La historia de París
Doce siglos de revoluciones, monumentos y ideas que cambiaron el mundo, contados desde sus calles
Hay ciudades que tienen historia y ciudades que la fabrican. París pertenece a la segunda categoría con una consistencia que no tiene equivalente en el mundo occidental. Durante doce siglos, lo que ocurrió en esta ciudad a orillas del Sena decidió el rumbo de Europa: aquí se construyeron las primeras catedrales góticas, aquí se escribieron los libros que prepararon la Ilustración, aquí estalló la Revolución que inventó la política moderna, aquí Haussmann destruyó y reconstruyó una ciudad entera para dar forma a lo que hoy consideramos la capital más bella del mundo. Visitar París sin conocer su historia es como ver una película a partir de la segunda mitad: emocionante, pero con la sensación permanente de que te estás perdiendo algo.
Los parisienses antes de París: los parisii y Lutetia
Mucho antes de que existiera la ciudad que conocemos, una tribu celta llamada los parisii vivía en la isla alargada del Sena que hoy llamamos Île de la Cité. Era un pueblo de pescadores y comerciantes fluviales que había entendido antes que nadie el valor estratégico de ese punto del río: suficientemente al interior para estar protegido de las incursiones del mar, suficientemente navegable para conectar el norte y el sur de la Galia, con dos brazos de agua que convertían la isla en una fortaleza natural. Los parisii no construyeron monumentos que hayan sobrevivido, pero eligieron con una precisión extraordinaria el lugar exacto donde dos mil años después seguiría latiendo el corazón de una de las grandes ciudades del mundo.
Los romanos llegaron en el año 52 antes de Cristo, cuando Julio César completó la conquista de la Galia, y sobre el asentamiento celta levantaron Lutetia Parisiorum, una ciudad romana de tamaño mediano que durante los primeros siglos se desarrolló sobre todo en la orilla izquierda del río —la actual margen sur, el Barrio Latino—, donde los arqueólogos han encontrado un foro, unas termas, un anfiteatro y una red de calles con la regularidad característica del urbanismo romano. Las Arènes de Lutèce, el antiguo anfiteatro romano que se conserva parcialmente en el barrio latinizado del quinto arrondissement, es hoy un jardín público donde los parisinos jubilados juegan a la petanca sobre las gradas donde los galos-romanos miraban los espectáculos hace dos mil años. Es uno de esos lugares de París que los turistas raramente encuentran y que, cuando lo hacen, produce la desorientación placentera de descubrir que debajo de la ciudad que conoces hay otra ciudad completamente distinta.
En las termas romanas del siglo III —las llamadas Thermes de Cluny, hoy incorporadas al Musée National du Moyen Âge— se conservan los muros más antiguos de París, con sus ladrillos alternados de piedra y argamasa que siguen en pie con una solidez que avergüenza a muchas construcciones modernas. El museo que los envuelve guarda, entre otras cosas, los tapices de la Dama con el Unicornio, seis piezas del siglo XV de una belleza tan intensa que merecerían por sí solas el viaje a París.
Los merovingios, los carolingios y los cimientos de Francia
Con la caída del Imperio Romano en el siglo V, las tribus germánicas se repartieron Europa, y los francos —el pueblo que daría nombre a Francia— tomaron el control de la Galia. Su rey Clodoveo I, que se había convertido al cristianismo católico en el año 496, eligió París como capital de su reino, y con esa decisión la ciudad empezó a acumular el peso político que ya no perdería. Clodoveo y sus sucesores merovingios convirtieron la isla del Sena en el centro de un reino que abarcaba buena parte de la Europa occidental, y en las colinas que rodeaban el río fueron apareciendo las primeras iglesias y abadías que prefigurarían la ciudad medieval.
La dinastía merovingia cedió el paso a los carolingios, y Carlomagno —el rey franco que en el año 800 fue coronado emperador de Occidente en Roma, en un gesto político de consecuencias incalculables— trasladó su capital a Aquisgrán, en la actual Alemania, y París perdió temporalmente su posición central. Pero la ciudad siguió creciendo, siguió siendo un punto de cruce inevitable para el comercio del norte de Europa, y cuando el Imperio carolingio se desintegró a finales del siglo IX, fue precisamente un conde parisino, Hugo Capeto, quien fue elegido rey de los francos en 987 y fundó la dinastía que gobernaría Francia durante ocho siglos.
