apoyo decisivo de Francia— expulsó definitivamente a Austria de Lombardía, y Milán se incorporó al nuevo Reino de Italia que Garibaldi y Cavour estaban construyendo.
La capital industrial: cuando Milán se convirtió en la locomotora de Italia
La unificación de Italia en 1861 encontró a Milán en una posición que ninguna otra ciudad italiana podía igualar: la más industrializada, la más conectada ferroviariamente con el resto de Europa, la que tenía la clase empresarial más dinámica y la clase obrera más organizada. Roma fue elegida capital política; Milán se convirtió en la capital económica, y esa división de funciones —que todavía hoy es uno de los rasgos más característicos de la geografía italiana— resultó en algunos aspectos más ventajosa para Milán que la capitalidad política habría sido.
La segunda mitad del siglo XIX fue el período de la gran industrialización milanesa. Las fábricas textiles, las fundiciones, las empresas de ingeniería mecánica se multiplicaron en los barrios del anillo exterior, y con ellas creció una clase obrera que encontró en el socialismo su expresión política natural. Milán fue la cuna del Partido Socialista Italiano, fundado aquí en 1892, y de los primeros sindicatos obreros organizados de Italia. Las tensiones entre esa clase obrera en ascenso y la burguesía industrial que dominaba la ciudad fueron el motor político que sacudió Milán durante décadas, y que en 1898 culminó en los llamados Moti di Milano, cuando el gobierno mandó al general Bava Beccaris disparar con artillería contra los manifestantes que protestaban por el precio del pan, matando entre ochenta y cien personas. El episodio escandalizó a Europa y convirtió a Milán en el símbolo de la brutalidad con que el Estado liberal italiano respondía a las demandas obreras.
Fue también en ese Milán de finales del siglo XIX cuando se inauguró la Galleria Vittorio Emanuele II, el pasaje cubierto de hierro y cristal que une la Piazza del Duomo con la Piazza della Scala y que desde su apertura en 1877 ha sido el salón de estar de la ciudad, el lugar donde los milaneses se encuentran, pasean, toman el aperitivo y miran y son mirados con la elegancia casual que la ciudad considera su derecho natural. La Galleria no es solo arquitectura —aunque la arquitectura es extraordinaria, con sus mosaicos del suelo, su cúpula octogonal y sus fachadas neoclásicas— es una manera de entender el espacio urbano como lugar de representación social que Milán practicó avant la lettre y que después el mundo llamó, sin saber que venía de aquí, el mall.
El fascismo y la Segunda Guerra Mundial: la ciudad que lo inventó y la ciudad que lo pagó
El 23 de marzo de 1919, en una sala del número 9 de la Piazza San Sepolcro de Milán, Benito Mussolini fundó los Fasci Italiani di Combattimento, la organización que tres años después se convertiría en el Partido Nacional Fascista y que en 1922 tomó el poder en Italia. El fascismo nació en Milán, en el seno de una ciudad que había sido el corazón del socialismo italiano y que después de la Primera Guerra Mundial vivía una crisis de identidad política que Mussolini supo explotar con una habilidad que sus contemporáneos tardaron demasiado en reconocer como lo que era.
La relación de Milán con el fascismo fue la misma que la de Italia entera: complicada, comprometida y finalmente trágica. La ciudad fue durante años una de las bases de apoyo más firmes del régimen, y también el escenario de la resistencia antifascista más organizada del país. Las brigate partigiane que operaron en el norte de Italia durante la Resistencia tuvieron en Milán su cuartel general clandestino, y cuando el 25 de abril de 1945 —fecha que Italia celebra como el Día de la Liberación— los partisanos se levantaron contra la ocupación alemana, fue en Milán donde la insurrección fue más rápida y más eficaz.
Dos días antes de la Liberación, el 28 de abril de 1945, Mussolini fue capturado por los partisanos mientras intentaba huir hacia Suiza disfrazado de soldado alemán, y fusilado junto a su amante Clara Petacci y varios jerarcas fascistas. Sus cadáveres fueron trasladados a Milán y colgados boca abajo de las andamios de una gasolinera en la Piazzale Loreto, el mismo lugar donde el año anterior los alemanes habían ejecutado y expuesto los cuerpos de quince partisanos como escarmiento. La elección del lugar fue deliberada y su significado, perfectamente legible para todos los que lo vieron: el régimen que había aterrorizado Italia durante veintitrés años terminaba con la misma brutalidad con que había gobernado.
