La historia de Londres
De colonia romana a capital del mundo: dos mil años de historia de la ciudad que siempre ha estado en el centro de todo
Hay ciudades que parecen haber existido siempre. Londres es una de ellas. No en el sentido de que sea la más antigua —Roma, Atenas o Jerusalén llevan siglos de ventaja— sino en el sentido de que resulta difícil imaginar el mundo sin ella, como si su presencia en la desembocadura del Támesis fuera una necesidad geográfica antes que una decisión humana. Y en cierto modo lo es: el punto donde el río se vuelve suficientemente estrecho para ser cruzado pero suficientemente ancho y profundo para recibir barcos del mar es uno de esos lugares que la geografía marca con una X antes de que nadie llegue a verlos. Los romanos encontraron la X, construyeron un puente, levantaron una ciudad y le dieron un nombre. Todo lo demás vino después, durante dos mil años que no han terminado todavía.
Londres no es una ciudad que se pueda entender en un fin de semana. Tampoco en un artículo. Pero se puede intentar entender por qué esta ciudad en particular —húmeda, gris, cara, ruidosa, con una cocina que sus propios habitantes han aprendido a defender con argumentos cada vez más sólidos— se convirtió en el centro del mundo durante un par de siglos y en el espejo en que el mundo moderno todavía se mira, aunque el reflejo haya cambiado considerablemente desde entonces.
Londinium: la ciudad que Roma construyó sobre el barro
En el año 43 después de Cristo, el emperador Claudio ordenó la invasión de Britania, la isla al norte de las Galias que Julio César había visitado casi un siglo antes sin terminar de conquistarla. Las legiones romanas cruzaron el Canal —entonces llamado Mare Britannicum— y avanzaron hacia el norte hasta llegar a un río ancho y marrón que los britanos llamaban Támesis. En el punto donde el río podía cruzarse con cierta comodidad —allí donde las mareas lo hacían lo suficientemente poco profundo para vadear a caballo y lo suficientemente estrecho para tender un puente de madera— los romanos construyeron el primer puente de Londres y a su lado levantaron una ciudad que llamaron Londinium.
Nadie sabe con certeza qué había en ese punto antes de que llegaran los romanos. Los arqueólogos han encontrado restos de actividad humana prerromana en la zona, pero no indicios de un asentamiento urbano significativo: los britanos de la tribu de los trinobantes tenían su capital en Camulodunum —la actual Colchester—, no en el Támesis. Londinium fue, en ese sentido, una creación romana pura, levantada desde cero sobre un terreno pantanoso que los ingenieros del Imperio drenaron, estabilizaron con pilotes de madera y convirtieron en el solar de una ciudad que en menos de un siglo se convertiría en la más importante de la provincia.
La ciudad creció con la velocidad característica de los asentamientos romanos en territorios recién conquistados: un foro, unas termas, un anfiteatro, un templo de Mitra —cuyas ruinas se pueden ver todavía hoy en el Bloomberg Space del distrito financiero, en una de las experiencias arqueológicas más extraordinarias de la ciudad moderna—, y sobre todo el puerto, que convirtió a Londinium en el nudo de distribución de todo el comercio que entraba y salía de Britania. La lana britana, los metales de las minas del norte y del oeste, los esclavos capturados en las campañas militares: todo pasaba por el Támesis y todo pagaba sus tasas en Londinium.
En el año 60 después de Cristo, algo ocurrió que casi terminó con la ciudad antes de que hubiera tenido tiempo de convertirse en lo que iba a ser. Boudica, la reina de los icenos —una tribu del este de Britania que había sido tratada con una brutalidad particular por los administradores romanos después de la muerte de su marido— se levantó al frente de una coalición de tribus britanas y marchó hacia el sur. Londinium, que todavía no tenía murallas, fue incendiada hasta los cimientos. La capa de ceniza rojiza que ese incendio dejó bajo el suelo de la City londinense todavía hoy es detectada por los arqueólogos cada vez que una obra abre el subsuelo, una línea de destrucción que separa el Londres prerromano del London que se reconstruyó después con una solidez que la primera vez no había tenido.
Los romanos aplastaron la rebelión de Boudica con eficiencia, reconstruyeron Londinium con murallas —el tramo de muralla romana que se conserva junto a la estación de Tower Hill es uno de los monumentos más ignorados y más extraordinarios de Londres, con sus ladrillos de dos mil años todavía en posición vertical— y convirtieron la ciudad en la capital administrativa de la provincia. A finales del siglo I, Londinium tenía entre treinta y cincuenta mil habitantes, era el centro comercial más activo del norte de Europa y tenía el puente más septentrional del Imperio Romano.
El fin de Roma y los siglos oscuros
En el año 410, el emperador Honorio retiró las legiones de Britania para defender las fronteras continentales del Imperio que se desmoronaba, y con esa retirada Londinium empezó un declive que la arqueología describe con una precisión que la historia escrita raramente puede igualar: los edificios públicos dejaron de mantenerse, las monedas dejaron de circular, el puerto perdió actividad, y la ciudad que había tenido cincuenta mil habitantes se fue vaciando hasta quedar en un estado de semi-abandono que los historiadores llaman, con eufemismo elegante, el sub-romano.