En el año 885, mientras todo esto se fraguaba lentamente, París vivió uno de sus momentos más dramáticos: una flota de trescientas naves vikingas remontó el Sena y sitió la ciudad durante casi un año. Los habitantes de la Île de la Cité, con sus murallas y sus puentes levantados, resistieron. El asedio fracasó. Y el conde Eudes, que organizó la defensa con una eficacia que sus contemporáneos admiraron enormemente, sentó las bases del poder de los futuros Capetos. Los vikingos que no consiguieron tomar París terminaron instalándose en la desembocadura del Sena, en la región que hoy se llama Normandía —tierra de los hombres del norte—, y doscientos años después sus descendientes conquistarían Inglaterra. La historia medieval es, entre otras cosas, una red de consecuencias imprevistas.
Los Capetos y la invención de París: Notre-Dame, el Louvre, la Sorbona
Los tres siglos que van desde la coronación de Hugo Capeto en 987 hasta finales del siglo XIII son el período en que París se convierte en la ciudad más importante de Europa occidental, y el período en que se construyen los monumentos que todavía definen su imagen más profunda.
El más poderoso de esos monumentos es Notre-Dame de París, cuya construcción comenzó en 1163 bajo el obispo Maurice de Sully y no terminó hasta bien entrado el siglo XIV. Notre-Dame no fue simplemente una catedral: fue un manifiesto arquitectónico, el primer gran laboratorio del estilo gótico, el edificio donde los constructores medievales aprendieron que se podía levantar una iglesia de una altura y una luminosidad que antes nadie había imaginado posibles, sustituyendo los pesados muros románicos por esqueletos de piedra y vidrio. Los arbotantes exteriores que transfieren el peso de la bóveda hacia el exterior y permiten abrir las paredes en enormes ventanales de colores son una solución de ingeniería tan elegante como la mejor arquitectura moderna; de hecho, algunos historiadores de la arquitectura sostienen que el gótico fue el primer estilo verdaderamente racional de la historia occidental.
Notre-Dame ardió en abril de 2019 en un incendio que paralizó el mundo entero durante unas horas. La reconstrucción, completada a finales de 2024, ha devuelto a la catedral una belleza que muchos visitantes habituales describen como superior a la que tenía antes del incendio, con la nave central restaurada a su claridad original y la flecha reconstruida con una precisión que honra el proyecto de Viollet-le-Duc del siglo XIX. Visitarla hoy es, paradójicamente, una experiencia más intensa que antes: uno entra sabiendo lo que estuvo a punto de perderse.
A pocos minutos a pie, en el extremo occidental de la Île de la Cité, la Sainte-Chapelle es la otra joya gótica que nadie debería perderse. Construida por Luis IX —san Luis— entre 1242 y 1248 para guardar la Corona de Espinas de Cristo, que el rey había comprado al emperador de Constantinopla por una suma que triplicaba el coste de la propia capilla, la Sainte-Chapelle es un prodigio de ingeniería y devoción: en la capilla alta, los muros han desaparecido prácticamente por completo, sustituidos por quince vidrieras de quince metros de altura que narran en mil ciento trece escenas la historia bíblica desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Cuando la luz de la mañana entra por el lado este y atraviesa ese cristal de colores —azul cobalto, rojo rubí, verde esmeralda— el efecto es de una belleza que cuesta calificar de manera que no suene a exageración. No lo es.
Mientras las catedrales se construían, la vida intelectual de París se organizaba en torno a las escuelas catedralicias que se habían ido formando en los siglos anteriores, y a principios del siglo XIII aquellas escuelas se agruparon formalmente en lo que se convertiría en la Universidad de la Sorbona, una de las primeras universidades del mundo occidental y durante siglos la institución intelectual más influyente de Europa. Tomás de Aquino enseñó aquí. Roger Bacon experimentó aquí. El Barrio Latino —llamado así porque el latín era la lengua de instrucción— era entonces un barrio de estudiantes ruidosos, polemistas, pobres y apasionados por las ideas, que discutían en las tabernas sobre teología y filosofía con la misma intensidad con que hoy se discute en los cafés de Saint-Germain. Algo de ese espíritu ha sobrevivido, aunque el precio del café haya cambiado considerablemente.
