La historia de Granada: Vista panorámica de Granada al atardecer con la Alhambra y el Albaicín, reflejando la historia andalusí de la ciudad.

La historia de Granada

Del último reino islámico de Europa a la ciudad que todavía vive entre dos mundos

Hay ciudades que tienen historia y ciudades que son historia. Granada pertenece a la segunda categoría. Cada calle del Albaicín, cada torre de la Alhambra, cada iglesia construida sobre una mezquita lleva acumulada una densidad de siglos que es difícil de encontrar en ningún otro lugar de Europa. Pero lo que hace a Granada verdaderamente singular no es la cantidad de pasado que conserva, sino la manera en que ese pasado sigue siendo presente: en la arquitectura, en la gastronomía, en la música, en el carácter de una ciudad que nunca ha terminado de resolver la pregunta de qué es exactamente.

1. Antes de los moros: íberos, romanos y visigodos en la vega

Mucho antes de que existiera la ciudad que conocemos, la vega que se abre a los pies de la Sierra Nevada ya era uno de los territorios más fértiles y codiciados de la Península Ibérica. Los íberos levantaron aquí varios asentamientos, entre ellos Ilturir o Iliberri —nombre de raíz prerromana que significa algo así como «ciudad nueva»— en la colina que hoy ocupa el barrio del Albaicín. Aquella posición era inmejorable: dominaba visualmente toda la vega, tenía agua abundante del deshielo de la sierra y estaba rodeada de tierras que producían cereales, aceite y vino con una generosidad poco común en la meseta ibérica.

Los romanos llegaron en el siglo II antes de Cristo y latinizaron el nombre: Illiberis. La ciudad prosperó como centro administrativo y comercial de la región, acuñó su propia moneda y llegó a ser sede de uno de los primeros concilios cristianos documentados en Hispania, el Concilio de Elvira, celebrado a principios del siglo IV, en el que los obispos de la Bética debatieron cuestiones disciplinarias con una meticulosidad que revela la solidez que el cristianismo había alcanzado ya en esta esquina del Imperio.

Cuando Roma se desmoronó y los visigodos tomaron el control de la Península en el siglo V, Illiberis siguió existiendo, aunque perdió peso e influencia frente a otras ciudades como Toledo o Sevilla. Lo que dejó ese período fue, sobre todo, la semilla de una comunidad cristiana que sobreviviría siglos de dominación islámica como minoría mozárabe, conservando su fe y sus ritos en una convivencia que fue tensa pero nunca del todo imposible.


2. Los ziríes y el nacimiento de Madinat Garnata

En el año 711, las tropas islámicas cruzaron el estrecho y en pocos años barrieron la resistencia visigoda. La región de Granada cayó rápidamente y fue integrada en Al-Ándalus, el territorio islámico de la Península. Durante los primeros siglos de dominación musulmana, el centro de poder no estaba en Granada sino en Córdoba, la capital del Califato, y la ciudad de la vega era un enclave secundario dentro de ese sistema.

Todo cambió cuando el Califato de Córdoba se desintegró a principios del siglo XI. En el caos político de los llamados reinos de taifas —pequeños estados independientes que se repartieron el territorio antes controlado por Córdoba— un caudillo bereber de la tribu zirí llamado Zawi ibn Ziri tomó el control de la región y decidió trasladar su capital a la colina que hoy conocemos como el Albaicín. Aquella decisión fundacional convirtió a Granada en lo que nunca había sido del todo: una ciudad con vocación de capital.

Los ziríes construyeron la Alcazaba Qadima —la fortaleza vieja, situada en el Albaicín— y organizaron la ciudad con la estructura típica de las medinas islámicas: una mezquita mayor, un zoco, barrios artesanales especializados, baños públicos. La comunidad judía, que llevaba siglos en la región, encontró bajo los ziríes un período de notable florecimiento: el visir Samuel ibn Naghrela, conocido como Samuel HaNagid, fue uno de los poetas hebreos medievales más grandes y al mismo tiempo el hombre fuerte del reino zirí durante décadas, una combinación de poder político y creación literaria que difícilmente habría sido posible en ningún otro lugar de la Europa de la época.