Lo que ocurrió exactamente en Londinium entre el siglo V y el siglo VII es uno de los debates más apasionantes de la arqueología británica, y todavía no tiene una respuesta definitiva. Lo que sí sabemos es que los anglosajones —los pueblos germánicos que fueron colonizando Britania a medida que el poder romano se retiraba— no se instalaron en el solar de la vieja ciudad romana sino a un kilómetro hacia el oeste, en un asentamiento ribereño que llamaron Lundenwic y que ocupaba aproximadamente el área de lo que hoy es el barrio de Covent Garden. La vieja Londinium romana quedó prácticamente despoblada durante siglos, usada como cantera de materiales de construcción y como campo de cultivo.
Fue el rey sajón Alfredo el Grande, en el año 886, quien devolvió a la ciudad romana su función de capital, trasladando el asentamiento de vuelta al interior de las viejas murallas romanas y reforzándolas contra las incursiones vikingas que llevaban décadas asolando la costa este de Inglaterra. Los vikingos —los mismos que habían llegado hasta Sevilla remontando el Guadalquivir— habían saqueado Londres varias veces en el siglo IX, y Alfredo entendió que las murallas romanas, aunque deterioradas, seguían siendo la mejor defensa disponible. La decisión de Alfredo de reinstalar la capital dentro de las murallas romanas es el origen directo de la City of London, el kilómetro cuadrado del distrito financiero que todavía hoy conserva sus propias instituciones de gobierno y sus propios límites históricos, herederos directos del perímetro de Londinium.
Los normandos y la Torre: cuando el poder llegó desde Francia
El 14 de octubre de 1066, en la batalla de Hastings, el duque Guillermo de Normandía derrotó al rey sajón Haroldo II y cambió la historia de Inglaterra de una manera que todavía hoy es visible en el idioma, en la arquitectura, en el sistema legal y en la manera en que los ingleses entienden la relación entre el poder y sus límites. La conquista normanda fue uno de los eventos más transformadores de la historia medieval europea, y Londres fue su escenario principal.
Guillermo, que pasó a la historia como el Conquistador, fue coronado rey de Inglaterra en la Abadía de Westminster el día de Navidad de 1066, estableciendo una tradición que se ha mantenido sin interrupción hasta hoy: todos los monarcas ingleses y británicos desde entonces han sido coronados en ese mismo edificio, en una continuidad ceremonial de casi mil años que dice algo sobre la importancia que los ingleses dan a la forma cuando el fondo cambia. La abadía que Guillermo conoció era muy diferente de la que vemos hoy —el edificio actual es principalmente del siglo XIII, construido por orden de Enrique III en estilo gótico francés—, pero la función era la misma: el lugar donde el poder se legitimaba ante Dios y ante el pueblo.
Lo primero que hizo Guillermo en Londres fue construir una fortaleza que recordara permanentemente a los londinenses quién mandaba. La Torre de Londres, cuya construcción comenzó inmediatamente después de la coronación, es el símbolo más poderoso de ese mensaje: una torre de piedra blanca de Caen —traída expresamente desde Normandía para que nadie pudiera confundirla con las construcciones locales de madera y tierra— que se elevaba sobre el extremo oriental de la ciudad con una escala que no tenía precedentes en Inglaterra. La Torre Blanca, como se llamó desde el principio al torreón central, sigue siendo el corazón del complejo que hoy visitamos, con sus casi mil años de historia acumulada en cada piedra.
La Torre de Londres fue a lo largo de los siglos muchas cosas: palacio real, armería, tesoro del reino, zoológico —los leones que los reyes recibían como regalo diplomático vivían aquí hasta el siglo XIX—, observatorio, y sobre todo, prisión. Por sus calabozos pasaron dos reinas de Inglaterra ejecutadas —Ana Bolena y Catalina Howard—, varios primeros ministros caídos en desgracia, Rudolf Hess durante la Segunda Guerra Mundial y, según la leyenda que los Beefeaters cuentan con la solemnidad justa, los cuervos cuya presencia garantiza que la monarquía no caerá mientras permanezcan en el recinto. Los cuervos siguen ahí. La monarquía también.
La ciudad medieval: comercio, peste y el nacimiento del parlamento
La Londres que creció en los siglos XII y XIII fue una ciudad de una vitalidad comercial que no tenía equivalente en Inglaterra y que competía con las grandes ciudades mercantiles del continente. El puente de Londres —el primero de piedra, construido entre 1176 y 1209 y que se mantendría en pie hasta el siglo XIX— era el único cruce del Támesis en la ciudad y concentraba en sus dos cabezas un tráfico de mercancías, personas e ideas que hacía de él el punto más animado de todo el reino. Las casas y las tiendas que se fueron construyendo sobre el propio puente —llegaron a ser más de doscientas, convirtiendo el puente en una calle más de la ciudad— dan una idea de la presión demográfica y comercial que Londres ejercía sobre cualquier espacio disponible.
