La historia de Almería
Del puerto más rico de Al-Ándalus al desierto que fue el Lejano Oeste: tres mil años de historia en el confín de Europa
Hay ciudades que la historia eligió y ciudades que la historia olvidó. Almería ha sido las dos cosas, a veces en el mismo siglo. Fue en el siglo X el puerto más activo de Al-Ándalus, la puerta por la que salía la seda y entraba el oro, una ciudad de cien mil habitantes cuando París apenas llegaba a veinte mil. Después vino el abandono, el terremoto, la piratería, la pobreza, la guerra. Y después de todo eso, en la segunda mitad del siglo XX, los agricultores de una provincia sin agua ni recursos inventaron desde cero una de las agriculturas más productivas del mundo y convirtieron el desierto en huerta. Almería no es una ciudad que haya tenido una historia: ha tenido varias, completamente distintas entre sí, y la última todavía no ha terminado.
RAÍCES MEDITERRÁNEAS
1. Antes del nombre: íberos, fenicios y romanos en el sureste
Mucho antes de que existiera la ciudad que conocemos, el litoral del sureste ibérico era un territorio intensamente habitado y comerciado. Los fenicios, ese pueblo de navegantes y mercaderes del Mediterráneo oriental que fundaron factorías comerciales en toda la costa sur de la Península desde el siglo VIII antes de Cristo, reconocieron en esta franja costera algo que los marinos siempre han sabido valorar: un litoral con bahías protegidas, ríos con metales en sus cuencas y tierra firme con recursos que vender. Los yacimientos argáricos de la provincia —la cultura de El Argar, que floreció entre el 2200 y el 1500 antes de Cristo en las cercanías de lo que hoy es Antas, fue una de las más avanzadas de la Edad del Bronce europea— habían dejado ya una población local con conocimientos metalúrgicos y redes de intercambio que los fenicios aprovecharon con eficiencia.

Los romanos llegaron en el siglo II antes de Cristo y encontraron una costa ya organizada en torno al comercio y la minería. Las minas de plata y hierro de la sierra, explotadas desde siglos antes, continuaron produciendo bajo administración romana. La ciudad de Urci, cuya localización exacta los arqueólogos todavía debaten —algunos la sitúan en Pechina, a pocos kilómetros del centro de Almería, otros en el propio solar de la ciudad actual—, fue el núcleo urbano más importante de la región durante el período romano, sede episcopal en los primeros siglos del cristianismo y punto de articulación de una red de comunicaciones que unía el sureste con el resto de la provincia Baetica.
De ese período romano queda poco visible sobre el terreno en la ciudad de Almería misma, pero la provincia guarda yacimientos de primera importancia que la mayoría de los visitantes desconocen: las termas romanas de Alhama de Almería, las ruinas de Villaricos —la antigua Baria fenicia y romana, junto a la desembocadura del Almanzora—, y los restos dispersos de una cultura que durante cinco siglos organizó este territorio con la misma lógica administrativa que aplicó en Britania o en Siria. Que el sureste ibérico formara parte del mismo sistema político que el muro de Adriano es una de esas paradojas de la historia universal que resultan más fáciles de aceptar cuando uno está frente a un mosaico romano en un museo de provincia.
2. Abd al-Rahman III y el nacimiento de la ciudad
La historia de Almería como ciudad comienza con una decisión política tomada a miles de kilómetros de distancia. En el año 955, el califa Abd al-Rahman III —el hombre que había transformado el Califato de Córdoba en la potencia más sofisticada de Europa occidental— ordenó la fundación de un nuevo puerto en el sureste de Al-Ándalus que sirviera como base naval y como salida comercial al Mediterráneo. Eligió la bahía que los marineros conocían como al-Mariyya, que en árabe significa el espejo o la atalaya del mar, en referencia a la claridad extraordinaria con que aquellas aguas reflejaban la luz del Mediterráneo andaluz.

