Historia de Alcalá de Henares
De la ciudad romana de Complutum a la universidad de Cisneros y el Patrimonio UNESCO
Hay ciudades que tienen historia y ciudades que la fabrican. Alcalá de Henares pertenece a la segunda categoría con una consistencia que pocas ciudades de la Comunidad de Madrid pueden igualar. En poco más de dos kilómetros cuadrados de casco histórico conviven los restos de una ciudad romana que fue capital de toda la Carpetania, las callejuelas de una judería medieval que fue una de las más importantes de Castilla, la universidad que el cardenal Cisneros construyó como la primera ciudad del mundo diseñada específicamente para el saber, y la casa donde nació el hombre que escribió el libro más leído de la historia en lengua española. Todo eso en la misma ciudad. A treinta kilómetros de Madrid.
Lo que distingue a Alcalá de otras ciudades con historias igualmente densas es que su historia no está en los museos sino en las calles: el trazado de la Calle Mayor sigue siendo el eje de la judería medieval, la universidad fundada en 1499 sigue siendo universidad, el Paraninfo donde se entregó la primera Biblia crítica del mundo sigue siendo el Paraninfo donde cada año se entrega el Premio Cervantes. Alcalá es una ciudad que vive dentro de su propia historia con una naturalidad que pocas ciudades europeas pueden igualar.
Los primeros habitantes: íberos, carpetanos y el río que lo explica todo
La historia de Alcalá de Henares no empieza con los romanos ni con la universidad. Empieza mucho antes, en el momento en que los primeros grupos humanos descubrieron que el valle del Henares tenía todo lo que necesitaban: agua abundante, tierras fértiles en la vega y colinas desde las que vigilar el territorio circundante. Los instrumentos líticos encontrados en los terrenos del campus universitario y en los aluviones del arroyo Camarmilla confirman presencia humana desde el Calcolítico —la Edad del Cobre—, y el cerro del Ecce-Homo guarda los restos de un asentamiento de la Edad del Bronce y del Hierro que fue uno de los más importantes de la meseta central.
Los carpetanos —el pueblo celtíbero que dominaba la meseta antes de la llegada de Roma— tenían aquí uno de sus oppida, sus ciudades fortificadas en altura desde las que controlaban el valle y las rutas que lo atravesaban. Cuando los romanos llegaron, encontraron un territorio ya organizado, ya habitado, ya con una lógica de asentamiento que ellos conservaron y ampliaron. La ciudad no empezó con Roma: Roma llegó a una ciudad que ya existía y la transformó en algo mayor.
Complutum: cuando Alcalá gobernó la Carpetania
En el año 193 antes de Cristo, los romanos establecieron en la vega del Henares el campamento militar que sería el germen de la futura Complutum. La posición era estratégica: el río era vadeable en ese punto, las calzadas que conectaban el centro de la Península convergían aquí, y la llanura circundante era extraordinariamente fértil. Lo que empezó como un campamento fue creciendo hasta convertirse en la capital del convento jurídico de la Carpetania —la división administrativa romana del centro de la Península— y en una de las ciudades más prósperas de la Hispania romana.
El nombre Complutum tiene su propio debate etimológico. La teoría más aceptada lo hace derivar del latín confluentes —donde confluyen los ríos, en referencia al Henares y sus afluentes— aunque el primer asentamiento de Complutum estuvo en alto, alejado de los cauces, lo que hace que algunos investigadores cuestionen esa etimología. Lo que no se cuestiona es que el nombre sobrevivió a Roma, a los visigodos, a los árabes y a los castellanos medievales, y que en él se basó el cardenal Cisneros para llamar a su universidad Complutensis Universitas. El adjetivo complutense que hoy llevan la universidad de Madrid y miles de graduados en todo el mundo viene directamente de aquella ciudad romana del siglo I.