La comunidad judía, que los normandos habían traído desde Francia para financiar el comercio y la administración del reino, vivía en Londres desde el siglo XI y fue objeto de la misma violencia antisemita que afectó a todas las comunidades judías europeas en los siglos XII y XIII. Las matanzas de 1190, en que comunidades judías de York y otras ciudades inglesas fueron masacradas, llegaron también a Londres con una brutalidad que el poder real condenaba en público y a veces propiciaba en privado. En 1290, el rey Eduardo I expulsó definitivamente a los judíos de Inglaterra —más de un siglo antes que los Reyes Católicos lo hicieran en España—, y no regresaron de manera significativa hasta el siglo XVII, cuando Oliver Cromwell revocó la expulsión.
El acontecimiento político más importante de la Inglaterra medieval —y uno de los más importantes de la historia política occidental— ocurrió en 1215, no en Londres sino en un prado junto al Támesis a pocos kilómetros de la ciudad: en Runnymede, el rey Juan I, conocido como Juan sin Tierra, firmó la Magna Carta, el documento que por primera vez en la historia inglesa limitaba el poder del monarca sometiéndolo a un conjunto de principios legales que ni él ni sus sucesores podían ignorar impunemente. La Magna Carta no era una constitución democrática —protegía los derechos de los barones feudales más que los de la población en general— pero estableció el principio de que el rey no estaba por encima de la ley, un principio que los siglos fueron ampliando y profundizando hasta convertirse en el fundamento del constitucionalismo moderno. Una de las cuatro copias originales que sobreviven está en la British Library de Londres, donde puede verse todavía hoy.
En 1348, la Peste Negra llegó a Inglaterra desde el continente y devastó Londres con una brutalidad que las fuentes contemporáneas describen con un horror que todavía resulta palpable. Se calcula que entre un tercio y la mitad de la población de la ciudad murió en el primer brote, y los brotes sucesivos a lo largo del siglo XIV siguieron reduciendo una población que tardó generaciones en recuperarse. El impacto demográfico de la peste tuvo consecuencias económicas y sociales que transformaron la estructura de la sociedad inglesa: la escasez de mano de obra después de los brotes más devastadores fortaleció la posición de los trabajadores frente a los señores feudales, acelerando el declive del sistema feudal y creando las condiciones para las transformaciones sociales que vendrían en los siglos siguientes.
El Parlamento de Westminster, que había ido desarrollando sus funciones y sus prerrogativas a lo largo del siglo XIII y XIV, fue el instrumento a través del cual la nobleza y después la burguesía fueron recortando el poder real con una paciencia y una sistemática que no tiene equivalente en ningún otro país europeo de la época. La tensión entre el Parlamento y la corona —que en el siglo XVII desembocaría en una guerra civil y en la ejecución de un rey— fue el motor político de la historia inglesa durante siglos, y Londres fue siempre su escenario principal.
Los Tudor: Enrique VIII, Ana Bolena y la Reforma que cambió Inglaterra
El siglo XVI fue para Londres el período de una transformación religiosa, política y cultural de consecuencias que todavía hoy son visibles en la manera en que Inglaterra entiende su propia identidad. Y en el centro de esa transformación estuvo un hombre cuya vida personal tuvo consecuencias históricas desproporcionadas incluso para los estándares de los monarcas absolutos: Enrique VIII.
Cuando Enrique VIII quiso anular su matrimonio con Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena, y el papa Clemente VII se negó a concederle la anulación, el rey tomó una decisión que cambió la historia religiosa de Inglaterra de manera irreversible: se declaró a sí mismo cabeza de la Iglesia de Inglaterra, rompió con Roma y disolvió los monasterios, que eran las instituciones religiosas más ricas del reino. La Reforma inglesa no fue, como la de Lutero, un movimiento teológico que cuestionara los fundamentos doctrinales del catolicismo: fue ante todo una decisión política motivada por las necesidades matrimoniales y económicas de un rey, y ese origen pragmático marcó el carácter del anglicanismo para siempre —una Iglesia que comparte mucho con el catolicismo en forma pero que rechaza la autoridad papal con una firmeza que ningún argumento teológico ha conseguido ablandar en cinco siglos.
Las consecuencias para Londres fueron inmediatas y físicamente visibles: los grandes monasterios que habían definido el paisaje urbano medieval —el de Westminster, el de Bermondsey, el de Blackfriars— fueron disueltos, sus tierras confiscadas por la corona y sus edificios demolidos o reconvertidos. La riqueza que esa disolución generó fue reinvertida en parte en el aparato del Estado y en parte en la aristocracia que apoyó la reforma, creando una clase de nuevos ricos cuya lealtad al nuevo orden religioso estaba íntimamente ligada a su interés económico en que ese orden se mantuviera.
Ana Bolena, que había sido la causa más inmediata de la ruptura con Roma, fue acusada de adulterio y traición —los historiadores modernos están de acuerdo en que las acusaciones eran en buena parte fabricadas— y ejecutada en la Torre de Londres en 1536. Su hija, sin embargo, sobrevivió para convertirse en la monarca que más completamente definió la identidad inglesa moderna: Isabel I, que gobernó de 1558 a 1603, convirtió la corte de Londres en el centro cultural más brillante de Europa septentrional y presidió la derrota de la Armada Invencible española en 1588 con una serenidad que sus súbditos interpretaron como señal divina y que la historia ha convertido en el símbolo más poderoso de la identidad inglesa frente al exterior.
