La historia de Lisboa
De los fenicios a la Revolución de los Claveles: dos mil ochocientos años de historia de la ciudad que abrió el mundo
Hay ciudades que tienen historia y ciudades que la fabrican. Lisboa pertenece a la segunda categoría con una consistencia que pocas capitales europeas pueden igualar. En poco más de dos kilómetros cuadrados de colinas sobre el Tajo conviven los restos de una ciudad fenicia, una fortaleza árabe, los monasterios que los portugueses construyeron con el oro y las especias que llegaban de las Indias, y los bulevares rectilineos que el marqués de Pombal trazó sobre las ruinas del peor terremoto que Europa ha sufrido en tiempos históricos. Lisboa no es una ciudad que haya tenido una historia: ha tenido varias, completamente distintas entre sí, y la última todavía no ha terminado.
Lo que distingue a Lisboa de otras ciudades con historias igualmente densas es la escala humana con que todo eso convive. París o Londres son demasiado grandes para que su historia se pueda sentir físicamente en un paseo. Lisboa cabe en un día de caminata, y ese día puede llevar al visitante del foro romano que duerme bajo la Baixa a los azulejos del siglo XVIII que cubren las fachadas de Alfama, del monasterio manuelino de los Jerónimos —construido con el dinero de las especias que Vasco da Gama trajo de la India— al Castillo de San Jorge que los árabes levantaron sobre la colina más alta de la ciudad y que los cruzados ayudaron a conquistar en 1147. Todo eso en la misma ciudad, bajo el mismo cielo de luz atlántica que los lisboetas llaman con una palabra que no tiene traducción exacta: saudade.
Los fenicios y el Tajo: cuando todo empezó en un estuario
La historia de Lisboa comienza, como tantas otras historias del Mediterráneo occidental, con los fenicios. En el siglo IX antes de Cristo, los comerciantes fenicios llegados del Mediterráneo oriental encontraron en la desembocadura del Tajo exactamente lo que estaban buscando: un estuario ancho y profundo —el llamado Mar de la Paja, que en días de calma parece efectivamente un espejo de agua dorada— con una colina dominante donde construir su factoría y un río que penetraba cientos de kilómetros hacia el interior de la Península, abriendo rutas hacia las minas de cobre, estaño y oro que los pueblos del interior explotaban desde hacía generaciones.
Los fenicios llamaron a su asentamiento Alis Ubbo —que en su lengua significaba algo parecido a puerto encantador o bahía placentera— y lo convirtieron en uno de los nodos de la red comercial que conectaba el extremo occidental del Mediterráneo con los mercados de Oriente. La leyenda posterior —que los romanos recogieron con la credulidad que aplicaban a las etimologías que les convenían— atribuía la fundación de la ciudad a Ulises, el héroe griego de la Odisea, que habría establecido aquí su asentamiento durante su largo viaje de vuelta a Ítaca.
De ahí, según esa leyenda, el nombre de Olissipo con que los romanos la conocerían después. Los historiadores modernos descartan la conexión con Ulises como etimología popular sin base real, pero la persistencia del mito dice algo sobre la manera en que Lisboa ha preferido siempre entenderse a sí misma: como un lugar de llegadas y partidas, de viajeros que se detienen y no siempre continúan.
Griegos y cartagineses pasaron también por aquí antes de que Roma tomara el control definitivo. La posición estratégica del estuario del Tajo era demasiado valiosa para que ninguna potencia mediterránea la ignorara, y los siglos anteriores a la conquista romana fueron de una actividad comercial intensa que dejó en el subsuelo de la ciudad capas arqueológicas que las excavaciones del siglo XX han ido revelando con paciencia.
Olisipo romana: la capital de la Lusitania
En el año 205 antes de Cristo, después de derrotar a los cartagineses en la Segunda Guerra Púnica, los romanos tomaron el control de la Península Ibérica con la sistemática eficiencia que caracterizaba sus campañas de conquista. Olisipo —el nombre latino de la ciudad fenicia— pasó a formar parte del sistema romano con una rapidez que sugiere que la transición fue más negociada que impuesta: la ciudad era demasiado útil como puerto para que destruirla tuviera ningún sentido.