La Complutum romana que los arqueólogos han ido revelando desde los años ochenta del siglo XX es una ciudad de una sofisticación que sorprende incluso a los especialistas: un foro monumental, una basílica civil, termas, mercado, infraestructuras hidráulicas de primera calidad y una Casa de los Grifos con pintura mural romana de una riqueza que convierte a Alcalá en uno de los yacimientos de arte romano más importantes de la Península. La Casa de Hippolytus, con su mosaico de escena de pesca firmado por el artesano que le da nombre, es una de las joyas del arte romano provincial que menos gente conoce y que más impresiona a quien llega a verla.
Complutum prosperó durante los siglos I, II y III después de Cristo y empezó su declive cuando el Imperio Romano de Occidente comenzó el suyo en el siglo IV. Los visigodos encontraron aquí una ciudad ya parcialmente abandonada, y su principal contribución fue la fundación de una sede episcopal que convirtió a Alcalá en un centro religioso de la España visigoda. Los mártires Justo y Pastor, dos niños ejecutados en el año 304 por negarse a renunciar al cristianismo, fueron martirizados en las afueras de Complutum, y su culto convirtió la ciudad en destino de peregrinación antes de que llegaran los árabes.
Al-Qal’a Nahr: la fortaleza sobre el río
En el año 711, las tropas islámicas cruzaron el estrecho de Gibraltar y en pocos años controlaron casi toda la Península. Alcalá cayó bajo dominio árabe hacia el año 714, y los musulmanes le dieron un nombre que describe exactamente lo que vieron cuando llegaron: Al-Qal’a Nahr, la fortaleza sobre el río. De ese nombre árabe viene directamente el nombre actual de la ciudad: Alcalá es simplemente la pronunciación castellana del árabe al-qal’a, la fortaleza.
Los árabes construyeron su fortaleza en la colina que domina el Henares —en el lugar donde después estaría el Palacio Arzobispal— y organizaron la ciudad con la estructura típica de las medinas islámicas: un recinto amurallado con sus barrios diferenciados, su mercado y sus mezquitas. La comunidad judía que ya vivía en la ciudad desde época romana encontró bajo el dominio islámico un período de relativa tolerancia que le permitió prosperar como comunidad de mercaderes, artesanos y eruditos. Esa convivencia de tres culturas —cristiana, islámica y judía— en el mismo espacio urbano es lo que el Ministerio de Cultura español señala como uno de los valores que justifican la declaración de Alcalá como Patrimonio de la Humanidad: el trazado urbano medieval todavía refleja esa distribución con el barrio cristiano al sur, el judío al este y el árabe al norte.
La Reconquista y los arzobispos de Toledo
En 1118, las tropas castellanas reconquistaron Alcalá. La ciudad pasó a ser propiedad de los arzobispos de Toledo, y esa peculiaridad —Alcalá como señorío eclesiástico más que como ciudad realenga— fue determinante para su desarrollo posterior. Los arzobispos de Toledo eran los hombres más poderosos de la Iglesia española, y convertir Alcalá en su sede fue una declaración de poder que se tradujo en siglos de inversión arquitectónica, cultural y económica.
El Palacio Arzobispal —cuya construcción comenzó en 1209 bajo el arzobispo Jiménez de Rada, el mismo que organizó la victoria de las Navas de Tolosa— fue durante siglos no solo la residencia de los arzobispos sino uno de los centros de poder político más importantes de Castilla. Los reyes lo usaban como residencia cuando visitaban la región, y su posición en la ciudad lo convirtió en escenario de algunos de los momentos más importantes de la historia española medieval y renacentista. Aquí nació en 1503 Catalina de Aragón, la hija de los Reyes Católicos que se convertiría en reina de Inglaterra y cuyo matrimonio y posterior repudio por Enrique VIII desencadenarían la ruptura de Inglaterra con Roma y la Reforma anglicana. Que uno de los episodios fundacionales de la historia religiosa de Europa occidental tenga su origen en una mujer nacida en Alcalá de Henares es uno de esos datos que la historia raramente subraya con la fuerza que merecería.