La elección no era arbitraria. La bahía de Almería ofrecía una combinación de cualidades difícil de encontrar en esa costa: abrigo natural de los vientos del sur y del oeste, profundidad suficiente para barcos de calado considerable, y una posición estratégica en las rutas que unían el norte de África con el Mediterráneo occidental. Abd al-Rahman III levantó en la colina que dominaba la bahía la primera versión de la Alcazaba —la fortaleza que todavía hoy define la silueta de la ciudad— y organizó a sus pies el trazado de una medina que en pocas décadas se convertiría en una de las más grandes y prósperas de Al-Ándalus.
Lo que hizo crecer Almería con una rapidez que sorprendió a sus propios contemporáneos fue la seda. Los morales —los árboles cuyas hojas alimentan a los gusanos de seda— se cultivaban en las Vegas del sureste desde hacía generaciones, y la industria sedera que se organizó en torno a Almería alcanzó en el siglo X unas dimensiones que los cronistas árabes describen con un asombro que resulta difícil de calibrar pero que las cifras respaldan: decenas de miles de telares trabajando en la ciudad y sus alrededores, produciendo la seda más apreciada de Al-Ándalus, que desde el puerto de al-Mariyya se exportaba a todo el Mediterráneo. El historiador al-Udri, escribiendo en el siglo XI, contó novecientos cuarenta y nueve burdeles en Almería, lo que es una manera medieval de decir que la ciudad tenía una población rica, una vida urbana intensa y una prosperidad que atraía a gente de toda condición. Que la fuente sea dudosa no cambia el mensaje de fondo: Almería en el siglo X era una ciudad grande, rica y complicada.

La Alcazaba que Abd al-Rahman III comenzó y que sus sucesores fueron ampliando durante los siglos X y XI es hoy el monumento más importante de Almería y uno de los complejos defensivos islámicos más grandes de España, superada en extensión solo por la Alhambra de Granada. Tres recintos amurallados escalonados en la ladera de la colina, con torres, aljibes, jardines y los restos de lo que fue un palacio de verano de los reyes taifas: la Alcazaba habla de una ciudad que en su momento de máximo esplendor necesitaba una fortaleza de esa escala para protegerse, lo que da una idea aproximada de lo que había que proteger. Desde sus murallas se domina toda la bahía, el centro histórico y —en los días claros, que en Almería son la mayoría— el litoral que se extiende hacia el cabo de Gata. Es uno de esos miradores que cambian la manera de entender una ciudad.
3. Los reinos de taifas: el esplendor y la primera caída
Cuando el Califato de Córdoba se desintegró en el caos de las guerras civiles a principios del siglo XI, Almería se convirtió en la capital de uno de los reinos de taifas más ricos de Al-Ándalus. Los Khayran, la dinastía de origen eslavo que gobernó la taifa almeriense, heredaron una ciudad en plena prosperidad y la gestionaron con una inteligencia política que incluía el mecenazgo cultural como herramienta de prestigio: poetas, filósofos y músicos encontraron en la corte de Almería un ambiente de refinamiento que se comparaba favorablemente con cualquier otra capital de la Península.

Fue en ese período cuando la ciudad alcanzó su máxima extensión y población. Los cronistas árabes hablan de más de diez mil tiendas en el zoco, de una alhóndiga —el gran almacén comercial donde se depositaban y comerciaban las mercancías llegadas por mar— de dimensiones colosales, de mezquitas y baños públicos y jardines que hacían de Almería una de las ciudades más habitables del mundo islámico medieval. La riqueza que generaba el comercio marítimo —no solo la seda sino también las especias, los metales, los esclavos, los libros, los instrumentos científicos que circulaban por el Mediterráneo— se traducía en una vida urbana de una sofisticación que las ciudades cristianas del norte tardarían siglos en alcanzar.
Pero la prosperidad de los reinos de taifas tenía un precio político: la fragmentación hacía vulnerable a Al-Ándalus frente al avance cristiano, y los reinos más débiles acabaron pagando tributos —las llamadas parias— a los reyes del norte para comprar su paz. Cuando esa compra resultó insuficiente, llamaron en su ayuda a los almorávides, el movimiento islámico rigorista del norte de África que en 1091 absorbió Almería en su imperio. Los almohades, aún más austeros, los reemplazaron a su vez en el siglo XII. Bajo ambas dominaciones norteafricanas la ciudad siguió siendo importante, pero el esplendor de la época taifa no se recuperó nunca del todo.