El Louvre aparece en los documentos por primera vez en 1190, cuando Felipe II mandó construir una fortaleza en el extremo occidental de la ciudad para protegerla durante su ausencia en la Tercera Cruzada. Aquella primera construcción no tenía nada que ver con el museo que conocemos hoy: era un torreón militar, austero y funcional. La transformación del Louvre en palacio real empezaría dos siglos después y no terminaría nunca del todo, porque cada rey de Francia añadió algo, modificó algo, demolió algo. El resultado final es un edificio de una complejidad histórica extraordinaria, una superposición de estilos que va del medievo al Segundo Imperio pasando por el Renacimiento y el clasicismo francés, y que desde 1989 tiene en el centro de su patio una pirámide de cristal diseñada por I. M. Pei que al principio escandalizó a la mitad de París y que hoy parece haber estado siempre ahí.
La Guerra de los Cien Años y Juana de Arco
El siglo XIV trajo la Peste Negra, que mató entre un tercio y la mitad de la población de París entre 1348 y 1349, y el inicio de la Guerra de los Cien Años, el conflicto interminable entre Francia e Inglaterra por el control del trono francés que duraría, con interrupciones, de 1337 a 1453. París fue ocupada por los ingleses entre 1420 y 1436, un período de humillación que marcó profundamente la identidad nacional francesa y que produjo el personaje más extraordinario de la historia medieval de este país: Juana de Arco.
Juana era una campesina de diecisiete años de Lorena que en 1429 convenció al delfín Carlos de que Dios le había encomendado la misión de liberar Francia. Lo que ocurrió a continuación desafía cualquier explicación racional: aquella joven analfabeta asumió el mando de los ejércitos franceses, levantó el sitio de Orléans en nueve días, condujo a Carlos hasta Reims para su coronación como rey legítimo y cambió el curso de la guerra. Fue capturada por los borgoñones, vendida a los ingleses, juzgada por herejía en un proceso que era en realidad una ejecución política disfrazada de proceso eclesiástico, y quemada en la hoguera en Ruán en 1431. Tenía diecinueve años.
París la condenó; Paris la canonizó en 1920. Hay una estatua ecuestre suya en la Place des Pyramides, a pocos metros del Louvre, y cada vez que uno pasa frente a ella con la historia reciente en la cabeza hay algo en esa figura dorada que resulta difícil de ignorar.
El Renacimiento y los Valois: cuando París aprendió a ser bella
Con el fin de la Guerra de los Cien Años y la consolidación del reino bajo Carlos VII y Luis XI, Francia entró en el siglo XVI con una energía que se tradujo rápidamente en arquitectura, arte y una nueva manera de entender la vida cortesana. Los reyes Valois habían descubierto Italia durante las guerras de conquista de finales del XV, y lo que encontraron allí —el Renacimiento— los deslumbró de una manera que cambió para siempre la cultura francesa.
Francisco I fue el gran importador del Renacimiento a Francia. Trajo a Leonardo da Vinci a vivir en el castillo de Amboise, donde el genio toscano pasó sus últimos tres años y murió en 1519; se dice que Francisco I estuvo presente en su muerte. Trajo también la colección de pinturas que empezó a formar el núcleo del Louvre: la Gioconda que hoy sonríe detrás de un cristal blindado a cientos de metros de turistas llegó a Francia en el equipaje de Leonardo. El rey también encargó la remodelación del Louvre como palacio renacentista y el inicio de la construcción del castillo de Fontainebleau, y con esas decisiones estableció para sus sucesores un modelo de magnificencia real que ninguno de ellos quiso abandonar.
Mientras tanto, París crecía de manera que empezaba a hacerse ingobernable. A mediados del siglo XVI tenía ya trescientos mil habitantes, lo que la convertía en la ciudad más populosa de Europa occidental. El agua seguía siendo escasa y de mala calidad, las calles eran lodazales, los incendios eran frecuentes, y la tensión religiosa entre católicos y protestantes había llegado a un punto de ruptura que en la noche del 23 de agosto de 1572 produjo uno de los episodios más sangrientos de la historia francesa: la Matanza de San Bartolomé, en que miles de hugonotes —protestantes calvinistas— fueron asesinados en París y en otras ciudades de Francia en pocas horas. El número de muertos varía según las fuentes entre dos mil y treinta mil. La cicatriz religiosa tardó décadas en cerrarse y contribuyó directamente a las guerras de religión que devastaron Francia durante el resto del siglo.
