La historia de Ávila: De las murallas medievales a santa Teresa: dos mil años de historia en la ciudad más alta y más austera de España

La historia de Ávila

De las murallas medievales a santa Teresa: dos mil años de historia en la ciudad más alta y más austera de España

Hay ciudades que se abren enseguida y ciudades que hay que ganarse. Ávila pertenece a la segunda categoría con una convicción que roza la terquedad. Se presenta al visitante como una muralla: literal, física, de granito y cal, con ochenta y ocho torres y nueve puertas que durante siglos dijeron exactamente lo mismo a quien llegaba desde la llanura castellana: aquí se entra con permiso o no se entra. Incluso hoy, cuando las puertas están abiertas de par en par y los turistas circulan libremente, la ciudad conserva esa cualidad de lugar que no regala nada, que guarda sus secretos detrás de la piedra y los entrega solo a quien sabe preguntar.

Pero quien pregunta bien descubre que detrás de esa muralla hay una de las historias más densas y más sorprendentes de Castilla. Una ciudad que los romanos llamaron Abula y que los celtas ocuparon siglos antes. Una ciudad que la Reconquista rehízo de arriba abajo en el siglo XI con una energía que todavía es visible en cada calle. Una ciudad que en el siglo XVI produjo a Teresa de Cepeda y Ahumada, que el mundo conoce como santa Teresa de Ávila, la mujer que reformó el catolicismo desde una celda de convento con una combinación de misticismo y sentido práctico que todavía hoy resulta desconcertante. Y una ciudad que después de ese momento de máximo esplendor espiritual fue decayendo lentamente, perdiéndose en los pliegues de la historia castellana, hasta que el siglo XX la redescubrió y decidió que sus murallas merecían la protección que nunca habían necesitado porque nadie había conseguido derribarlas.

Ávila es la ciudad más alta de España —a mil ciento treinta metros sobre el nivel del mar, en una meseta que el viento barre con una regularidad que sus habitantes llaman carácter y los visitantes llaman frío—, y esa altura lo explica casi todo: el granito, el cielo que parece más cercano de lo habitual, la luz de una intensidad que en verano aplana las sombras y en invierno las alarga hasta el absurdo, y esa sensación de estar en un lugar donde las cosas importan más de lo normal, donde la frivolidad tiene difícil acomodo y la seriedad es la postura natural.o.

Los vettones y las piedras que caminan

Antes de que existiera la ciudad que conocemos, antes incluso de que llegaran los romanos, el territorio que hoy ocupa Ávila y su provincia estaba habitado por los vettones, un pueblo prerromano de origen celta que se asentó en la meseta occidental entre los siglos VI y IV antes de Cristo y que dejó en el paisaje una huella que todavía hoy resulta perfectamente visible si uno sabe dónde mirar.

Los vettones construyeron sus castros —sus ciudades amuralladas— en posiciones elevadas que dominaban los valles y los pasos de ganado, y los decoraron con una escultura que no tiene equivalente en ningún otro pueblo prerromano de la Península: los verracos, figuras de toros y cerdos talladas en granito de un tamaño que va desde el doméstico hasta el monumental, distribuidas por los campos y los caminos con una lógica que los arqueólogos todavía no han terminado de descifrar. Se han encontrado más de cuatrocientas figuras en toda el área vettona, con una concentración especial en la provincia de Ávila, y su función era probablemente múltiple: marcadores de territorio, indicadores de rutas ganaderas, objetos rituales asociados al culto a la fertilidad y a la protección de los rebaños.

Los verracos más famosos de la provincia de Ávila están en Guisando, en las orillas del embalse de San Martín de Valdeiglesias: los Toros de Guisando, cuatro figuras de granito de tamaño considerable que dan nombre al lugar donde en 1468 se firmó el Tratado de Guisando que reconocía a Isabel como heredera de la corona castellana. La coincidencia de las figuras prerromanas con el acto político que puso en marcha la historia de los Reyes Católicos tiene algo de metáfora involuntaria: la historia de Ávila siempre ha tenido esa capacidad de superponer épocas en el mismo espacio sin que ninguna cancele a la otra.