La judería de Alcalá fue durante los siglos XII al XV una de las más importantes de Castilla. La Calle Mayor —hoy la arteria comercial y turística más conocida de la ciudad— fue durante siglos el eje principal de esa judería, con sus tiendas, sus talleres y sus sinagogas dando vida a un barrio que concentraba una parte sustancial de la actividad económica de la ciudad. La muralla medieval que rodeaba el casco histórico tenía siete puertas; de ellas solo queda en pie la Puerta de Burgos, pero su localización nos da el mapa de una ciudad que organizaba el espacio con la lógica de quien necesita defender lo que tiene.
El cardenal Cisneros y la primera ciudad universitaria del mundo
El 13 de abril de 1499, mediante tres bulas pontificias concedidas por el papa Alejandro VI, el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros fundó la Complutensis Universitas —la Universidad Complutense de Alcalá, la Cisneriana—. Lo que Cisneros hizo no fue simplemente fundar una universidad: fue construir desde cero una ciudad universitaria, un proyecto urbanístico integral en el que el saber era el principio organizador de todo lo demás. Ninguna otra ciudad del mundo había sido concebida con ese propósito antes que Alcalá.
Cisneros conocía perfectamente lo que estaba haciendo. Había sido alumno del Estudio General que ya existía en Alcalá, había vivido la efervescencia intelectual que la ciudad tenía gracias a su historia de convivencia de culturas, y entendía que el humanismo renacentista que estaba transformando Europa necesitaba una institución que lo arraigara en España con la misma solidez con que la fe católica estaba arraigada en sus catedrales. La universidad de Cisneros no era una institución clerical al servicio de la Iglesia: era una institución al servicio del saber, aunque ese saber incluyera la teología como una disciplina más entre otras.
Las clases empezaron en 1508, y en pocas décadas la universidad de Alcalá se convirtió en uno de los centros intelectuales más importantes de Europa. Por sus aulas pasaron Nebrija —que en Alcalá desarrolló parte del trabajo que lo convirtió en el padre de la gramática castellana—, Lope de Vega, Quevedo, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y Mateo Alemán. Y entre 1514 y 1517 se publicó aquí la Biblia Políglota Complutense: la primera edición crítica de la Biblia en hebreo, griego, latín y arameo, impresa por Arnao Guillén de Brocar en un proyecto de una envergadura filológica que no tenía precedentes en la historia editorial europea. Que la primera gran obra del humanismo bíblico europeo se imprimiera en Alcalá de Henares es uno de los hechos más extraordinarios de la historia intelectual española, y uno de los menos conocidos fuera de los especialistas.
La universidad de Cisneros sirvió también como modelo para las universidades que los religiosos y conquistadores españoles fundaron en América a lo largo del siglo XVI. El proyecto de ciudad universitaria de Alcalá —con sus colegios mayores y menores organizados en torno a un eje urbano central— fue literalmente exportado al Nuevo Mundo, y sus principios organizativos están en el origen de algunas de las universidades más antiguas de América Latina.
Miguel de Cervantes: el hijo más ilustre
En 1547, en una casa de la Calle Mayor de Alcalá de Henares, nació Miguel de Cervantes Saavedra. Su partida de bautismo se conserva en la Capilla del Oidor. No hay más documentación de sus primeros años en la ciudad, porque la familia Cervantes era una familia de hidalgos pobres y modestos que no dejaban demasiado rastro en los archivos. Pero el hecho de que el autor del Quijote naciera en esta ciudad, en este contexto de efervescencia universitaria y cultural, en una ciudad donde las tres culturas habían convivido durante siglos y donde el castellano se enseñaba y se discutía en las aulas de la universidad más importante de España, no es un accidente sino una consecuencia.