Pero los ziríes no duraron mucho. En 1066, una revuelta popular masacró a la comunidad judía de Granada en uno de los pogromos más violentos de la historia medieval peninsular, un episodio que conviene no olvidar cuando se habla con demasiada ligereza de la «convivencia» de las tres culturas. Y en 1090, los almorávides —un movimiento islámico rigorista llegado del norte de África— pusieron fin al reino zirí y absorbieron Granada en su imperio. Los almohades, otro movimiento norteafricano aún más austero, los reemplazaron a su vez en el siglo XII. Granada seguía siendo una ciudad importante, pero todavía no era la ciudad que iba a cambiar la historia.


3. Los nazaríes: el último y el más esplendoroso

En 1238, mientras la Reconquista cristiana avanzaba por el sur de la Península a un ritmo que parecía imparable —Córdoba había caído ese mismo año, Sevilla caería diez años después—, Muhammad ibn Yusuf ibn Nasr, conocido como Alhamar, fundó en Granada el reino nazarí y negoció con el rey Fernando III de Castilla un acuerdo de vasallaje que le permitió sobrevivir. Fue un pacto humillante en cierto sentido —Granada pagaba tributos anuales a Castilla y llegó a ayudar militarmente en la conquista de Sevilla— pero extraordinariamente eficaz: el reino nazarí sobrevivió durante doscientos cincuenta años más, mientras todos los demás reinos islámicos de la Península desaparecían uno tras otro.

Y en esos doscientos cincuenta años construyó la Alhambra.

No hay manera de describir la Alhambra que haga justicia a la experiencia de estar dentro de ella. Es uno de esos lugares donde las palabras llegan inevitablemente tarde. Pero conviene entender qué es exactamente lo que se está viendo, porque la Alhambra no es un solo edificio sino una ciudad palatina completa: una Alcazaba militar, los Palacios Nazaríes donde vivían y gobernaban los sultanes, el Generalife con sus jardines y sus sistemas de irrigación, y los restos de una medina con barrios residenciales, mezquitas y talleres. Todo ello construido entre los siglos XIII y XV sobre una colina roja —al-Hamra significa «la roja» en árabe, en referencia al color del barro de sus muros— desde la que se domina la ciudad y la vega con una perspectiva que parece calculada para recordar constantemente quién mandaba.

Los Palacios Nazaríes son el corazón de todo. El Palacio de Comares, con su torre y su salón del trono bañado por la luz que entra por las dieciséis ventanas de la cúpula de mocárabes; el Palacio de los Leones, con su patio y su fuente de los doce leones que data del siglo XIV; el Palacio del Partal, el más antiguo conservado, con su porche reflejado en el estanque. Cada sala es un universo de caligrafía árabe, yesería tallada, azulejos geométricos y techos de madera que han necesitado siglos de trabajo artesanal para alcanzar esa perfección aparentemente natural. Y en todas partes el agua: en fuentes, en acequias, en estanques que reflejan los arcos y multiplican la belleza del conjunto. El agua en la Alhambra no es decoración sino arquitectura: organiza los espacios, regula la temperatura, crea sonidos que llenan los silencios y hace que el tiempo pase de una manera diferente a como pasa en cualquier otro lugar.

El Generalife, separado de los palacios por una hondonada, era la residencia de verano de los sultanes, y sus jardines son una versión en verde y agua del mismo principio que ordena la arquitectura: la belleza como forma de poder. Pasear por el Generalife en mayo, cuando las rosas están en flor y el agua suena por todas partes, es una de las experiencias más placenteras que ofrece España.