Julio César visitó Olisipo en el año 60 antes de Cristo y le concedió el título de Municipium Civium Romanorum —municipio de ciudadanos romanos—, lo que la dotaba de derechos y privilegios que pocas ciudades provinciales disfrutaban. Bajo el nombre de Felicitas Julia —la ciudad de la felicidad de Julio—, Olisipo creció hasta convertirse en la capital de la provincia de Lusitania, con el foro, las termas, el teatro —cuyos restos se conservan bajo la Baixa— y el puerto que hacía del Tajo la arteria de un comercio que conectaba el interior de la Península con el Mediterráneo y con el océano.
El foro romano de Olisipo, cuyas ruinas se pueden visitar en el Museu de Lisboa bajo la Praça da Figueira, es el testimonio más elocuente de esa prosperidad romana: columnas de mármol, pavimentos de mosaico, los cimientos de los edificios públicos que organizaban la vida de una ciudad de decenas de miles de habitantes. Que esas ruinas estén a varios metros bajo el nivel de la calle actual dice todo sobre la continuidad de ocupación de este suelo: dos mil años de ciudad construida sobre ciudad, sin que nunca nadie se marchara del todo.
Visigodos, suevos y el largo silencio medieval
Con la caída del Imperio Romano de Occidente en el siglo V, Lisboa vivió la misma sucesión de dominaciones que el resto de la Península, aunque con menos intensidad que ciudades más centrales como Toledo o Córdoba. Los alanos y los vándalos pasaron primero, los suevos se instalaron después, y finalmente los visigodos tomaron el control de la ciudad que llamaron Ulishbuna y que incorporaron a su reino hispano-visigodo con sede en Toledo.
El período visigodo en Lisboa fue de una oscuridad relativa: la ciudad siguió funcionando como puerto y como sede episcopal —el obispado de Lisboa data de este período— pero perdió el dinamismo económico y cultural que la había caracterizado bajo el Imperio. Lo que sí dejó ese período fue la semilla de una comunidad cristiana que sobreviviría siglos de dominación islámica como minoría mozárabe, conservando su fe y sus ritos con una tenacidad que la historia de la Península repite una y otra vez como patrón.
Al-Ushbuna: la ciudad que los árabes llamaron el puerto encantador
En el año 711, el ejército islámico cruzó el estrecho de Gibraltar y en menos de una década barrió la resistencia visigoda de la Península. Lisboa cayó en 712 o 713 bajo el mando del general bereber Tariq ibn Ziyad, y los árabes la rebautizaron Al-Ushbuna —recuperando, aunque sin saberlo, el espíritu del nombre fenicio original: el puerto encantador—.
Durante casi cuatro siglos y medio, Lisboa fue una ciudad del mundo islámico, y ese período dejó en su tejido urbano huellas que el tiempo y la Reconquista no borraron del todo. El Castillo de San Jorge —que en su forma actual es una reconstrucción medieval cristiana— se levantó sobre la alcazaba árabe que los emires construyeron en la colina más alta de la ciudad para vigilar el estuario y organizar la defensa. El barrio de Alfama —cuyo nombre viene del árabe al-hamma, las fuentes termales— conserva todavía hoy una trama de callejuelas estrechas que sube y baja por la ladera del castillo con esa lógica orgánica de las medinas islámicas que ningún urbanismo posterior ha conseguido regularizar del todo. Cuando los turistas se pierden por Alfama y encuentran placentero ese perderse, están experimentando exactamente lo que los habitantes medievales experimentaban en la medina árabe de Al-Ushbuna.
La ciudad islámica prosperó como centro comercial y cultural. Los árabes llevaron consigo los conocimientos de matemáticas, astronomía, medicina y navegación que habían acumulado en siglos de contacto con el mundo griego y persa, y que en Lisboa se combinaron con la tradición marinera fenicia y romana para crear las bases de lo que siglos después sería la gran expansión náutica portuguesa. Que Lisboa fuera en el siglo XV la capital de la exploración atlántica no es independiente de lo que fue en el siglo X como ciudad islámica con vocación marinera.