Almería cristiana
4. La Reconquista y el largo declive
El 26 de diciembre de 1489, los Reyes Católicos entraron en Almería. La ciudad fue una de las últimas en caer durante la campaña que culminaría dos años después con la toma de Granada, y las capitulaciones que firmaron con la población musulmana —garantías de respeto a la religión, las propiedades y las costumbres— siguieron el mismo patrón que en otras ciudades andaluzas y fueron igualmente incumplidas en los años siguientes.
La Almería que los castellanos encontraron era todavía una ciudad importante, con su medina, sus mezquitas, su alcazaba y su puerto activo. La transformación fue rápida y sistemática: las mezquitas se convirtieron en iglesias, la población musulmana fue presionada hacia la conversión, y la estructura económica que había sostenido la prosperidad de la ciudad durante cinco siglos empezó a desmoronarse. Los moriscos —los musulmanes convertidos— mantuvieron durante décadas las técnicas agrícolas y artesanales que habían hecho rica a Almería, pero su expulsión definitiva en 1570, después de la rebelión de las Alpujarras, eliminó de golpe el capital humano que sostenía la economía de toda la región.
Y entonces llegó el terremoto. El 22 de septiembre de 1522, uno de los seísmos más destructivos de la historia de España devastó Almería y su comarca, matando a miles de personas y destruyendo buena parte del tejido urbano que había sobrevivido la Reconquista. La ciudad tardó décadas en recuperarse demográficamente, y cuando lo hizo era ya una sombra de lo que había sido: un puerto secundario en una costa constantemente amenazada por la piratería berberisca, que durante los siglos XVI y XVII hizo prácticamente inhabitable buena parte del litoral almeriense.
Las torres de vigilancia que salpican todavía hoy la costa de Almería —desde la Torre de Mesa Roldán hasta las atalayas del cabo de Gata— son el testimonio arquitectónico de ese terror costero. Cada torre estaba pensada para avisar a los pueblos del interior cuando aparecían las velas de los corsarios en el horizonte, dando tiempo a la población para esconderse o huir. Que fuera necesario construir todo ese sistema de alerta dice todo sobre la frecuencia y la brutalidad de las razias. Pueblos enteros del litoral almeriense fueron abandonados y algunos no se repoblaron hasta el siglo XVIII. La geografía humana de la provincia todavía lleva las marcas de ese vaciamiento.
La Catedral de Almería
Construida entre 1524 y 1562 sobre la antigua mezquita mayor, es el documento arquitectónico más elocuente de ese período de inseguridad. A diferencia de la mayoría de las catedrales españolas, que exhiben su religiosidad en fachadas elaboradas y torres que compiten en altura con el cielo, la catedral de Almería tiene el aspecto de una fortaleza: muros gruesos, torres almenadas, contrafuertes macizos, pocas ventanas y bajas. Sus constructores diseñaron un edificio que podía funcionar como refugio defensivo en caso de ataque berberisco —y efectivamente así se usó en al menos una ocasión— sin renunciar por eso a ser una catedral. El resultado es un edificio único en España, de una austeridad severa por fuera que contrasta con la riqueza ornamental de su interior renacentista, y que explica de manera más eficaz que cualquier libro de historia lo que significaba vivir en esa costa en el siglo XVI.
5. El siglo XIX: la minería y el breve esplendor industrial
Durante los siglos XVII y XVIII, Almería languideció en una oscuridad relativa. El comercio había perdido el dinamismo del período islámico, la agricultura de la vega era modesta, y la constante amenaza pirata mantenía el litoral en un estado de alerta que dificultaba cualquier actividad económica sostenida. La ciudad que había tenido cien mil habitantes en el siglo X no llegaba a los diez mil en el XVIII.
Lo que cambió la situación, de manera brusca e inesperada, fue la minería. En los años treinta del siglo XIX, el descubrimiento de ricas vetas de plata y plomo en la Sierra de Gádor y posteriormente en la Sierra Alhamilla desencadenó una fiebre minera que transformó la economía de la provincia en cuestión de años. Miles de trabajadores llegaron de toda Andalucía y del Levante atraídos por los jornales de las minas; los comerciantes que financiaban y exportaban el mineral se enriquecieron con una velocidad que la ciudad no había experimentado desde el califato; y Almería vivió un período de expansión urbana, construcción de teatros y casinos, y efervescencia social que sus contemporáneos comparaban con un segundo siglo de oro.