La guerra dejó Milán profundamente dañada. Los bombardeos aliados de 1943 y 1944 destruyeron o dañaron gravemente buena parte del centro histórico: la Scala fue destruida, el refectorio de Santa Maria delle Grazie recibió varios impactos directos aunque la Última Cena —protegida con sacos de arena— sobrevivió milagrosamente, y barrios enteros del centro quedaron reducidos a escombros. La reconstrucción se hizo con la urgencia y el pragmatismo que caracterizan a Milán: rápido, funcional, sin demasiada melancolía por lo que se había perdido. El resultado es una ciudad que en algunas zonas del centro parece un collage de épocas distintas, con un palazzo del siglo XVIII junto a un edificio de los años cincuenta junto a una torre de cristal del siglo XXI, y que ha aprendido a aceptar esa discontinuidad como parte de su carácter.
El milagro económico y la Milán que inventó el estilo de vida moderno
Los años cincuenta y sesenta fueron el período del miracolo economico italiano, la expansión industrial y económica que en menos de dos décadas transformó Italia de un país agrario y devastado por la guerra en una de las economías más dinámicas de Europa occidental. Y el motor de ese milagro fue Milán.
Las empresas milanesas —Pirelli, Falck, Breda, Alfa Romeo, Edison— y el ecosistema de pequeñas y medianas empresas que se desarrolló en torno a ellas atrajeron a millones de trabajadores del sur de Italia que llegaron a la ciudad en busca de empleo y encontraron trabajo en las fábricas pero también hacinamiento, discriminación y la dureza de integrarse en una ciudad que los necesitaba pero no siempre los quería. La tensión entre los immigrati del sur y los milanesi del norte fue una de las fracturas sociales más dolorosas del milagro económico, y dejó cicatrices que todavía hoy son visibles en la geografía social de la ciudad y en la política italiana.
Pero el milagro económico generó también algo que ningún economista había previsto: una explosión de creatividad en el diseño, la moda y la comunicación que convirtió a Milán en la capital mundial del estilo. La Triennale di Milano, las empresas de diseño industrial que producían las sillas, las lámparas y los electrodomésticos que el mundo entero empezó a copiar, los arquitectos y diseñadores —Gio Ponti, Ettore Sottsass, Achille Castiglioni— que redefinieron lo que los objetos cotidianos podían ser: todo eso concentrado en una ciudad que tenía la industria, el capital y la ambición necesarios para hacer del buen gusto un negocio global.
La moda llegó poco después. Giorgio Armani, Gianni Versace, Gianfranco Ferré, Miuccia Prada: todos construyeron en Milán los imperios del vestir que convirtieron a la ciudad en una de las cuatro capitales de la moda mundial, junto con París, Nueva York y Londres. El Quadrilatero della Moda —el cuadrante de calles del centro donde se concentran las tiendas de los grandes nombres— es hoy uno de los escaparates urbanos más fotografiados del mundo, pero la industria que lo sostiene va mucho más allá de las tiendas: son los talleres, las escuelas de diseño, los proveedores de telas, los fotógrafos y los publicistas que hacen de Milán un ecosistema creativo de una densidad que ninguna otra ciudad italiana puede igualar.
La Scala: doscientos cincuenta años de la ópera más importante del mundo
Ningún recorrido por la historia de Milán puede ignorar el Teatro alla Scala, inaugurado el 3 de agosto de 1778 con una ópera de Antonio Salieri y desde entonces el teatro lírico más influyente del mundo. La Scala no es solo un teatro: es la institución cultural que mejor define el carácter milanés en toda su complejidad —su amor por el bel canto y su disposición a abuchear sin piedad a quien no esté a la altura de sus expectativas, su orgullo de pertenecer a la tradición más exigente de la ópera y su capacidad de renovarse sin perder esa exigencia.