En el año 844, una flota vikinga apareció en el Mar de la Paja y estableció un cerco sobre la ciudad que duró trece días antes de ser rechazado. Era el mismo tipo de incursión que los vikingos llevaban realizando en las costas atlánticas desde hacía décadas, y la misma que en el mismo año intentaron, sin éxito, sobre Sevilla. La defensa exitosa de Al-Ushbuna frente a los vikingos añadió un episodio más a la lista de los que hacen de esta ciudad un lugar donde el mundo exterior siempre ha intentado entrar.
1147: los cruzados y la Reconquista del Tajo
El 25 de octubre de 1147, después de diecisiete semanas de asedio, el rey Alfonso Henriques —Alfonso I de Portugal, el primer rey de la nación portuguesa que acababa de fundarse— entró en Al-Ushbuna con el apoyo decisivo de una flota de cruzados del norte de Europa que se dirigía a Tierra Santa y que había hecho escala en el puerto portugués de Oporto. Lo que empezó como una escala táctica se convirtió en una operación militar de primer orden: los cruzados —ingleses, flamencos, alemanes, normandos— aportaron los conocimientos de asedio que las tropas portuguesas no tenían, y a cambio recibieron el permiso de saquear la ciudad durante varios días, lo que hicieron con una brutalidad que las crónicas árabes describen con un horror que todavía resulta palpable.
La conquista de Lisboa en 1147 fue uno de los episodios fundacionales de la identidad portuguesa. En una sola operación, Alfonso Henriques consolidó su reino recién independizado de León, estableció su capital en la ciudad más estratégica de la Península occidental y recibió el reconocimiento de la Iglesia a través de la participación cruzada. El Castillo de San Jorge, que los árabes habían defendido durante semanas, pasó a ser el símbolo del poder real portugués. La Catedral de Lisboa —la Sé, como la llaman los lisboetas— fue construida inmediatamente después de la conquista sobre la mezquita mayor de la ciudad, con los materiales que la propia mezquita proporcionó, en el gesto de sustitución simbólica que la Reconquista repetía en cada ciudad que tomaba.
La catedral de Lisboa tiene esa cualidad de los edificios que han sobrevivido demasiadas cosas: su fachada románica con sus dos torres asimétricas, sus añadidos góticos del siglo XIV, sus reparaciones después del terremoto de 1755, todo convive en un edificio que en lugar de parecer incoherente parece honesto. Cada época dejó lo que pudo y eliminó lo que no le convenía, y el resultado es un documento de la historia de la ciudad más fiel que cualquier monumento construido de una sola vez.
El reino de Portugal y Lisboa como capital
La decisión de convertir Lisboa en capital definitiva del reino de Portugal no fue inmediata. Los primeros reyes portugueses eran reyes itinerantes que gobernaban desde donde se encontraban, y Coimbra fue durante tiempo la ciudad con más peso político. Fue en 1255, bajo el reinado de Alfonso III, cuando Lisboa se estableció definitivamente como capital, una decisión que reflejaba la conciencia de que el futuro de Portugal estaba en el mar y que ninguna ciudad del reino tenía el estuario del Tajo como activo.
Esa intuición resultó ser una de las más acertadas de la historia política europea. Lisboa tenía el mejor puerto natural de la fachada atlántica de la Península Ibérica —más accesible que Cádiz, más profundo que Oporto, más cercano al Atlántico abierto que cualquier otro puerto portugués— y tenía la tradición marinera acumulada durante siglos de fenicios, romanos y árabes que habían navegado desde estas mismas orillas. Lo que faltaba era el proyecto político y la tecnología náutica que convirtieran esa potencialidad en realidad. Ambas cosas llegaron en el siglo XV.
La Era de los Descubrimientos: cuando Lisboa gobernó el mundo conocido
En el siglo XV, Portugal emprendió el proyecto más audaz de la historia náutica europea: la exploración sistemática de la costa atlántica de África en busca de una ruta marítima hacia las especias de Oriente que los otomanos habían cortado al tomar Constantinopla en 1453. El infante don Enrique, conocido como Enrique el Navegante, organizó desde el cabo de Sagres la empresa de exploración que en pocas décadas llevó a los portugueses hasta las costas de Guinea, Cabo Verde, Santo Tomé y finalmente el cabo de Buena Esperanza.