Luis XIV y Versalles: el poder hecho paisaje
Cuando en 1643 Luis XIV heredó el trono de Francia con cuatro años de edad, nadie podía saber que aquel niño gobernaría durante setenta y dos años —el reinado más largo de cualquier monarca europeo importante— y que en ese tiempo transformaría no solo Francia sino la idea misma de lo que debía ser un estado moderno, una capital, un palacio y un jardín.
Luis XIV desconfiaba de París. La Fronda, la revuelta de la nobleza y el parlamento que estalló cuando él era niño y que lo obligó a huir del Louvre por la noche, lo había marcado con una desconfianza hacia la ciudad y sus turbulencias que nunca desapareció del todo. En 1682 trasladó la corte definitivamente a Versalles, un pabellón de caza que su padre había construido en el bosque a veinte kilómetros de París y que él transformó durante décadas en el palacio más grande y más influyente del mundo: cuatrocientas habitaciones, los jardines de Le Nôtre extendiéndose en una perspectiva que parece no tener fin, la Galería de los Espejos donde la luz se multiplica hasta el vértigo, las fuentes que funcionan con un sistema hidráulico tan complejo que todavía hoy resulta difícil de entender.
Versalles fue, antes que nada, una máquina política. Luis XIV obligó a toda la nobleza francesa a vivir en el palacio y organizó la vida cortesana en torno a rituales que convertían cada acto del rey —levantarse, comer, pasear— en un espectáculo al que asistir era un honor y del que estar excluido era una señal de caída en desgracia. Manteniendo a los nobles ocupados en esas ceremonias, los alejaba de sus territorios y de la posibilidad de organizarse políticamente contra él. Es uno de los sistemas de control social más ingeniosos de la historia, y uno de los más costosos: el mantenimiento de Versalles consumía una parte tan desproporcionada del presupuesto real que contribuyó directamente al colapso financiero que un siglo después desencadenaría la Revolución.
Versalles se visita hoy con una afluencia de turistas que en temporada alta roza lo insostenible —más de ocho millones de personas al año—, lo que hace aconsejable llegar a primera hora de la mañana o, mejor todavía, visitar el palacio en los días de funcionamiento de las grandes fuentes, cuando los jardines cobran una vida que los hace comprensibles de una manera que en seco no logran del todo.
La Ilustración: cuando París fabricó el mundo moderno
El siglo XVIII fue el siglo en que París se convirtió en la capital intelectual del mundo. En los cafés del Palais-Royal y de Saint-Germain, en los salones de las grandes damas de la nobleza ilustrada, en las buhardillas donde los escritores jóvenes y pobres redactaban artículos para ganar el jornal, se estaba elaborando un modo completamente nuevo de entender la sociedad, la política, la religión y la naturaleza humana.
Voltaire vivió en París con intermitencias, exiliado con frecuencia por sus sátiras contra el poder eclesiástico y político, y murió aquí en 1778 a los ochenta y tres años recibido como un héroe por una muchedumbre que llenó las calles. Rousseau propuso en sus libros una concepción de la sociedad basada en el contrato social y en la soberanía popular que iba a ser el fundamento teórico de la Revolución. Montesquieu analizó los sistemas de gobierno con una lucidez que todavía hoy resulta útil. Y Diderot coordinó durante veinte años la empresa más ambiciosa de la Ilustración: la Encyclopédie, un proyecto de recopilar todo el conocimiento humano en una obra que cuestionaba sistemáticamente la autoridad de la religión y el absolutismo monárquico. La publicación de los volúmenes fue un acto de rebeldía intelectual disfrazado de erudición, y el poder lo sabía: varios tomos fueron prohibidos y su distribución fue clandestina.