El Londres de Isabel I era ya una ciudad de más de doscientos mil habitantes, la más grande de Europa septentrional, con una vida cultural de una intensidad que tenía en el teatro su expresión más democrática y más duradera. Los teatros isabelinos —el Globe, el Rose, el Curtain— se levantaron en la orilla sur del Támesis, fuera de la jurisdicción de la City, y en sus tablados actuaron los textos que un guante de un pueblo de Warwickshire llamado William Shakespeare escribía a un ritmo que sus contemporáneos encontraban asombroso y que la historia ha juzgado como el corpus literario más influyente de la lengua inglesa. El Globe Theatre reconstruido en Bankside —a pocos metros del lugar donde estuvo el original— ofrece hoy la experiencia más cercana a lo que fue el teatro isabelino: representaciones al aire libre, con el público de pie alrededor del escenario, bajo un cielo que en Londres puede cambiar de despejado a lluvioso en el tiempo que dura un monólogo de Hamlet.
El Gran Incendio y la ciudad que Wren reconstruyó
En la madrugada del 2 de septiembre de 1666, un incendio comenzó en una panadería de Pudding Lane, en el corazón de la City, y en cuatro días destruyó trece mil doscientas casas, ochenta y siete iglesias y la catedral de San Pablo, arrasando cuatro quintas partes de la ciudad medieval que había sobrevivido casi intacta desde la Edad Media. El Gran Incendio de Londres fue la mayor catástrofe urbana de la historia inglesa, y también, paradójicamente, la mayor oportunidad de renovación urbana que la ciudad tuvo hasta los bombardeos del siglo XX.
El rey Carlos II encargó la reconstrucción de la ciudad al arquitecto Christopher Wren, y lo que Wren construyó en los años siguientes cambió para siempre la silueta de Londres. La nueva Catedral de San Pablo, consagrada en 1708, es su obra maestra: una cúpula que domina el skyline de la City con la misma autoridad con que la cúpula de San Pedro domina Roma, aunque con una austeridad inglesa que sustituye el exceso barroco por una elegancia clásica de proporciones perfectas. Wren diseñó también cincuenta y una iglesias para reemplazar las que el incendio había destruido, y aunque muchas fueron demolidas en el siglo XIX o destruidas en la Segunda Guerra Mundial, las que quedan —San Brídget, San Clemente Danes, San Esteban Walbrook— forman un conjunto de arquitectura religiosa del siglo XVII que no tiene equivalente en ninguna otra ciudad europea.
La reconstrucción de Londres después del Gran Incendio fue también la ocasión de un debate urbanístico que prefigura los debates modernos sobre la ciudad: varios arquitectos, incluyendo el propio Wren, presentaron planes para una ciudad completamente nueva, con calles anchas y regulares que reemplazaran el laberinto medieval. El plan de Wren habría dado a Londres una regularidad similar a la de París o Roma. No se llevó a efecto porque los propietarios del suelo quemado exigieron que sus parcelas se respetaran, y la nueva ciudad se construyó siguiendo aproximadamente el mismo trazado irregular de la antigua. Londres sería siempre una ciudad orgánica antes que planificada, crecida desde dentro más que impuesta desde arriba, y esa decisión —o esa falta de decisión— definió su carácter urbano para los siglos siguientes.
La Revolución Industrial y el Imperio: cuando Londres gobernó el mundo
El siglo XVIII y el XIX fueron los siglos en que Londres se convirtió en algo que ninguna ciudad había sido antes: la capital del mayor imperio de la historia, el centro financiero y comercial del mundo, la ciudad más grande del planeta. En 1800 tenía un millón de habitantes; en 1900 tenía seis millones. Ese crecimiento sin precedentes transformó la ciudad de maneras que sus propios habitantes apenas podían comprender mientras estaban ocurriendo.
La Revolución Industrial, que en sus primeras fases tuvo su epicentro en las ciudades del norte de Inglaterra —Manchester, Birmingham, Leeds—, llegó a Londres a través del comercio y las finanzas: la City se convirtió en el banco del mundo, financiando ferrocarriles en la India, minas en Sudáfrica y plantaciones en el Caribe con una eficiencia que sus competidores holandeses y franceses admiraban y envidiaban. El Banco de Inglaterra, fundado en 1694, y la Bolsa de Londres, que operaba informalmente en los cafés de la City desde el siglo XVII, eran las instituciones que hacían funcionar esa maquinaria financiera con una sofisticación que no tenía equivalente en ningún otro lugar del mundo.
El Imperio Británico —que en su momento de máxima extensión, a principios del siglo XX, abarcaba la cuarta parte de la superficie terrestre y gobernaba a la quinta parte de la población mundial— tenía en Londres su corazón administrativo, su centro simbólico y su vitrina más elaborada. Las grandes instituciones que hoy definen la imagen de la ciudad —el British Museum, fundado en 1753 y ampliado a lo largo del siglo XIX con los productos del saqueo imperial; el Victoria and Albert Museum; los Royal Parks; el Palacio de Buckingham en su forma actual— fueron en buena parte construidas o transformadas durante el siglo victoriano como declaraciones de poder y civilización que el Imperio necesitaba para justificarse ante el mundo y ante sí mismo.