El momento culminante llegó en 1497, cuando Vasco da Gama partió del muelle de Belém en Lisboa con cuatro naves y el encargo de encontrar la ruta marítima hacia la India rodeando África. Dos años después regresó con las bodegas cargadas de especias y el mapa de una ruta que transformó los equilibrios comerciales del mundo: el dominio árabe y veneciano sobre el comercio de especias quedaba roto, y Lisboa se convertía de golpe en el centro de una red comercial que abarcaba África, India, el sudeste asiático y, a partir de 1500 con el viaje de Pedro Álvares Cabral, Brasil.
El dinero que fluyó hacia Lisboa durante las primeras décadas del siglo XVI fue de una escala que la ciudad nunca había conocido y que transformó su tejido urbano de manera radical. El Monasterio de los Jerónimos en Belém —construido por orden de Manuel I para celebrar el éxito del viaje de Vasco da Gama y financiado con el impuesto del peso cobrado sobre las especias que pasaban por el puerto— es el monumento más extraordinario de ese período de esplendor. Su estilo manuelino —el nombre viene del rey Manuel I que lo encargó— es el estilo arquitectónico más original que Portugal produjo: una combinación de gótico tardío con ornamentación que incorpora elementos náuticos, exóticos y naturalistas en una profusión decorativa que tiene algo de triunfal y algo de delirante. Las columnatas de la portada sur, con sus doseles que se superponen como estratos geológicos de piedra labrada, son uno de los conjuntos escultóricos más extraordinarios de la arquitectura europea del siglo XVI.
A pocos minutos a pie, la Torre de Belém —construida entre 1516 y 1519 como fortín defensivo en la desembocadura del Tajo— es el símbolo más fotografiado de Lisboa y uno de los que mejor resume la contradicción del período: una torre de piedra diseñada para hacer la guerra, decorada con una delicadeza de encajes de piedra que hace que parezca un juguete de lujo. Los exploradores que partían de Belém la veían alejarse desde sus barcos como el último recordatorio de la ciudad a la que quizás no volverían. Los que regresaban la veían acercarse como la confirmación de que habían sobrevivido.
La Lisboa del siglo XVI era, sin discusión posible, una de las ciudades más cosmopolitas y más ricas del mundo. Mercaderes alemanes, flamencos, italianos, genoveses y judíos sefardíes expulsados de España convivían en sus calles con esclavos africanos —Lisboa tenía en el siglo XVI la mayor proporción de población de origen africano de cualquier ciudad europea— y con marinos que habían estado en lugares que ningún europeo había pisado antes. Era una ciudad donde el mundo llegaba a puerto y donde el mundo también partía, y esa condición de encrucijada le daba una energía y una densidad de experiencias que pocas ciudades de la época podían igualar.
La unión con España y el período filipino
En 1578, el rey Sebastián I de Portugal murió en la batalla de Alcazarquivir, en Marruecos, en una campaña militar desastrosa que eliminó de un golpe la elite militar portuguesa y dejó al reino sin heredero directo. Lo que siguió fue una crisis dinástica que en 1580 resolvió Felipe II de España —nieto del rey Manuel I de Portugal por vía materna— al invadir Portugal y reclamar el trono, uniendo las dos coronas ibéricas en lo que los portugueses llaman la União Ibérica y que duró hasta 1640.
Para Lisboa, el período filipino —como se llama en Portugal a los sesenta años de unión con España, en referencia a los tres Felipes que reinaron— fue ambivalente. Por un lado, la unión con España traía ventajas comerciales y el respaldo del mayor imperio del mundo. Por otro, las guerras de España contra Inglaterra y los Países Bajos arrastraron a Portugal a conflictos que no eran los suyos y que dañaron el comercio ultramarino que era la base de la prosperidad lisboeta. Los holandeses e ingleses, aprovechando la guerra con España, atacaron las rutas comerciales portuguesas y fueron apoderándose de las posiciones que Portugal había establecido en Asia, África y Brasil.