El Cable Inglés —el cargadero de mineral construido en 1904 por la empresa británica The Alquife Mines and Railway Company para embarcar el mineral de hierro de las minas de Alquife directamente a los barcos— es el símbolo más visible de ese período industrial. La estructura metálica que se adentra en el mar desde la playa del Zapillo, con sus raíles elevados y sus tolvas oxidadas, tiene hoy el aspecto romántico que da el abandono a la arquitectura industrial, y está considerada uno de los ejemplos más notables de la ingeniería portuaria del siglo XIX en España. Hay proyectos de convertirla en museo o en espacio cultural desde hace décadas; mientras tanto, se mantiene en pie como un fantasma de hierro sobre el mar, visible desde la playa y enigmática para quien no conoce su historia.
El auge minero trajo también consecuencias culturales que Almería tardó en reconocer como propias. La mezcla de poblaciones llegadas de distintas regiones, las condiciones de trabajo duras y la vida de los mineros generaron una variante del flamenco con un carácter propio: los mineros, ese palo flamenco —con sus variantes de la minera, la taranta, la cartagenera— nacieron en las minas del sureste en el siglo XIX y tienen en Almería y en Murcia su territorio de origen. El Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión, en Murcia, es hoy el certamen de referencia para ese repertorio, pero las raíces del cante de las minas hunden en las laderas de la Sierra de Gádor almeriense.
El esplendor minero duró hasta principios del siglo XX, cuando el agotamiento de los yacimientos y la caída de los precios internacionales del plomo y la plata dejaron a la provincia sin su motor económico. Almería entró en el siglo XX siendo de nuevo una de las provincias más pobres de España, con una emigración masiva que durante la primera mitad del siglo llevó a miles de familias almerienses a Barcelona, a Madrid, a Argelia o a América del Sur.
6. La Guerra Civil: la última resistencia republicana
La Guerra Civil golpeó a Almería con una crueldad que su posición geográfica hizo especialmente intensa. La provincia fue republicana desde el primer momento, y su condición de retaguardia durante los primeros años del conflicto la convirtió en destino de decenas de miles de refugiados que huían del avance franquista por Málaga y Granada. La desbandada de Málaga, en febrero de 1937 —la columna de cientos de miles de civiles que huyeron por la carretera costera hacia Almería mientras eran bombardeados desde el mar y ametrallados desde el aire— es uno de los episodios más brutales y menos conocidos de la guerra, y Almería fue tanto su destino de esperanza como el límite de lo que era posible salvar.
El 12 de febrero de 1937, la ciudad de Almería fue bombardeada por la flota alemana del almirante Canaris, en represalia por el torpedeamiento del acorazado Deutschland por la aviación republicana. Fue uno de los primeros bombardeos navales sobre una ciudad civil de la historia moderna, y causó víctimas entre la población que ya estaba al límite por la avalancha de refugiados. El episodio, prácticamente olvidado en la historia oficial de la guerra durante décadas, ha ido recuperando su lugar en la memoria colectiva de la ciudad.
Almería fue una de las últimas provincias en caer ante las tropas franquistas, en marzo de 1939, y la represión de posguerra fue particularmente dura en una provincia que había resistido hasta el final. Los refugios antiaéreos excavados bajo el casco histórico durante la guerra —una red de túneles de más de cuatro kilómetros que podía albergar a treinta y cuatro mil personas— fueron sellados al terminar el conflicto y permanecieron olvidados durante décadas. Descubiertos y recuperados en los años noventa, son hoy uno de los museos más visitados y más emotivos de Almería: bajar a esos túneles es entender de manera física lo que significa vivir bajo las bombas, y la muestra que los acompaña contextualiza la guerra con una claridad y una honestidad que no siempre encontramos en los museos españoles de este período.