Enfrente, en la colina del Albaicín, se puede ver desde la Alhambra —y ver la Alhambra desde allí— el otro gran legado del período nazarí: el barrio islámico más grande y mejor conservado de Europa occidental. Las callejuelas del Albaicín siguen la trama de la medina medieval, con sus cármenes —esas casas con jardín privado que son la versión granadina del paraíso— escondidos detrás de muros blancos, sus plazuelas inesperadas, sus minaretes convertidos en campanarios. Subir al mirador de San Nicolás al atardecer, cuando la Alhambra se tiñe de naranja y la Sierra Nevada brilla al fondo todavía nevada, es uno de los momentos más extraordinarios que puede ofrecerle una ciudad española a un visitante.

Pero la historia del reino nazarí no es solo belleza y esplendor. Es también una historia de inestabilidad política crónica, de guerras civiles entre facciones de la familia real, de sultanes depuestos por sus propios hijos o sus propios visires. La célebre Sala de los Abencerrajes, en el Palacio de los Leones, debe su nombre a una leyenda que cuenta que Boabdil, el último sultán nazarí, mandó masacrar allí a los caballeros de ese linaje tras acusarlos de conspiración; la mancha roja en el suelo de la fuente central, que el óxido de hierro ha teñido desde siempre, alimenta desde siglos la historia. Verdad o leyenda, dice algo sobre la naturaleza del poder en aquel reino tan bello y tan frágil.


4. 1492: el año que lo cambió todo

El 2 de enero de 1492, Muhammad XII —conocido en la historiografía española como Boabdil y en la árabe como Abu Abdallah— entregó las llaves de Granada a los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Era el último acto de la Reconquista, el proceso de casi ocho siglos en que los reinos cristianos del norte habían ido recuperando el territorio islámico de la Península. El último reino musulmán de Europa occidental había dejado de existir.

La escena de la entrega ha sido pintada, novelada y discutida durante siglos. La leyenda —probablemente apócrifa pero demasiado buena para no contarla— dice que cuando Boabdil abandonó la ciudad y llegó al puerto de la montaña desde el que podía ver por última vez la Alhambra, rompió a llorar, y que su madre le dijo con una crueldad que solo el dolor puede explicar: «Lloras como mujer lo que no supiste defender como hombre». El lugar se llama todavía el Puerto del Suspiro del Moro.

Ese mismo año de 1492, mientras los Reyes Católicos estaban en Granada firmando las capitulaciones de la conquista, recibieron en la ciudad a un marinero genovés llamado Cristóbal Colón que llevaba años intentando convencerlos de financiar un viaje hacia el oeste en busca de las Indias. Le dijeron que sí. Granada es, en cierto sentido, el lugar desde el que se descubrió América, aunque eso raramente aparece en los folletos turísticos.

Las capitulaciones de Granada —el acuerdo firmado entre los Reyes Católicos y Boabdil— garantizaban a la población musulmana el derecho a conservar su religión, sus costumbres y sus propiedades. Fue un acuerdo generoso para los estándares de la época, y duró exactamente siete años. En 1499, el cardenal Cisneros llegó a Granada con el encargo de acelerar las conversiones y comenzó a quemar manuscritos árabes en la plaza de Bibarrambla, una de las mayores pérdidas culturales de la historia de España. Las conversiones forzadas desencadenaron una serie de rebeliones, y la corona respondió dando a los musulmanes a elegir entre la conversión o el destierro. La mayoría se convirtió, convirtiéndose en los llamados moriscos, que durante el siglo siguiente serían objeto de sospecha, discriminación y finalmente expulsión definitiva en 1609.


5. El siglo XVI: la capital del Imperio que nunca fue

Los Reyes Católicos y después Carlos I convirtieron Granada en una de sus ciudades predilectas. Carlos I, que acababa de ser elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, encargó en 1526 la construcción de un palacio dentro del recinto de la Alhambra: el Palacio de Carlos V, un edificio renacentista de planta cuadrada con un patio circular interior que es, objetivamente, una obra maestra de la arquitectura del siglo XVI. El problema es que está dentro de la Alhambra, y la comparación es una batalla que el Renacimiento nunca podía ganar contra el arte nazarí. El palacio quedó sin terminar durante siglos, y hoy alberga el Museo de la Alhambra, lo que le da al fin la utilidad que durante tanto tiempo le faltó.