En 1640, un levantamiento de la nobleza portuguesa expulsó a los virreyes españoles y proclamó rey al duque de Braganza, que reinó como João IV. La Restauração —la restauración de la independencia portuguesa— es en Portugal el acontecimiento histórico de mayor peso identitario después de la fundación del reino, y Lisboa fue su escenario principal. Cada año, el 1 de diciembre, Portugal celebra el Día de la Restauración con una solemnidad que recuerda que la independencia nunca se da por garantizada en un país pequeño junto a un vecino grande.
El terremoto de 1755: la ciudad que murió y resucitó en la misma mañana
El 1 de noviembre de 1755, a las nueve y media de la mañana, un terremoto de magnitud estimada entre 8,5 y 9 en la escala de Richter sacudió Lisboa tres veces en pocos minutos. Era el día de Todos los Santos, las iglesias estaban llenas de fieles con velas encendidas, y cuando los edificios empezaron a derrumbarse las velas provocaron incendios que ardieron durante tres días. Después llegó el tsunami: tres olas gigantes entraron por el Tajo y barrieron las zonas bajas de la ciudad que el terremoto había respetado.
El resultado fue la destrucción del ochenta y cinco por ciento de los edificios de Lisboa. El Palacio Real junto al río, con su biblioteca de setenta mil volúmenes y sus colecciones de Tiziano, Rubens y Correggio. El Teatro Real de la Ópera, inaugurado seis meses antes. Los archivos históricos con los registros de todos los viajes de descubrimiento. Las iglesias, los conventos, los palacios. Todo en pocas horas. Se calcula que entre diez mil y treinta mil personas murieron en la ciudad, de una población de aproximadamente doscientas setenta mil.
Por una de esas ironías de la historia, la familia real había salido de la ciudad esa mañana para pasar el día de fiesta fuera de Lisboa. El rey José I sobrevivió al terremoto, pero desarrolló una claustrofobia tan intensa que nunca volvió a dormir en un edificio de piedra: la corte portuguesa vivió durante años en un campamento de tiendas de lujo en las colinas de Ajuda.
El hombre que salvó Lisboa —o que salvó lo que el terremoto había dejado— fue el Marqués de Pombal, primer ministro del rey José I, que en las horas que siguieron al desastre tomó el control de la situación con una eficacia que sus contemporáneos describieron como extraordinaria. Su respuesta fue la frase que los portugueses siguen citando como el epítome de la sangre fría ante la catástrofe: «Enterrar a los muertos y cuidar a los vivos». Pombal controló a la población, castigó a los saqueadores, organizó el desescombro y diseñó el plan de reconstrucción que en pocos años devolvió a Lisboa una forma urbana completamente nueva.
La Baixa Pombalina —el barrio que Pombal construyó sobre las ruinas de la ciudad antigua con una cuadrícula de calles rectas, fachadas uniformes y un sistema constructivo antisísmico que fue una innovación de ingeniería de primer orden— es todavía hoy el corazón de Lisboa, reconocible por su geometría regular que contrasta con el laberinto de Alfama. Los edificios pombalinos tienen una elegancia sobria que el tiempo ha tratado bien: sus fachadas de azulejo, sus proporciones equilibradas y las calles que confluyen en la Praça do Comércio —la plaza que se abre al Tajo como una declaración de que la ciudad sigue mirando al río que siempre fue su razón de ser— forman uno de los conjuntos urbanos más coherentes del siglo XVIII europeo.
El terremoto de Lisboa de 1755 tuvo además una consecuencia intelectual que pocos desastres naturales han tenido: sacudió profundamente el optimismo ilustrado que en aquella época creía que el mundo estaba gobernado por una providencia benévola. Que el peor terremoto de la historia europea ocurriera en el día de Todos los Santos, mientras los fieles rezaban en las iglesias, resultaba difícil de conciliar con la idea de un Dios protector. Voltaire escribió el Cándido en parte como respuesta al terremoto de Lisboa, y el debate filosófico que siguió contribuyó decisivamente al escepticismo religioso que caracterizaría la segunda mitad del siglo XVIII.
Napoleón, el liberalismo y el siglo XIX
En noviembre de 1807, las tropas napoleónicas cruzaron la frontera española y avanzaron hacia Lisboa. El príncipe regente João —que poco después sería el rey João VI— tomó una decisión sin precedentes en la historia europea: en lugar de defender la capital, embarcó toda la corte portuguesa —varios miles de personas, incluyendo la familia real, la nobleza, los archivos y las riquezas transportables— y se marchó a Brasil. En tres semanas, la capital del Imperio Portugués se trasladó de Lisboa a Río de Janeiro, convirtiendo Brasil en el centro de un imperio que operaba al revés de todos los imperios conocidos: una colonia que acogía a la metrópoli.