Aquí se estrenaron algunas de las óperas más importantes del repertorio: Otello y Falstaff de Verdi, Madama Butterfly y Turandot de Puccini, Norma de Bellini. Aquí cantaron Maria Callas —cuya relación con el público de la Scala fue una de las historias de amor y odio más apasionadas de la historia de la ópera— y Enrico Caruso, Renata Tebaldi y Plácido Domingo. Aquí dirigieron Arturo Toscanini —que fue el director musical que definió la manera de interpretar a Verdi durante la primera mitad del siglo XX— y Claudio Abbado y Riccardo Muti.
Visitar la Scala no requiere necesariamente asistir a una función —aunque hacerlo, si la programación y el presupuesto lo permiten, es una experiencia que no tiene equivalente—: el Museo Teatrale alla Scala, con sus instrumentos históricos, sus trajes originales, sus partituras manuscritas y sus retratos de cantantes y directores, cuenta la historia de la ópera italiana con una riqueza de objetos y documentos que resulta inesperadamente emocionante incluso para quien no considera la ópera su pasión principal.
Milán hoy: la ciudad que nunca termina de inventarse
Milán tiene hoy un millón y medio de habitantes en el municipio y más de cuatro millones en el área metropolitana, y es con diferencia la ciudad más dinámica de Italia: la que tiene los sueldos más altos, el paro más bajo, la tasa de innovación más elevada y la mayor concentración de sedes de empresas internacionales. Es también la ciudad italiana más abierta a la inmigración, más internacional en su composición demográfica y más dispuesta a redefinir su identidad en función de lo que el mundo necesita en cada momento.
El Porta Nuova y el CityLife, los grandes proyectos de renovación urbana del siglo XXI que han transformado antiguas zonas industriales en bosques de torres de cristal con jardines y espacios públicos diseñados por los mejores arquitectos del mundo, han dado a Milán un skyline que hace veinte años nadie habría asociado con una ciudad italiana. El Bosco Verticale —las dos torres residenciales de Stefano Boeri con novecientos árboles creciendo en sus fachadas— es hoy el edificio más fotografiado de Milán y uno de los más reconocidos del mundo, una respuesta arquitectónica a la pregunta de cómo puede una ciudad densa incorporar naturaleza sin sacrificar densidad.
El Navigli, el sistema de canales que Leonardo da Vinci ayudó a proyectar y ampliar durante sus años milaneses y que en el siglo XX fue en buena parte cubierto con asfalto, sigue siendo el barrio más vivo de la vida nocturna milanesa: los canales que quedan descubiertos se bordean de bares y restaurantes que al atardecer se llenan con el rito del aperitivo —esa institución milanesa que consiste en pagar una copa y acceder a una mesa llena de comida que en la práctica equivale a una cena— y que de noche se convierten en el escenario de una vida urbana que tiene la intensidad de las ciudades que saben que el tiempo es escaso y hay que aprovecharlo.
El Mercato Metropolitano, el Eat’s, los mercados de barrio que han resucitado en los últimos años en zonas que parecían irremediablemente gentrificadas: Milán tiene también esa dimensión de ciudad que sabe comer, que toma el aperitivo con la misma seriedad con que hace los negocios, que ha convertido la gastronomía en otra forma de diseño.
Milán no es una ciudad que pida ser querida. No tiene la coquetería de Roma ni el romanticismo de Venecia ni la nostalgia de Florencia. Es una ciudad que propone un trato diferente: si te tomas el tiempo de entenderla, si miras debajo de la superficie de moda y negocios y eficiencia, encuentras una de las historias más densas y más sorprendentes de Europa. Los romanos que eligieron este cruce de caminos en la llanura padana, Ambrosio que se enfrentó al emperador, Leonardo que pintó la Última Cena en el refectorio de un convento, Beccaria que inventó el derecho penal moderno en un café iluminado del siglo XVIII, los partisanos que liberaron la ciudad antes de que llegaran los aliados: todo eso es Milán, y todo eso está disponible para quien llega con los ojos abiertos y sin prisa.
La llanura que los celtas llamaron el lugar en el centro sigue siendo exactamente eso: el centro de algo. Lo que cambia, cada siglo, es el nombre de ese algo.