En la propia ciudad de Ávila hay verracos: dos figuras de toro de granito que custodian el acceso al puente sobre el Adaja y que los abulenses medievales llamaban simplemente las piedras, sin saber o sin querer saber exactamente qué eran. Los romanos los reutilizaron como hitos de camino, los medievales los usaron como postes de amarre, y hoy están protegidos como patrimonio arqueológico en el mismo puente donde han estado durante más de dos mil años. Son los objetos más antiguos que se ven a simple vista en Ávila, y la mayoría de los turistas pasan junto a ellos sin mirarlos dos veces porque están esperando llegar a las murallas.


Abula romana: la ciudad que Roma necesitaba en la meseta

Los romanos llegaron a la meseta castellana en el siglo II antes de Cristo, después de las guerras celtibéricas que habían sometido a los pueblos del interior peninsular con la misma sistemática eficiencia que aplicaban en todos sus teatros de conquista. El territorio vettón fue incorporado a la provincia Lusitania, y en el lugar donde los vettones tenían uno de sus asentamientos más importantes se fue desarrollando gradualmente una ciudad romana que las fuentes latinas llaman Abula o Avela.

Abula no fue nunca una ciudad romana de primera importancia. No era capital de provincia, no tenía el tamaño de Emerita Augusta ni la posición estratégica de Caesaraugusta. Era un municipio de la meseta, en el cruce de las calzadas que conectaban el occidente peninsular con el centro, con una función principalmente administrativa y de control del territorio que la rodeaba. Pero esa modestia relativa tuvo las mismas consecuencias que en Segovia: una ciudad que no es capital no se destruye y reconstruye al mismo ritmo que las que sí lo son, y Abula conservó bajo el suelo medieval una estratigrafía arqueológica que las excavaciones de las últimas décadas han ido revelando con paciencia.

Los restos romanos de Ávila son más discretos que los de otras ciudades castellanas, pero están: fragmentos de la calzada que entraba en la ciudad por el lado norte, restos de edificios públicos bajo la Plaza de la Catedral, piezas en el Museo de Ávila que hablan de una ciudad ordenada y funcional con sus templos, sus termas y su foro. Y hay un detalle que la arqueología ha confirmado y que explica la persistencia del asentamiento en este punto concreto de la meseta: Abula estaba en el único lugar de la cuenca del Adaja donde una roca de granito ofrecía una plataforma natural suficientemente amplia y suficientemente elevada para dominar el territorio circundante sin perder el acceso al agua del río. La geografía que habían elegido los vettones era, también desde el punto de vista romano, la mejor disponible.


Visigodos, musulmanes y el largo silencio medieval

Con la caída del Imperio Romano de Occidente, Ávila siguió el mismo camino que el resto de la meseta castellana: visigodos que llegaron en el siglo V y gobernaron desde Toledo sin dejar huellas arquitectónicas particularmente significativas, y musulmanes que llegaron en el siglo VIII y controlaron la región con una intensidad variable durante más de tres siglos.

El período islámico en Ávila es uno de los más oscuros de su historia, no porque no existiera sino porque las fuentes son escasas y la arqueología todavía no ha terminado de iluminarlo. Lo que sí sabemos es que la ciudad —llamada Abula o Ávila con variaciones en la pronunciación árabe— fue parte de la frontera norte de Al-Ándalus, una zona de contacto y conflicto permanente entre el territorio musulmán y los reinos cristianos que se iban consolidando al norte. Esa condición fronteriza hizo de Ávila un lugar de disputas constantes: fue tomada y retomada varias veces, despoblada y repoblada, y cuando los reyes asturianos y leoneses empezaron a empujar hacia el sur en el siglo IX y X, la región de Ávila fue uno de los primeros territorios que recuperaron, aunque la estabilización definitiva tardaría todavía tiempo en llegar.

La Reconquista de Ávila se atribuye convencionalmente al rey Alfonso VI de León y Castilla, el mismo que tomó Toledo en 1085, aunque el proceso fue más gradual y más complejo que la narrativa heroica sugiere. Lo que sí fue definitivo fue la decisión de Alfonso VI de repoblar la ciudad de manera sistemática, encargando la tarea a su yerno el conde Raimundo de Borgoña, que entre 1090 y 1099 organizó la llegada de colonos desde distintas regiones del norte y emprendió la construcción de las murallas que todavía hoy rodean el casco histórico.