Ese fermento intelectual tenía su geografía específica en París. El Barrio Latino, donde los estudiantes de la Sorbona habían debatido desde el siglo XIII, siguió siendo un foco de ideas nuevas. El Palais-Royal, construido por el cardenal Richelieu y después propiedad del duque de Orléans, se convirtió en el espacio más libre de París: sus jardines y galerías albergaban cafés, librerías, teatros, prostíbulos y oradores callejeros en una mezcla que la policía no podía controlar porque el recinto era propiedad privada de la familia real. El 12 de julio de 1789, en uno de los jardines del Palais-Royal, un joven periodista llamado Camille Desmoulins subió a una mesa, sacó una pistola y arengó a la multitud. Dos días después cayó la Bastilla.
La Revolución: 1789 y el mundo que nació aquí
El 14 de julio de 1789 es la fecha más importante de la historia francesa y una de las más importantes de la historia occidental. Ese día, una multitud parisina tomó por asalto la fortaleza de la Bastilla —símbolo del absolutismo real, aunque en ese momento solo tenía siete presos— y con ese gesto inauguró una transformación política de consecuencias que todavía hoy se sienten en todos los sistemas democráticos del mundo.
Lo que siguió en los años posteriores fue un proceso de una violencia y una velocidad que dejaron a Europa sin aliento. La monarquía fue abolida, Luis XVI y María Antonieta fueron guillotinados en la Place de la Révolution —hoy Place de la Concorde—, el Terror ejecutó a miles de personas en pocos meses bajo la dirección de Robespierre, y el propio Robespierre fue a su vez guillotinado cuando el Terror se volvió contra quienes lo habían desatado. La Revolución se comía a sus hijos con una eficiencia que habría resultado cómica si no hubiera sido tan sangrienta.
De ese período convulso París recibió algunos de sus espacios más cargados de historia. El Panthéon, construido originalmente como iglesia por Luis XV y reconvertido en mausoleo de los grandes hombres de la nación por la Asamblea Constituyente, alberga los restos de Voltaire, Rousseau, Victor Hugo, Émile Zola, Marie Curie —la primera mujer en ser enterrada aquí por sus propios méritos— y una lista de figuras que es en sí misma un resumen de la cultura francesa de los últimos tres siglos. Es un lugar que en las guías turísticas aparece siempre un poco por debajo de su categoría real: vale mucho más tiempo del que la mayoría de los visitantes le dedican.
El Cimetière du Père-Lachaise, inaugurado en 1804 por decisión de Napoleón, fue el primer gran cementerio moderno de París y hoy es uno de los más visitados del mundo: Chopin, Proust, Oscar Wilde, Édith Piaf, Jim Morrison, Molière, Balzac. Pasear por sus callejuelas arboladas entre lápidas del siglo XIX es una de las experiencias más peculiares y más hermosas que ofrece la ciudad.
Napoleón: el hombre que quiso que París fuera Roma
Napoleón Bonaparte llegó al poder en el golpe del 18 Brumario de 1799, y durante los quince años siguientes gobernó Francia con una mezcla de genio militar, ambición desmedida y talento administrativo que transformó el país de maneras que todavía hoy son visibles en su código legal, en su sistema educativo y en los monumentos de París.
Napoleón quería que París fuera la Roma del siglo XIX, la capital de un imperio que abarcara toda Europa, y encargó los monumentos acordes con esa ambición. El Arco de Triunfo, comenzado en 1806 para celebrar las victorias napoleónicas y terminado en 1836, domina la Place de l’Étoile desde el extremo occidental de los Campos Elíseos con una escala que todavía hoy resulta imponente. El Arc de Triomphe du Carrousel, frente al Louvre, y la Colonne Vendôme, fundida con el bronce de los cañones capturados en Austerlitz, completan ese programa de monumentalización de la victoria.
Napoleón también transformó la administración de París, organizó el sistema de números de las calles que todavía usamos, construyó los primeros puentes de piedra que unían las dos orillas de manera permanente y empezó las obras del Canal Saint-Martin. Pero su legado más duradero quizás no es arquitectónico sino institucional: el Código Napoleónico, que codificó el derecho civil francés con una claridad y una sistematicidad que lo convirtieron en el modelo del derecho civil moderno en la mayoría de los países de Europa continental y de América Latina.