7. Sergio Leone y el desierto que fue el Lejano Oeste
En 1964, un director de cine italiano llamado Sergio Leone llegó al desierto de Tabernas, a treinta kilómetros al norte de Almería, con un presupuesto modesto, un actor americano de segunda fila llamado Clint Eastwood y una idea que iba a cambiar la historia del cine: rodar un western en Europa, en un paisaje que se pareciera lo suficiente al de Arizona o Nuevo México para que el espectador no notara la diferencia.
Notara o no la diferencia, lo que siguió fue extraordinario. «Por un puñado de dólares» se estrenó en 1964 y fue un éxito inmediato que generó dos secuelas igualmente exitosas y una avalancha de producciones italo-españolas —los llamados spaghetti westerns— que durante la siguiente década convirtieron el desierto de Tabernas en el escenario más trabajado del cine europeo. Leone rodó aquí sus cuatro grandes westerns; David Lean rodó parte de «Lawrence de Arabia» en el desierto almeriense; Steven Spielberg, Indiana Jones. La lista de películas rodadas total o parcialmente en Almería entre 1960 y 1980 tiene varios cientos de títulos.
El desierto de Tabernas —el único desierto propiamente dicho de Europa, con menos de doscientos milímetros de lluvia al año y una aridez que no tiene equivalente en el continente— ofrece una geografía que el cine reconoció antes que los geógrafos como algo singular: las ramblas secas, las badlands de arcilla erosionada, los barrancos rojizos, la vegetación escasa y dramática componen un paisaje que tiene algo de fin del mundo, de terreno sin dueño, que encajaba perfectamente con la mitología del western. Que ese paisaje esté a media hora de una ciudad andaluza con catedral del siglo XVI es una de esas yuxtaposiciones que hacen de Almería un lugar difícil de clasificar.
Los decorados que Leone construyó para sus películas sobrevivieron como parques temáticos que todavía hoy reciben visitantes. Mini Hollywood —ahora llamado Oasys— es el más conocido, y tiene algo de melancólico y de extraordinario a la vez: las fachadas de madera que aparecen en los primeros planos de las películas más influyentes del western europeo, los cactus plantados expresamente para parecer americanos, el polvo que es exactamente el mismo polvo de hace sesenta años. Es un lugar que no existe en ninguna categoría convencional del turismo —no es exactamente un museo, no es exactamente un parque de atracciones— pero que resulta completamente fascinante para quien llega con la historia en la cabeza.
8. El mar de plástico: la revolución que nadie vio venir
En los años sesenta del siglo XX, Almería era todavía una de las provincias más pobres de España. La emigración había vaciado los pueblos del interior, la agricultura tradicional era de subsistencia, y el horizonte económico no ofrecía grandes perspectivas. Lo que ocurrió en las décadas siguientes fue una de las transformaciones agrícolas más radicales y más rápidas de la historia contemporánea, y ocurrió en el lugar más improbable: el Campo de Dalías, una llanura costera semiárida al oeste de la capital que los agricultores locales habían trabajado con resultados mediocres durante generaciones.
La innovación fue aparentemente modesta: cubrir los cultivos con plástico para crear un microclima que alargara la temporada de producción, retuviera la humedad y protegiera las plantas del frío nocturno. Pero la escala a la que se aplicó esa técnica fue lo que lo cambió todo: en pocas décadas, el Campo de Dalías quedó cubierto por una extensión de invernaderos de plástico que hoy supera las treinta y cinco mil hectáreas y que es visible desde el espacio como una mancha blanca en el sureste de la Península. El llamado mar de plástico produce anualmente más de tres millones de toneladas de frutas y verduras —tomates, pimientos, pepinos, berenjenas, calabacines— que se distribuyen por toda Europa durante los meses de invierno, cuando el resto del continente no puede producirlos.
La transformación económica fue tan rápida que invirtió el flujo migratorio: Almería pasó de exportar población a importarla, y desde los años noventa la provincia recibe trabajadores de Marruecos, Senegal, Mali, Rumanía y América Latina que sostienen con su trabajo una agricultura que sin ellos no podría funcionar. Esa diversidad, con todas las tensiones y los problemas que conlleva —la precariedad laboral, las condiciones de vida en los asentamientos chabolistas, la dificultad de integración—, es parte inseparable de la Almería contemporánea, y una historia que la ciudad todavía está aprendiendo a contar sin eufemismos.