Las murallas: la mayor fortaleza de piedra de Europa

Las murallas de Ávila son el monumento más extraordinario de la ciudad y uno de los conjuntos defensivos medievales mejor conservados del mundo. Sus cifras son ya de por sí impresionantes: dos kilómetros y medio de perímetro, entre doce y quince metros de altura según el tramo, tres metros de anchura en la mayor parte del recorrido, ochenta y ocho torres semicilíndricas que sobresalen del muro y nueve puertas de acceso. Construidas entre finales del siglo XI y principios del XII con el granito que el territorio circundante ofrecía en abundancia, han permanecido en pie durante más de novecientos años sin haber sido nunca derribadas, lo que las convierte en una de las estructuras medievales de mayor continuidad histórica de Europa.

La construcción de las murallas fue una empresa de una escala colosal para los medios de la época. El conde Raimundo de Borgoña reunió canteros, albañiles y peones de toda la región, y la tradición —no siempre verificable pero difícil de ignorar— dice que se usaron también restos de las murallas romanas y visigodas preexistentes, incorporando en el nuevo perímetro material de construcciones anteriores con la eficiencia práctica que caracterizaba a los constructores medievales. Las murallas se levantaron en un período sorprendentemente corto para su envergadura —entre nueve y doce años según las fuentes—, lo que dice algo sobre la urgencia con que los repobladores necesitaban protección en una frontera todavía inestable.

Lo que hace únicas a las murallas de Ávila, además de su estado de conservación, es la relación que mantienen con la ciudad que encierran. No son un elemento decorativo o conmemorativo sino una estructura que define la forma de la ciudad de manera literal: el casco histórico de Ávila es exactamente lo que cabe dentro del perímetro amurallado, y ese perímetro lleva novecientos años siendo el límite entre la ciudad histórica y el mundo exterior. Caminar por la ronda interior —el paseo que discurre junto a los muros por el lado de dentro— es una experiencia que en otras ciudades amuralladas de Europa no existe: las murallas de Ávila no son un parque o un museo sino el borde mismo de la ciudad viva.

El paseo por el adarve —la parte superior de las murallas, accesible en dos tramos desde las puertas del Alcázar y del Carmen— es la manera más directa de entender la escala y la coherencia del conjunto. Desde allí arriba, con la llanura castellana extendiéndose en todas direcciones hasta donde alcanza la vista y el interior de la ciudad desplegándose como un mapa a los pies, se entiende de golpe por qué alguien eligió levantar aquí una ciudad y por qué esa ciudad, una vez levantada, nunca tuvo necesidad de rendirse. Las murallas de Ávila nunca fueron tomadas por la fuerza. En novecientos años de historia, ningún ejército consiguió entrar en la ciudad venciendo su defensa. Esa invicta condición forma parte del orgullo local con la misma naturalidad con que el acueducto forma parte del orgullo segoviano.


La catedral fortaleza: cuando la fe necesitaba murallas

La Catedral de Ávila es uno de los edificios más originales de la arquitectura medieval española, y el que mejor resume el carácter de la ciudad en una sola imagen. Construida a partir de finales del siglo XII, es considerada la primera catedral gótica de España —aunque el término gótico se aplica con ciertas reservas a sus formas todavía muy influidas por el románico— y tiene una peculiaridad que no tiene equivalente en ninguna otra catedral europea: su ábside semicircular, la parte trasera del templo donde se concentra la cabecera y el altar mayor, está integrado en el lienzo oriental de las murallas de la ciudad, formando uno de los cubos defensivos del perímetro amurallado.

Esa fusión de catedral y muralla no es una metáfora ni un accidente constructivo: es una decisión arquitectónica deliberada que dice en piedra lo que la ciudad necesitaba expresar en el siglo XII, cuando la frontera entre el territorio cristiano y el musulmán todavía era una realidad viva y las catedrales, además de templos, eran también fortalezas de emergencia. El ábside de la catedral de Ávila —llamado el Cimorro— es al mismo tiempo el espacio más sagrado del templo y uno de sus baluartes defensivos, y esa doble condición tiene algo de perfectamente abulense: en Ávila, la fe y la fortaleza nunca han sido categorías separadas.