Victoria, que reinó de 1837 a 1901 —el reinado más largo de la historia británica hasta que su bisnieta la superó en 2015— dio nombre a una era y a un estilo de vida que sus contemporáneos asociaban con el progreso, la moralidad y la grandeza imperial, y que la historia posterior ha ido matizando con la complejidad que cualquier período de dominación colonial merece. El Londres victoriano era al mismo tiempo la ciudad más avanzada y más moderna del mundo y una ciudad donde la miseria de los barrios obreros del East End alcanzaba proporciones que ningún sistema de valores podía justificar. Charles Dickens, que vivió y escribió en Londres durante el período victoriano con una productividad y una conciencia social que raramente se combinan con la misma intensidad, retrató esa contradicción en novelas que siguen siendo la descripción más viva del Londres del siglo XIX: Oliver Twist, David Copperfield, Bleak House, Our Mutual Friend. Los barrios que Dickens describió han cambiado irreconociblemente, pero la tensión entre riqueza y pobreza que él retrató sigue siendo una de las realidades más persistentes de la ciudad.
El Metro de Londres —la primera línea de ferrocarril subterráneo del mundo, inaugurada en 1863— fue tanto una respuesta al caos del tráfico superficial como una declaración de fe en la tecnología como solución a los problemas urbanos. El Underground, como los londinenses lo llaman, tiene hoy once líneas y doscientas setenta y dos estaciones, y su mapa —diseñado en 1931 por Harry Beck con una abstracción geométrica que sacrificó la exactitud geográfica en favor de la claridad visual— es uno de los objetos de diseño más influyentes del siglo XX, copiado por los sistemas de metro de todo el mundo. Viajar en el Tube —ese nombre familiar que nadie sabe exactamente de dónde viene pero que todo el mundo usa— es todavía hoy una experiencia que dice más sobre el carácter londinense que cualquier guía turística: la estoicidad ante la incomodidad, la impermeabilidad al contacto visual con los extraños, la capacidad de leer un periódico en un vagón atestado con la concentración de quien está solo en una biblioteca.
Jack el Destripador y el lado oscuro del Imperio
En el otoño de 1888, una serie de asesinatos en el barrio de Whitechapel, en el East End londinense, paralizó a la ciudad con un terror que tenía tanto de fascinación como de horror. Jack el Destripador —el nombre que los periódicos le dieron al asesino nunca identificado que mató y mutiló a al menos cinco mujeres en pocas semanas— se convirtió en el primer asesino en serie mediático de la historia, en el sentido de que su historia fue construida tanto por los periódicos como por los crímenes mismos.
Los asesinatos de Whitechapel son importantes para la historia de Londres no solo como crónica criminal sino como síntoma: el East End de 1888 era el barrio más pobre y más densamente poblado de la ciudad más rica del mundo, habitado por inmigrantes judíos llegados del este de Europa, por trabajadores descualificados que malvivían en los doss houses —pensiones de miseria donde se dormía sentado en una cuerda por unos peniques— y por mujeres que se prostituían porque no tenían otra manera de pagar el alojamiento. Que los asesinatos ocurrieran aquí, en este contexto, no fue una coincidencia: fue el escenario exacto que el Imperio Victoriano había construido para sus peores pesadillas.
Whitechapel es hoy un barrio completamente diferente —con comunidades bangladesí que han sustituido a las comunidades judías del siglo XIX, con el mercado de Brick Lane que ha pasado de ser judío a bangladesí a hipster en el espacio de tres generaciones— pero la fascinación por Jack el Destripador ha creado una industria turística de walking tours nocturnos que mezclan la historia social del East End victoriano con el morbo de los crímenes sin resolver. Es una de las formas más populares y más discutibles de turismo histórico londinense, y dice algo sobre la relación complicada que la ciudad mantiene con sus propias sombras.
La Primera Guerra Mundial: el Imperio que empezó a agrietarse
El 4 de agosto de 1914, Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania, y Londres vivió esa declaración con una mezcla de entusiasmo y aprensión que las fotografías de las multitudes reunidas frente al Palacio de Buckingham capturan pero no terminan de explicar. El entusiasmo era real: una generación que no había conocido una guerra importante creía que sería breve, gloriosa y definitiva. La aprensión también era real: los que habían prestado atención sabían que las nuevas armas —las ametralladoras, la artillería pesada, los gases— hacían de la guerra moderna algo completamente diferente de las guerras del pasado.
Lo que siguió fue cuatro años de una carnicería que cambió para siempre la manera en que Gran Bretaña se entendía a sí misma. La generación que había crecido bajo el esplendor victoriano y eduardiano fue diezmada en las trincheras del Frente Occidental, y la confianza en el progreso, en el Imperio y en la superioridad de la civilización occidental que había definido el siglo XIX nunca se recuperó del todo.
Londres sufrió los primeros bombardeos aéreos de su historia durante la Primera Guerra Mundial: los zepelines alemanes llegaron sobre la ciudad en 1915 y 1916, causando daños limitados pero un impacto psicológico considerable. Por primera vez en su historia, Londres era vulnerable desde el aire, y esa vulnerabilidad —que la Segunda Guerra Mundial confirmaría de manera devastadora— cambió la manera en que los londinenses pensaban sobre la seguridad de su ciudad.