Cervantes pasó en Alcalá solo los primeros años de su vida antes de que la familia se mudara a distintas ciudades siguiendo los trabajos del padre. Pero la ciudad lo formó en sus primeras impresiones del mundo, y la ciudad lo reclamó después como hijo propio con esa tenacidad con que los lugares se apropian de la gloria de los que nacieron en ellos. El Premio Cervantes —el galardón más importante de la literatura en lengua española, entregado cada año en el Paraninfo del Colegio Mayor de San Ildefonso por los reyes de España— es la expresión más visible de esa apropiación, y une de manera permanente el nombre de la ciudad con el nombre del escritor que la ha hecho conocida en el mundo entero.
La decadencia: cuando la universidad se marchó
El siglo XVII fue el comienzo del fin del esplendor universitario de Alcalá. La misma prosperidad que había construido la ciudad comenzó a erosionarse cuando la corte se instaló definitivamente en Madrid y la capital empezó a absorber el talento, el dinero y la actividad intelectual que hasta entonces habían gravitado hacia Alcalá. La peste, las epidemias y el declive general de la Castilla del siglo XVII golpearon a la ciudad con la misma brutalidad que al resto del reino, y la población fue reduciéndose de manera sostenida.
El golpe definitivo llegó en 1836, cuando la reina regente María Cristina firmó la Real Orden que decretaba la supresión de la universidad en Alcalá y su traslado a Madrid, donde pasó a denominarse Universidad Central —la que hoy conocemos como Universidad Complutense de Madrid, cuyo nombre sigue recordando el origen alcalaíno de la institución—. Con la universidad se fueron los estudiantes, los profesores, los impresores, los libreros y todos los oficios que vivían de la actividad universitaria. Alcalá quedó como una ciudad vaciada de su razón de ser, con sus edificios universitarios convertidos en cuarteles, hospitales o simplemente abandonados.
La ciudad pasó el siglo XIX y buena parte del XX en un estado de letargo relativo que, paradójicamente, fue lo que salvó su patrimonio: una ciudad sin dinero para desarrollarse es una ciudad que no derriba sus edificios históricos para construir otros nuevos. Cuando en 1968 el casco antiguo fue declarado Conjunto Histórico-Artístico de carácter nacional, había algo genuino que proteger precisamente porque nadie había tenido prisa por destruirlo.
La recuperación: universidad, Cervantes y Patrimonio de la Humanidad
En 1977 la universidad volvió a Alcalá. La nueva Universidad de Alcalá se instaló en los edificios históricos del siglo XVI —el Colegio Mayor de San Ildefonso, los colegios menores, los patios renacentistas— devolviendo a la ciudad el pulso intelectual que el siglo XIX le había quitado. Esa recuperación fue también una restauración física: los edificios que llevaban décadas en uso inadecuado o directamente abandonados fueron rehabilitados con una meticulosidad que hoy permite ver el Paraninfo, los patios y la fachada plateresca en el estado más cercano posible al que tuvieron en el siglo XVI.
En 1998, la UNESCO declaró el recinto histórico de Alcalá de Henares Patrimonio de la Humanidad. El reconocimiento no fue solo por los edificios sino por lo que representan: el primer ejemplo en el mundo de ciudad universitaria planificada, el modelo que fue exportado a América y que está en el origen de la educación superior en todo el continente latinoamericano, y el testimonio de una convivencia de culturas que el trazado urbano medieval sigue haciendo legible para quien sabe leerlo.
Alcalá es hoy una ciudad de más de doscientos mil habitantes, la tercera más grande de la Comunidad de Madrid, con una universidad activa de más de treinta mil estudiantes y un casco histórico que recibe millones de visitantes al año. La ciudad que Cisneros construyó para que el saber fuera su principio organizador sigue siendo, quinientos años después, exactamente eso: una ciudad organizada en torno al conocimiento, con sus facultades instaladas en los colegios del siglo XVI, sus estudiantes paseando por la Calle Mayor que fue la judería medieval, y su Paraninfo acogiendo cada año la ceremonia más importante de las letras en lengua española.