En esa misma época se construyó la Catedral de Granada, levantada sobre la Gran Mezquita de la ciudad, y la Capilla Real, donde descansan los restos de los Reyes Católicos, Felipe el Hermoso y Juana la Loca. La Capilla Real es uno de los espacios más cargados de historia de España: cuatro sarcófagos de mármol con las efigies yacentes de los monarcas, y en las vitrinas, los objetos personales de Isabel —su corona, su cetro, su espejo— de una sencillez que contrasta con la enormidad de lo que hizo. También están allí algunos de los cuadros flamencos que Isabel coleccionaba, obras de una calidad extraordinaria que en cualquier otro museo serían la atracción principal.

La universidad fue fundada en 1531 por Carlos I, y desde entonces Granada se convirtió también en una ciudad de letras e inteligencia, de debate teológico y filosófico, de la tensión permanente entre la herencia islámica que impregnaba hasta el aire y la identidad cristiana que el poder imponía con fuerza creciente.


6. La rebelión de los moriscos y la Granada herida

En 1568, el pueblo morisco de las Alpujarras —la zona montañosa al sur de Granada donde muchos musulmanes convertidos se habían refugiado tras la Reconquista— se rebeló contra la corona española en lo que sería una de las guerras más brutales y olvidadas de la historia peninsular. La rebelión duró dos años, fue sofocada con una crueldad sistemática por don Juan de Austria, y terminó con la deportación forzosa de los moriscos granadinos a otras regiones de Castilla, diseminados para evitar que volvieran a concentrarse.

Las Alpujarras, que habían sido durante siglos un territorio densamente poblado y extraordinariamente productivo —la seda granadina era uno de los productos más valiosos del comercio mediterráneo— quedaron casi desiertas. Se repoblaron con colonos llegados del norte, pero nunca recuperaron del todo la vitalidad de antes. Gerald Brenan, el escritor inglés que vivió en un pueblo de las Alpujarras en los años veinte del siglo XX y escribió «Al sur de Granada», uno de los mejores libros jamás escritos sobre España, todavía encontró en aquellos pueblos una economía y una manera de vivir que en algunos aspectos parecían no haber cambiado desde el siglo XVI. Las Alpujarras de hoy son uno de los paisajes más bellos y más silenciosos de Andalucía, y el contraste entre su belleza serena y la violencia de su historia es uno de esos contrastes que Granada ofrece constantemente a quien está dispuesto a buscarlos.


7. El siglo XIX y el descubrimiento romántico

Granada llegó al siglo XIX como una ciudad algo adormecida, grande en memoria pero modesta en economía, conservando entre sus calles una belleza que sus propios habitantes habían dejado de ver con claridad. Fueron los viajeros románticos extranjeros quienes la «redescubrieron», con la mezcla de entusiasmo genuino y proyección de fantasías orientalistas que caracterizaba a esa generación de escritores y artistas.

El más influyente de todos fue Washington Irving, el escritor norteamericano que vivió durante varios meses en la propia Alhambra —en aquella época el conjunto estaba prácticamente abandonado y habitado por una variopinta comunidad de gitanos, soldados retirados y vagabundos— y que en 1832 publicó los «Cuentos de la Alhambra», una colección de leyendas y evocaciones que convirtió el palacio en uno de los lugares más famosos del mundo. El libro todavía se vende en todas las librerías de Granada y todavía se lee: tiene algo de la magia de los lugares que describe, y la manera en que Irving mezcla historia documentada con fabulación pura representa honestamente la relación que muchos visitantes establecen con la Alhambra, que siempre tiene algo de sueño además de historia.

Théophile Gautier, Alexandre Dumas, Prosper Mérimée: todos pasaron por Granada en aquellas décadas y todos escribieron sobre ella con un entusiasmo que resulta a veces excesivo pero que tuvo consecuencias reales. El turismo moderno a Granada, en buena medida, lo inventaron ellos.