El Cenotafio de Whitehall, el monumento a los caídos en la guerra diseñado por Edwin Lutyens e inaugurado en 1920, es el memorial más importante de Gran Bretaña y el centro de las ceremonias anuales del Día del Recuerdo, el segundo domingo de noviembre, cuando el país entero guarda dos minutos de silencio a las once de la mañana. Que esa tradición se mantenga con la misma intensidad un siglo después dice algo sobre la profundidad con que la Primera Guerra Mundial marcó la identidad colectiva británica.
El Blitz: Londres bajo las bombas
El 7 de septiembre de 1940, la Luftwaffe alemana inició el bombardeo sistemático de Londres que pasó a la historia como el Blitz. Durante cincuenta y siete noches consecutivas, y después de manera intermitente hasta mayo de 1941, los bombarderos alemanes dejaron caer sobre la ciudad más de cuarenta y tres mil toneladas de explosivos, matando a más de treinta mil civiles londinenses y destruyendo o dañando gravemente más de un millón de edificios.
El Blitz es el episodio más importante de la historia moderna de Londres y el que más completamente define el carácter que los londinenses —y los británicos en general— tienen de sí mismos. La imagen de la cúpula de San Pablo rodeada de humo y llamas, intacta en medio de la destrucción —una fotografía tomada por el periodista Herbert Mason el 29 de diciembre de 1940, publicada en los periódicos del día siguiente como símbolo de resistencia— se convirtió en el icono más poderoso de la Segunda Guerra Mundial británica y en la imagen que más ha contribuido a construir el mito del Blitz Spirit: la solidaridad, el estoicismo y el humor frente a la adversidad que los británicos consideran su rasgo nacional más distintivo.
Winston Churchill, que había asumido el cargo de primer ministro en mayo de 1940, entendió desde el principio que la guerra era también una batalla de narrativas, y que la narrativa del pueblo que resiste sin rendirse era la más poderosa que Gran Bretaña podía ofrecer al mundo. Sus discursos radiofónicos durante el Blitz —pronunciados con esa voz de bulldogfrancés que mezclaba la determinación con la ironía con la elegancia— son todavía hoy los discursos políticos más citados de la historia reciente en lengua inglesa. «Lucharemos en las playas, lucharemos en los campos de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos»: no es retórica vacía sino una promesa que la ciudad cumplió noche tras noche bajo las bombas.
Los Churchill War Rooms, el complejo de búnkeres subterráneos bajo Whitehall desde donde Churchill y su gabinete dirigieron la guerra, son hoy uno de los museos más visitados de Londres y una de las experiencias más intensas que la ciudad ofrece: los mapas todavía en las paredes, los teléfonos todavía en las mesas, el catre de Churchill en el cuarto donde dormía cuando las bombas caían demasiado cerca. Es uno de esos lugares donde la historia no necesita ser recreada porque nunca fue desmontada del todo.
El Museo Imperial de la Guerra, en Lambeth, ofrece la visión más completa y más honesta de la participación de Gran Bretaña en las dos guerras mundiales, incluyendo el Holocausto y las campañas coloniales que el relato del heroísmo bélico tiende a dejar en la sombra. Es un museo que no tiene miedo de las preguntas incómodas, lo que en un país que ha basado buena parte de su identidad moderna en la memoria de la Segunda Guerra Mundial es un logro que no debe darse por sentado.
La posguerra: austeridad, inmigración y el nacimiento del Londres moderno
El Londres que emergió de la Segunda Guerra Mundial era una ciudad física y psicológicamente agotada. Los barrios del East End y del South London que los bombardeos habían devastado tardaron décadas en ser reconstruidos, y la reconstrucción cuando llegó fue frecuentemente la de los bloques de vivienda pública de hormigón que el urbanismo de los años cincuenta y sesenta consideraba la solución moderna a la escasez de vivienda y que la experiencia de vivir en ellos fue convirtiendo en el símbolo de todo lo que el bienestar social había prometido y no había cumplido.
Lo que sí cumplió, en cambio, fue el Estado del Bienestar que el gobierno laborista de Clement Attlee construyó entre 1945 y 1951: el Servicio Nacional de Salud, la educación pública universal, las pensiones y los seguros de desempleo que convirtieron la ciudadanía en algo que tenía consecuencias materiales reales. El NHS —como todo el mundo llama al sistema sanitario público— es todavía hoy la institución que los británicos consideran más definitoria de su identidad colectiva, más que la monarquía, más que el Parlamento, más incluso que el fútbol: la apertura de los Juegos Olímpicos de Londres en 2012 dedicó una parte significativa de su espectáculo a celebrar el NHS, lo que en cualquier otro país del mundo habría resultado excéntrico y en Gran Bretaña resultó perfectamente natural.