Napoleón murió en Santa Elena en 1821, exiliado por los poderes europeos que habían tardado veinte años en derrotarlo. Sus restos volvieron a París en 1840, en una ceremonia que atrajo a medio millón de personas a las calles, y descansan hoy bajo la cúpula dorada de los Invalides, en un sarcófago de pórfido rojo de Finlandia que descansa sobre un pedestal de granito verde de los Vosgos, en un escenario de una grandiosidad calculada al milímetro. Hay algo perturbador en la escala del monumento: el hombre que causó la muerte de unos tres millones de europeos descansa bajo uno de los arcos más suntuosos que ningún ser humano haya recibido jamás. La historia raramente juzga a sus grandes protagonistas con ecuanimidad.
Haussmann y la invención de París moderno
El París que conocemos hoy —los grandes bulevares, las fachadas uniformes de piedra calcárea, los cafés de terraza, los parques, la perspectiva perfecta de los Campos Elíseos— no existía antes de 1853. La ciudad que Napoleón III heredó cuando llegó al poder era, en gran parte, el mismo laberinto medieval de callejuelas estrechas y oscuras que había sido durante siglos, superpoblado, insalubre y perfectamente diseñado para levantar barricadas, como se había demostrado repetidamente en las revoluciones de 1830 y 1848.
Napoleón III encargó al prefecto Georges-Eugène Haussmann la transformación radical de la ciudad, y lo que siguió en los diecisiete años del mandato de Haussmann fue la operación de demolición y reconstrucción urbana más ambiciosa de la historia de cualquier capital europea. Se destruyeron decenas de miles de edificios, se trazaron ciento setenta kilómetros de nuevos bulevares, se plantaron seiscientos mil árboles, se construyó el sistema de alcantarillado que todavía funciona hoy, se crearon los dos grandes parques del Bois de Boulogne y el Bois de Vincennes, y se estableció la normativa de fachadas que da a los edificios parisinos esa uniformidad elegante que reconocemos al instante.
Las motivaciones de Haussmann no eran solo estéticas ni sanitarias: los bulevares anchos y rectos eran también ideales para mover tropas y artillería en caso de insurrección, y eran imposibles de bloquear con las barricadas que los revolucionarios habían levantado con tanta eficacia en 1830 y 1848. La belleza de París moderno tiene, entre sus fundamentos, una razón de orden público que su aspecto no delata.
El precio fue brutal: ciento cincuenta mil personas —las más pobres, las que vivían en los barrios que se demolieron para hacer los bulevares— fueron expulsadas hacia la periferia, creando los barrios obreros del este y norte de la ciudad que en 1871 serían el escenario de la Comuna de París, la insurrección popular más sangrienta de la historia francesa, aplastada por el ejército con una violencia que dejó entre diez y treinta mil muertos en una semana. La historia de París es inseparable de la historia de sus conflictos de clase.
La Belle Époque y la Torre Eiffel
Los últimos veinte años del siglo XIX y los primeros catorce del XX son el período que la nostalgia ha convertido en la edad de oro de París: la Belle Époque, la época de los cafés de Montmartre, del can-can en el Moulin Rouge, de Toulouse-Lautrec dibujando en las servilletas, de los impresionistas pintando la luz del Sena, de Proust iniciando su búsqueda del tiempo perdido.
La Torre Eiffel nació en ese período, como estructura temporal para la Exposición Universal de 1889, y estuvo a punto de ser demolida al terminar el evento. La torre fue objeto de un escándalo artístico formidable: trescientos escritores y artistas, entre ellos Guy de Maupassant y Alexandre Dumas hijo, firmaron un manifiesto llamándola «esa lámpara de alumbrado verdaderamente trágica» y «esa columna de hierro de pernos y tornillos». Maupassant, según la leyenda, comía regularmente en el restaurante de la primera planta precisamente porque era el único lugar de París desde el que no podía verse la torre. La salvó el hecho de que su antena resultó útil para las comunicaciones militares, y cuando el mundo se acostumbró a su silueta, dejó de parecer un insulto y empezó a parecer inevitable. Hoy es la estructura artificial más visitada del mundo.