Lisboa fue ocupada por los franceses de Junot durante meses hasta que el general Wellington y el ejército anglo-portugués los expulsaron en las campañas de la Guerra Peninsular que los portugueses llaman Guerra das Francesinhas. La ciudad que Wellington liberó era una ciudad dañada, empobrecida y desorientada, cuya corte seguía en Brasil y cuyo futuro era incierto.
João VI no regresó de Brasil hasta 1821, y su regreso dejó una situación política de una complejidad que tardó décadas en resolverse. Las Guerras Liberales —el conflicto entre el liberalismo constitucional y el absolutismo, que en Portugal tomó la forma de una guerra civil entre los hijos del rey— marcaron la primera mitad del siglo XIX con una inestabilidad que solo se estabilizó cuando la monarquía constitucional se consolidó definitivamente en la segunda mitad del siglo.
El siglo XIX fue para Lisboa el período de la modernización que otras capitales europeas habían acometido antes: el ferrocarril llegó en 1856, los tranvías eléctricos en 1901, la electrificación gradual de los barrios, los bulevares de la Avenida da Liberdade —trazada en 1879 siguiendo el modelo de los bulevares de Haussmann en París— y el ensanche de la ciudad hacia el norte que fue expandiendo el tejido urbano más allá de los límites históricos.
El fado: la música que nació del alma de Lisboa
El fado no es solo música. Es la manera en que Lisboa procesa su propia historia. Nacido en los barrios populares de Alfama y Mouraria en la primera mitad del siglo XIX —aunque sus raíces son objeto de debate entre los musicólogos, con teorías que conectan el género con la música árabe, con la música africana traída por los esclavos y con la herencia de la lírica trovadoresca medieval—, el fado es la expresión sonora de la saudade: esa melancolía específicamente portuguesa que no es exactamente tristeza sino una combinación de nostalgia, amor por lo que se perdió y conciencia de que lo perdido era bello.
Amália Rodrigues, la fadista más importante del siglo XX, nació en Lisboa en 1920 y murió en 1999, y en esos setenta y nueve años se convirtió en la voz más reconocible de Portugal en el mundo. Su muerte fue declarada luto nacional, lo que para un país que raramente hace ese tipo de gestos dice todo sobre el lugar que el fado y ella personalmente ocupaban en la identidad portuguesa. Escuchar fado en una casa de fados de Alfama —con la guitarra portuguesa y la viola baixo respondiendo a una voz que canta de amor y ausencia en un espacio pequeño y sin amplificación— es una de las experiencias más intensas que Lisboa puede ofrecer, siempre que se elija bien la casa y se evite las que funcionan principalmente como trampa para turistas.
La República, Salazar y la Revolución de los Claveles
En 1908, el rey Carlos I y el príncipe heredero fueron asesinados en la Praça do Comércio en un atentado que conmocionó a Portugal y que aceleró el proceso de desestabilización de la monarquía. Dos años después, en octubre de 1910, una revolución proclamó la Primera República Portuguesa, poniendo fin a la monarquía con una facilidad que reflejaba cuánto había erosionado su legitimidad en los años anteriores.
La Primera República fue inestable desde el principio: en dieciséis años de existencia tuvo cuarenta y cuatro gobiernos, lo que da una idea de la dificultad de gestionar un país con tradiciones políticas profundamente divididas. En 1926, un golpe militar puso fin a la República e inició el período que en 1932 se consolidó bajo la figura de António de Oliveira Salazar, el profesor de economía de Coimbra que gobernó Portugal durante treinta y seis años con una mezcla de austeridad, conservadurismo católico y represión política que convirtió al país en una de las dictaduras más largas de Europa occidental.