La transformación demográfica más profunda de la posguerra llegó desde las antiguas colonias. El Empire Windrush, el barco que en junio de 1948 trajo desde Jamaica a Londres los primeros quinientos inmigrantes caribeños invitados a trabajar en la reconstrucción del país, dio nombre a una generación —la Generación Windrush— cuya historia de llegada, contribución y discriminación es uno de los capítulos más complejos y más debatidos de la historia británica reciente. Los inmigrantes del Caribe y del subcontinente indio que llegaron en las décadas de los cincuenta y los sesenta encontraron trabajo pero también discriminación sistemática, racismo cotidiano y una bienvenida que estaba muy lejos de ser la que el Imperio había prometido implícitamente a sus súbditos. Los disturbios de Notting Hill de 1958, en que bandas de jóvenes blancos atacaron durante varios días a los residentes caribeños del barrio, fueron el episodio más violento de esa tensión racial, y la respuesta de la comunidad caribeña fue crear el Carnaval de Notting Hill el año siguiente, que desde entonces es el mayor festival de calle de Europa y una de las experiencias más genuinamente londinenses que la ciudad ofrece.
Los años sesenta: cuando Londres se convirtió en el centro del mundo
En la segunda mitad de los años sesenta, algo ocurrió en Londres que los periodistas llamaron Swinging London y que en realidad fue más complejo y más duradero que cualquier etiqueta: una explosión de creatividad cultural que convirtió a la ciudad en el lugar más emocionante del mundo durante unos años extraordinarios.
La música —los Beatles, los Rolling Stones, los Kinks, David Bowie antes de ser Bowie— se fabricaba en estudios de grabación de la capital y se distribuía al mundo desde aquí. La moda —Mary Quant, Carnaby Street, King’s Road— redefinió lo que la ropa podía significar para una generación que rechazaba los códigos de sus padres con una energía que tenía algo de revolucionario aunque no fuera política en el sentido convencional. El diseño gráfico, el cine, la fotografía: todo eclosionó al mismo tiempo en una ciudad que llevaba décadas de austeridad y que de repente tenía dinero, energía y la disposición a gastarlos en algo diferente de lo que sus padres habrían aprobado.
El Carnaby Street y el King’s Road de esos años son hoy calles comerciales que venden recuerdos de sí mismas, lo que tiene algo de inevitable y algo de melancólico. Pero los estudios de grabación de Abbey Road —donde los Beatles grabaron la mayoría de su obra y cuya fachada y el paso de cebra de su portada más famosa son hoy lugares de peregrinación mundial— siguen funcionando como estudios activos, lo que les da una continuidad que ningún museo puede imitar.
El IRA, la Thatcher y los años de plomo
Los años setenta y ochenta fueron para Londres un período de una tensión que la imagen de Swinging London tendía a hacer olvidar. La crisis económica de los setenta —la inflación, las huelgas, los cortes de electricidad, las bolsas de basura acumuladas en las calles durante la huelga de basureros del invierno de 1978— golpeó a una ciudad que había creído en el progreso indefinido con la descortesía de los hechos que no encajan en ningún relato optimista.
El IRA —el Ejército Republicano Irlandés— llevó su campaña de atentados al continente británico con una regularidad que durante veinte años convirtió las papeleras de las estaciones de metro y los contenedores de los grandes almacenes en objetos de ansiedad: habían sido retirados o soldados para evitar que se usaran como escondrijo de explosivos. Los atentados en Hyde Park y Regent’s Park en 1982, que mataron a soldados y caballos durante un cambio de guardia y un concierto de la banda del Regimiento de los Irlandeses; el atentado en Canary Wharf en 1996; la bomba en Omagh en 1998: la lista es larga y la cicatriz que dejó en la psicología de la ciudad también.
Margaret Thatcher, que gobernó Gran Bretaña de 1979 a 1990, transformó la economía y la sociedad británica de maneras que todavía hoy dividen a los británicos con una intensidad que pocas figuras políticas modernas consiguen. La desregulación financiera del Big Bang de 1986 —que abrió la City a los mercados globales y convirtió a Londres en la capital financiera más importante del mundo junto con Nueva York— y la privatización de las industrias públicas y la destrucción del poder sindical fueron los dos ejes de una transformación que enriqueció a unos y empobreció a otros con una distribución que los que estaban en el lado equivocado encontraron difícil de aceptar.
Los disturbios de Brixton de 1981 y de Toxteth de Liverpool del mismo año fueron la respuesta más visible de las comunidades que se sentían excluidas de la prosperidad que el gobierno prometía: jóvenes negros de los barrios más desfavorecidos de las grandes ciudades que llevaban años acumulando el resentimiento de la discriminación policial, el paro estructural y la sensación de ser ciudadanos de segunda clase en el país en que habían nacido. Los disturbios no cambiaron la política del gobierno pero sí cambiaron la manera en que las ciudades británicas entendían la relación entre la policía y las comunidades minoritarias, y pusieron en la agenda política debates sobre racismo institucional que tardarían décadas en ser abordados con la seriedad que merecían.