Montmartre, que en ese período era todavía un pueblo semirrural anexionado a París en 1860, se convirtió en el corazón de la bohemia parisina: Picasso pintó aquí las Señoritas de Avignon en 1907, en un estudio del Bateau-Lavoir; Modigliani vivía y bebía en los cafés de la Place du Tertre; Erik Satie componía sus Gymnopédies en una habitación tan pequeña que tuvo que poner dos pianos en vertical para que cupieran. En la cima de la colina, la Basílica del Sacré-Cœur, construida entre 1875 y 1914 como expiación por los pecados que habían causado la derrota en la guerra contra Prusia y los horrores de la Comuna, domina París desde su cúpula blanca con una presencia que divide a los parisinos: hay quien la considera el monumento más bello de la ciudad y quien no la puede ver sin pensar en la represión sangrienta que fue su razón de ser.
Las dos guerras y la Ocupación
La Primera Guerra Mundial llegó hasta las puertas de París en septiembre de 1914 —los taxis que se requisaron para transportar soldados al frente del Marne son parte del mito— pero no llegó a entrar. La ciudad vivió cuatro años de guerra a pocas decenas de kilómetros, con los obuses alemanes cayendo ocasionalmente en sus calles, pero sin ser ocupada. Los años veinte de la posguerra —los Années Folles, los Locos Años Veinte— fueron una explosión de energía vital que tenía algo de respuesta histérica al horror reciente: Josephine Baker bailaba en el Folies Bergère, Hemingway y Scott Fitzgerald bebían en los cafés de Montparnasse, los surrealistas escandalizaban a la burguesía, y la música de jazz llegada de América transformó los clubes nocturnos del barrio latino.
En junio de 1940, todo eso terminó de golpe. Las tropas alemanas entraron en París sin resistencia —el gobierno francés había declarado la ciudad «abierta» para evitar su destrucción— y la bandera con la esvástica se izó en la Torre Eiffel. Durante cuatro años, París vivió bajo la Ocupación: el toque de queda, la escasez de alimentos, la caza de judíos que la policía francesa realizó con una eficiencia que sus colaboradores alemanes encontraban encomiable. En julio de 1942, la Rafle du Vél d’Hiv —la redada del Velódromo de Invierno— concentró a más de trece mil judíos parisinos, incluidos cuatro mil niños, en el recinto deportivo del XVI arrondissement antes de deportarlos a Auschwitz. Casi ninguno volvió. El Velódromo fue demolido en los años cincuenta; en su solar hay hoy una placa y, cerca de allí, un monumento discreto que la mayoría de los turistas pasan sin ver.
El 25 de agosto de 1944, las tropas del general De Gaulle y las fuerzas aliadas liberaron París. Hitler había dado orden al comandante militar alemán de la ciudad, el general Dietrich von Choltitz, de volar los puentes y los principales monumentos antes de retirarse. Von Choltitz desobedeció. Las razones exactas de su desobediencia han sido debatidas durante décadas, pero el resultado es que París llegó intacta al final de la guerra, lo que la convierte en una de las ciudades históricas de Europa con mayor densidad de patrimonio original conservado.
Existencialismo, Mayo del 68 y el París que se reinventa
Los años de posguerra convirtieron París, una vez más, en la capital intelectual del mundo. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir escribían y debatían en el Café de Flore de Saint-Germain-des-Prés con una regularidad que convirtió el local en lugar de peregrinación para una generación entera de intelectuales llegados de todo el mundo. El existencialismo, la corriente filosófica que Sartre articuló con una claridad que rara vez acompañó a los filósofos anteriores, ofrecía una respuesta al vacío moral que la guerra y el Holocausto habían dejado: si Dios no existe y la vida no tiene sentido prefabricado, cada persona es responsable de construir el suyo. Era una filosofía incómoda y liberadora a partes iguales, y se propagó con una velocidad que ninguna filosofía anterior había alcanzado, en parte porque Sartre la explicaba no solo en tratados académicos sino en novelas, obras de teatro y artículos de periódico.