9. Cabo de Gata: el paisaje que el tiempo olvidó
Al este de Almería, donde los últimos contrafuertes de las Béticas caen directamente al Mediterráneo, se extiende el Parque Natural Cabo de Gata-Níjar, el espacio protegido más árido de Europa occidental y uno de los parques naturales más singulares de España. Sus volcanes extintos, sus playas de arena negra y blanca, sus calas de acceso difícil, sus salinas donde flamencos rosas se alimentan a poca distancia de los visitantes, y sus pueblos de casas encaladas que parecen no haber cambiado desde el siglo XVIII componen un paisaje que resulta radicalmente diferente de cualquier otra cosa que España tenga que ofrecer.
Cabo de Gata fue siempre una tierra de límites: límite del agua, límite de la vegetación, límite de lo que la vida humana puede sostener en condiciones de aridez extrema. Los pueblos que se asentaron en sus calas —Las Negras, Agua Amarga, San José— vivieron durante siglos de la pesca y de la explotación de las minas de plomo y plata que afloraban en sus laderas. La despoblación de la segunda mitad del siglo XX los dejó casi vacíos; el turismo de las últimas décadas los ha llenado de nuevo, pero con una estética y un ritmo distintos. Que el parque esté protegido desde 1987 ha impedido el desarrollo masivo que ha arrasado otras costas mediterráneas, y hoy esa contención aparece como una de las mejores decisiones urbanísticas que Almería haya tomado en su historia moderna.
Las salinas de Cabo de Gata, explotadas desde época fenicia y romana, son uno de los ecosistemas más ricos del litoral mediterráneo español. En primavera y otoño, las flamencas que se congregan en sus estanques poco profundos forman colonias que pueden superar los dos mil individuos, una imagen de una belleza tan improbable —ese rosa encendido sobre el azul del cielo almeriense— que cuesta creer que sea real y no un cuadro de alguien con exceso de imaginación.
9. Almería hoy: una ciudad que todavía no sabe bien lo que es
Almería tiene hoy unos doscientos mil habitantes, una economía que depende en proporciones casi iguales de la agroindustria y del turismo, una universidad que le da energía y juventud, y una autoestima colectiva que históricamente ha oscilado entre el orgullo por lo que la ciudad tiene y la frustración por la escasa atención que recibe del resto de España. Es una ciudad que los viajeros que llegan a ella sin expectativas previas suelen encontrar más interesante de lo que esperaban, lo que dice tanto sobre la ciudad como sobre la imagen que proyecta.
El casco histórico, reorganizado en torno a la Alcazaba, la catedral y la Puerta de Purchena —el cruce de caminos que fue el corazón urbano desde época árabe—, tiene una escala humana que en las ciudades más turísticas se ha perdido: se puede caminar por él sin mapas, los bares del centro sirven tapas gratuitas con cada consumición con la misma naturalidad con que lo hacen en Granada, y la vida de barrio que en otros lugares se ha folklorizado aquí es todavía genuinamente cotidiana.
La Rambla de Almería, el cauce del río que atraviesa la ciudad y que durante décadas fue un espacio degradado, ha sido transformada en los últimos años en el eje peatonal y verde que articula la vida urbana entre el centro histórico y los barrios modernos. Es uno de esos proyectos de recuperación urbana que cambian la manera en que una ciudad se relaciona consigo misma, y que en Almería ha tenido el efecto adicional de hacer visible una historia geológica e hidráulica que el asfalto había tapado durante generaciones.
Almería no es Granada ni Sevilla, y no intenta serlo. Es una ciudad que lleva tres mil años siendo ella misma en los márgenes de las grandes narrativas históricas: demasiado al este para el eje atlántico, demasiado al norte para el norte de África, demasiado árida para la imagen verde de Andalucía. Esa posición excéntrica, que durante siglos pareció una desventaja, es hoy quizás su mayor virtud: una ciudad que conserva su carácter precisamente porque el mundo no se ha apresurado a transformarla.
Y debajo de todo eso, la Alcazaba sigue mirando el mar desde su colina, como lleva mirándolo desde que Abd al-Rahman III decidió que este era el lugar exacto donde fundar una ciudad. Tenía razón.