El Londres del siglo XXI: olimpiadas, Brexit y la ciudad que sigue siendo ella misma
El 11 de septiembre de 2001 cambió el mundo, y Londres lo sintió de cerca: la ciudad tiene la comunidad musulmana más grande de Gran Bretaña, una relación histórica con el Oriente Medio que viene del Imperio, y una posición en el mundo anglosajón que la hacía inevitablemente parte de cualquier conflicto que afectara a ese mundo. Cuatro años después, el 7 de julio de 2005 —el 7/7— cuatro jóvenes británicos de origen paquistaní se hicieron estallar en tres vagones del metro y en un autobús de dos pisos en el centro de Londres, matando a cincuenta y dos personas. El atentado llegó el día después de que Londres ganara la sede de los Juegos Olímpicos de 2012, en una coincidencia que nadie habría podido inventar y que condensaba en dos días toda la complejidad de lo que Londres era en el siglo XXI: una ciudad abierta y cosmopolita que generaba tanto orgullo como resentimiento, tanto entusiasmo como rabia.
Los Juegos Olímpicos de Londres 2012 fueron, como los de Barcelona en 1992, una ocasión para mostrar al mundo una ciudad que quería definir quién era en ese momento. La ceremonia de inauguración —diseñada por el director de cine Danny Boyle con una mezcla de historia industrial, NHS, cultura pop y humor que resultó simultáneamente caótica y perfecta— fue la declaración de identidad más compleja y más honesta que ninguna sede olímpica había producido: una ciudad que no se avergüenza de sus contradicciones sino que las celebra, que no tiene un relato único sobre sí misma sino muchos relatos simultáneos e incompatibles.
El Brexit —el referéndum de 2016 en que el 52% de los votantes británicos eligieron abandonar la Unión Europea— fue para Londres un resultado especialmente desconcertante, porque la ciudad había votado mayoritariamente por quedarse: el 60% de los londinenses votaron Remain, en un resultado que confirmaba lo que cualquier observador podía intuir caminando por sus calles: Londres es una ciudad europea y global de una manera que buena parte del resto de Inglaterra no lo es. Las consecuencias del Brexit para Londres —la pérdida de trabajadores europeos en la hostelería, la sanidad y la construcción, el traslado de algunas instituciones financieras a Fráncfort y Ámsterdam, la complicación de los viajes— todavía están desarrollándose y es demasiado pronto para evaluarlas con la perspectiva que la historia requiere.
Londres hoy: la ciudad que contiene multitudes
Londres tiene hoy casi nueve millones de habitantes dentro del área del Gran Londres, y más de catorce millones en el área metropolitana extendida, lo que la convierte en la ciudad más poblada de Europa occidental. Más de trescientas lenguas se hablan en sus calles —el número exacto varía según quién lo cuenta y cómo, pero el orden de magnitud es consistente—, y más de un tercio de su población nació fuera del Reino Unido. Es la ciudad más diversa de Europa y, según algunos indicadores, la más desigual: los barrios del oeste —Chelsea, Kensington, Mayfair— tienen niveles de riqueza que compiten con cualquier lugar del mundo, mientras que los del este y el sur tienen tasas de pobreza que resultan difíciles de reconciliar con la imagen de capital global que la ciudad proyecta.
El East End que Dickens retrató como el corazón de la miseria victoriana y que Jack el Destripador convirtió en escenario del crimen gótico es hoy el barrio más caro y más codiciado de la ciudad, o al menos parte de él lo es: Shoreditch, Hoxton, Dalston han seguido el mismo ciclo de gentrificación que convierte los barrios pobres en bohemios, los bohemios en de moda y los de moda en inasequibles para quienes los hicieron interesantes en primer lugar. Es el ciclo que todas las ciudades globales conocen y que ninguna ha conseguido interrumpir todavía.
El Támesis, que fue el origen de todo, sigue siendo el eje en torno al cual la ciudad se organiza y se entiende. El paseo de la South Bank —desde el Tate Modern, instalado en una antigua central eléctrica de Bankside, hasta el London Eye y el Southbank Centre— es el espacio público más utilizado de Londres, la orilla sur que durante siglos fue el margen de la ciudad respetable y que hoy es su paseo más democrático: lleno de turistas y de londinenses de todos los barrios, de skaters bajo el puente de Waterloo, de vendedores de libros de segunda mano bajo el puente de Hungerford, de artistas callejeros y de gente que simplemente camina junto al río con la satisfacción de estar en el lugar exacto donde deben estar.
La Torre de Londres sigue en pie en el extremo oriental de la City, con sus cuervos y sus Beefeaters y sus joyas de la Corona que cada año atraen a millones de visitantes de todo el mundo. El Parlamento de Westminster sigue funcionando en el edificio neogótico del siglo XIX que reemplazó al que ardió en 1834, con sus debates y sus ceremonias y su incapacidad estructural de reformarse que sus propios miembros deploran y perpetúan con igual dedicación. La Abadía de Westminster sigue coronando reyes con la misma liturgia que coronó a Guillermo el Conquistador en 1066, aunque los reyes sean diferentes y el mundo que gobiernan sea irreconocible.
Y en algún punto bajo la City, bajo los rascacielos de cristal del distrito financiero, bajo los restaurantes de sushi y los cafés de specialty coffee, está la capa de ceniza rojiza que el incendio de Boudica dejó en el año 60. La ciudad que los romanos construyeron sobre el barro del Támesis sigue ahí, debajo de todo, esperando que alguien excave lo suficiente para encontrarla.