En mayo de 1968, los estudiantes del Barrio Latino se levantaron contra el gobierno de De Gaulle en una insurrección que empezó como protesta universitaria y se convirtió en la mayor huelga general de la historia francesa, con diez millones de trabajadores paralizando el país. Las barricadas volvieron a las calles del Barrio Latino, los grafitis cubrieron las paredes con consignas que mezclaban la política con la poesía —«Sous les pavés, la plage», bajo los adoquines, la playa—, y durante unas semanas pareció que el mundo iba a cambiar de raíz. No cambió, o no de la manera que los estudiantes esperaban: De Gaulle convocó elecciones y las ganó por amplia mayoría. Pero algo sí cambió de manera irreversible en las costumbres, en las relaciones entre generaciones, en la manera en que los franceses se relacionaban con la autoridad. Mayo del 68 no fue una revolución política; fue una revolución cultural, y sus efectos se extendieron durante décadas.
El Grand Paris: Beaubourg, la Pirámide y la ciudad que sigue construyéndose
Cada presidente de la República Francesa ha sentido la obligación histórica de dejar en París un monumento que lleve su nombre en la memoria colectiva. La serie de los Grands Travaux —los grandes proyectos arquitectónicos presidenciales— produjo en las últimas décadas del siglo XX algunos de los edificios más debatidos y más influyentes de la arquitectura contemporánea mundial.
Georges Pompidou encargó el Centre Pompidou, inaugurado en 1977, un edificio que dio la vuelta a la arquitectura mostrando en el exterior todas las estructuras que normalmente se esconden —tuberías, conductos de ventilación, escaleras mecánicas— pintadas de colores según su función. El escándalo en la prensa parisina fue considerable; la influencia en la arquitectura mundial, definitiva. El Pompidou tiene una de las mejores colecciones de arte moderno del mundo, pero su mayor atracción podría ser la plaza que se extiende delante de él, siempre llena de artistas callejeros, turistas, estudiantes y parisinos que la usan como si fuera el salón de su casa.
François Mitterrand fue el más ambicioso de todos: bajo su presidencia se construyeron la Pirámide del Louvre, la Grande Arche de La Défense, la Ópera de la Bastilla, la Bibliothèque Nationale François Mitterrand y el Institut du Monde Arabe. Es un legado arquitectónico sin precedentes en la historia de ninguna democracia moderna, y refleja esa convicción francesa —única en Europa— de que el Estado tiene una responsabilidad cultural que va más allá de conservar el patrimonio y se extiende a producirlo activamente.
El París del siglo XXI sigue construyéndose: el barrio de La Défense se expande con torres de cristal, el Grand Paris Express —la mayor obra de infraestructura de transporte de Europa— está añadiendo cientos de kilómetros de metro, los barrios del este que durante siglos fueron obreros y marginales se han convertido en los más deseados y creativos de la ciudad, y el Canal Saint-Martin —que Haussmann quiso cubrir del todo y solo cubrió en parte— es hoy el eje de una vida urbana que tiene mucho más que ver con el París real que con los Campos Elíseos.
París hoy: la ciudad que nunca termina de sorprender
París recibe hoy más de treinta millones de turistas al año, lo que la convierte en la ciudad más visitada del mundo. Esa cifra tiene algo de paradoja: es tan grande que amenaza con destruir exactamente lo que atrae a la gente, con convertir el Marais en una sucesión de tiendas de lujo y la Place du Tertre en una trampa para turistas que no tiene nada que ver con el Montmartre de Picasso. Y sin embargo París tiene esa capacidad, que pocas ciudades poseen, de sobrevivir a su propio turismo: a veinte minutos a pie del Louvre hay barrios donde nadie te mira como si fueras un extraño, mercados donde se compra y se vende en francés, cafés donde el precio del café no ha sido calculado en función de tu cuenta bancaria.
El Sena, que en 2024 fue el escenario de las pruebas de natación de los Juegos Olímpicos —la primera vez que se nadaba en el río después de décadas de contaminación que lo habían hecho imposible— es quizás el símbolo más exacto de lo que París representa: un río que durante siglos fue la razón de ser de la ciudad, que en el siglo XX fue descuidado hasta convertirse en un canal muerto, y que a principios del XXI ha sido recuperado para los parisinos con una tenacidad que dice algo sobre la relación de esta ciudad con su propia historia.
París no se conformó nunca con lo que era. Siempre estuvo en el proceso de convertirse en otra cosa, generalmente más grande y más bella y más conflictiva. Eso es lo que hace que seguir su historia sea, más que un ejercicio académico, una manera de entender cómo se construye el mundo.