Lisboa bajo Salazar era una ciudad contenida, vigilada por la PIDE —la policía política del régimen—, con una vida cultural que se desarrollaba en los márgenes y en los cafés donde los intelectuales hablaban en voz baja. Pero era también, paradójicamente, la ciudad más cosmopolita de Europa durante la Segunda Guerra Mundial: neutral en el conflicto, Portugal recibió a espías de todos los bandos, a refugiados judíos que huían de la Europa ocupada, a exiliados de media Europa que usaban Lisboa como puerta de salida hacia América. El Hotel Avenida Palace y los cafés de la Baixa fueron escenario de encuentros que Graham Greene o John le Carré habrían inventado si no hubieran ocurrido de verdad.
El 25 de abril de 1974 —el Dia da Revolução, la Revolução dos Cravos, la Revolución de los Claveles— un golpe militar organizado por el Movimiento de las Fuerzas Armadas derrocó la dictadura en pocas horas. La señal de inicio fue la emisión por la radio de la canción prohibida Grândola, Vila Morena del cantautor Zeca Afonso, y lo que siguió fue uno de los procesos de transición democrática más pacíficos y más emocionantes de la historia europea. Los soldados salieron a la calle, la población les puso claveles en los fusiles —de ahí el nombre de la revolución—, y en unas pocas horas cuarenta y ocho años de dictadura terminaron sin prácticamente derramamiento de sangre.
Lisboa celebró esa noche y los días siguientes con una intensidad que los que la vivieron describen como única. De repente todo era posible: los partidos políticos prohibidos, los sindicatos, la prensa libre, la literatura censurada. La revolución también trajo el fin del Imperio Colonial Portugués —en África, Angola, Mozambique, Guinea-Bissau y Cabo Verde se independizaron en 1975— y el regreso a Portugal de más de medio millón de colonos portugueses que habían vivido en las colonias durante generaciones. Esa oleada de retornados transformó la demografía de Lisboa y de otras ciudades portuguesas, añadiendo una capa más a la historia de una ciudad que siempre ha sido un lugar de llegadas.
Expo 98 y el Lisboa del siglo XXI
En 1998, Lisboa organizó la Exposición Universal con el tema de los océanos, en una elección temática que era una declaración de identidad: la ciudad que en el siglo XV había abierto los océanos al mundo celebraba el quinto centenario de la llegada de Vasco da Gama a la India organizando una exposición sobre el mar. El recinto de la Expo se construyó en la zona oriental de la ciudad, sobre terrenos industriales contaminados junto al Tajo, y su conversión en el barrio del Parque das Nações —con el Oceanário de Lisboa, el Pavilhão de Portugal de Álvaro Siza y el icónico Puente Vasco da Gama de diecisiete kilómetros sobre el estuario— transformó la relación de Lisboa con su ribera oriental de una manera que todavía hoy sigue siendo reconocible.
La crisis financiera de 2008 y el rescate de la troika en 2011 golpearon a Lisboa con una dureza que los que la vivieron no olvidan: austeridad, desempleo, emigración de jóvenes hacia el norte de Europa y Brasil. Pero la ciudad respondió con una resiliencia que tiene algo de profundamente lisboeta: en los años de la crisis, los barrios que nadie quería —Mouraria, Intendente, Cais do Sodré— se convirtieron en los más creativos e interesantes de la ciudad, llenándose de galerías, restaurantes y locales de música que dieron a Lisboa una energía que las ciudades más prósperas raramente producen.
Hoy Lisboa es una ciudad de cerca de medio millón de habitantes en el municipio y casi tres millones en el área metropolitana, que recibe más de cuatro millones de turistas al año y que gestiona con dificultad creciente la tensión entre el atractivo que la hace deseable y la presión que ese atractivo ejerce sobre los precios de la vivienda y el carácter de los barrios históricos. El fado fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2011.
El Castillo de San Jorge, que los árabes levantaron y los cruzados conquistaron, sigue presidiendo la ciudad desde su colina con la serenidad de quien lleva diez siglos viendo llegar y marcharse a la gente. Y el Tajo sigue siendo el Tajo: ancho, luminoso, con ese color cambiante que en las mañanas de invierno es gris plata y en las tardes de verano es oro puro, y que los lisboetas llaman el mar aunque sea un río porque en Lisboa la diferencia entre el río y el mar siempre ha sido más poética que geográfica.