Granada también produjo en esa época sus propios mitos locales. El barrio del Sacromonte, excavado en las cuevas de la colina que mira a la Alhambra desde el otro lado del Darro, se convirtió en el corazón de la cultura gitana granadina y en el lugar donde el flamenco adquirió algunas de sus formas más puras. Las zambras del Sacromonte —espectáculos de cante y baile en las cuevas— son hoy en parte una atracción turística inevitable, pero en parte algo más genuino y antiguo que eso.


8. Lorca y la Granada del siglo XX

Si hay un nombre que define la identidad cultural de Granada en el siglo XX, ese nombre es Federico García Lorca. Nacido en 1898 en Fuente Vaqueros, un pueblo de la vega granadina, Lorca creció en Granada, estudió aquí, se formó musicalmente en el ambiente del café y la tertulia, y llevó consigo para siempre la ciudad: su luz, sus barrios, su flamenco, el duende que él mismo teorizó como la fuerza oscura que late en el arte andaluz más verdadero.

La casa de la familia García Lorca en la Huerta de San Vicente, hoy convertida en museo en el parque que lleva el nombre del poeta, es uno de los lugares más emotivos de Granada. Los muebles, los pianos, los cuadros, los manuscritos: todo habla de una familia culta y afectuosa que crió a uno de los grandes poetas del siglo XX, que escribió aquí el «Romancero gitano» y parte de «Poeta en Nueva York», que amó esta ciudad con la lucidez de quien conoce sus sombras tanto como sus luces.

Esas sombras se hicieron absolutas en agosto de 1936. Al estallar la Guerra Civil, Granada fue tomada rápidamente por los sublevados. Lorca, que no era militante político pero que era homosexual y de izquierdas y famoso, fue detenido y fusilado en algún lugar de las afueras de la ciudad —el lugar exacto sigue siendo objeto de investigación— con treinta y ocho años. Su muerte fue un crimen que la ciudad tardó décadas en poder nombrar públicamente, y la pregunta de dónde están sus restos sigue sin respuesta definitiva. Granada tiene con Lorca una deuda que ningún museo ni ninguna plaza con su nombre puede saldar del todo.


9. Granada hoy: la ciudad que vive entre dos mundos

Granada es hoy una ciudad universitaria de unos doscientos cincuenta mil habitantes —con más de ochenta mil estudiantes, lo que le da una energía y una vida nocturna desproporcionadas para su tamaño— y uno de los destinos turísticos más visitados de España, con millones de personas que llegan cada año atraídas por la Alhambra.

Esa presión turística tiene consecuencias que la ciudad gestiona con dificultad: el centro histórico se ha llenado de tiendas de souvenirs y restaurantes de calidad desigual, los alquileres han subido hasta expulsar a los vecinos de toda la vida, y en la Alhambra es imprescindible reservar las entradas con semanas o incluso meses de antelación porque la demanda supera con creces la capacidad de recibir visitas sin dañar el monumento.

Pero Granada tiene también algo que resiste a esa presión: la costumbre de las tapas gratuitas con cada consumición, que sigue vigente y que es la mejor razón del mundo para tomarse una cerveza a media tarde; el Albaicín a las nueve de la mañana, cuando los turistas todavía no han llegado y los gatos duermen en los escalones; el sonido del agua del Darro, el pequeño río que discurre por la carrera del Darro bordeando la colina de la Alhambra; la Sierra Nevada visible desde cualquier punto elevado de la ciudad, con nieve en los picos hasta bien entrado el mes de mayo.

Y sobre todo: esa sensación, única en Europa, de estar en un lugar donde Oriente y Occidente se miraron durante siglos a los ojos, se construyeron mutuamente y se destruyeron mutuamente, y donde todo eso está todavía presente en cada piedra.

Hay ciudades que cuentan una historia. Granada cuenta al menos dos, y ninguna de las dos ha terminado todavía.