El interior de la catedral, con su alternancia de piedras areniscas rojizas y blancas que crean un efecto de bandas de color sobre los pilares y los arcos —el llamado jaspe abulense, que los constructores medievales no buscaron como efecto decorativo sino que encontraron en la piedra que la cantera les daba—, tiene una austeridad que al principio puede decepcionar a quien llega esperando la riqueza ornamental de las catedrales castellanas del gótico tardío. Pero esa austeridad es también una manera de entender la religiosidad: severa, directa, sin ornamentos que distraigan de lo esencial. El sepulcro del obispo Alonso de Madrigal, conocido como el Tostado por la tez oscura de su piel, es la excepción más notable a esa austeridad: una obra maestra de la escultura gótica tardía que representa al obispo trabajando en su escritorio con una naturalidad que en el siglo XV debió de resultar casi escandalosa. El Tostado fue uno de los intelectuales más prolíficos de la Castilla medieval —se dice que escribía una hoja por hora, todos los días de su vida, desde que aprendió a escribir hasta que murió— y su sepulcro retrata esa actividad con una fidelidad que el arte medieval raramente concede a sus personajes.


La ciudad de los caballeros: nobleza, poder y piedra

La Ávila medieval que se construyó dentro de las murallas fue desde el principio una ciudad de una estratificación social muy marcada. En el extremo superior de esa estratificación estaba la nobleza repobladora —las familias que habían llegado con el conde Raimundo de Borgoña y que habían recibido a cambio de su participación en la repoblación los derechos sobre los barrios y las tierras de la nueva ciudad—, y esa nobleza expresó su poder y su identidad de la única manera que la Edad Media conocía: construyendo.

Los palacios medievales de Ávila son una de las colecciones de arquitectura civil de la Edad Media más completas de España, y uno de los aspectos de la ciudad que los turistas con prisa raramente descubren porque están demasiado ocupados con las murallas y el recuerdo de santa Teresa. Las fachadas de granito con sus escudos heráldicos, sus torreones de esquina y sus ventanas geminadas salpican las calles del casco histórico con una densidad que en algunas zonas convierte el paseo en una clase de historia social: cada escudo es una familia, cada familia es una historia de poder conquistado y a veces perdido.

El Palacio de los Velada, el Palacio de Bracamonte, la Casa de los Deanes, la Casa de los Verdugo: todos hablan de una aristocracia que se tomó muy en serio su papel de constructora de ciudad y que tenía los recursos —procedentes de las rentas de las tierras y del comercio de lana que también en Ávila fue motor económico durante la Edad Media y el Renacimiento— para expresar ese papel en piedra de la manera más contundente posible.

Esa nobleza abulense tuvo también un papel político que en ocasiones la puso en conflicto con la corona. El episodio más bochornoso y más fascinante de esa tensión ocurrió en junio de 1465, en un campo a las afueras de la ciudad, en lo que la historia llama la Farsa de Ávila: un grupo de nobles descontentos con el rey Enrique IV organizó una ceremonia en que una figura de cartón que representaba al rey fue despojada simbólicamente de sus insignias reales —la corona, el cetro, la espada— y destronada en efigie, proclamando en su lugar al infante Alfonso. Que el destronamiento de un rey castellano se hiciera con un muñeco de cartón en un campo abulense tiene algo de absurdo que no ha dejado de fascinar a los historiadores, y que dice mucho sobre los límites del poder real en la Castilla del siglo XV y sobre la disposición de la nobleza abulense a hacer teatro con la política cuando la política normal no daba los resultados esperados.


Los judíos de Ávila: la comunidad que sostuvo la ciudad

La comunidad judía de Ávila fue durante la Edad Media una de las más importantes de Castilla, en proporción al tamaño de la ciudad. Los judíos abulenses —que vivían en la judería situada en el barrio que hoy se llama de la Encarnación, junto a las murallas orientales— eran artesanos, comerciantes, médicos y financieros que sostenían en buena medida la economía de una ciudad que sin sus servicios habría funcionado con mucha más dificultad.

La relación entre la comunidad judía y el poder cristiano en Ávila tuvo los mismos altibajos que en el resto de Castilla: períodos de relativa tolerancia alternados con episodios de violencia y presión que se fueron intensificando a medida que avanzaba el siglo XV. La ola de violencia antisemita de 1391, que barrió toda Castilla con una brutalidad que dejó miles de muertos y forzó conversiones masivas, llegó también a Ávila y aceleró el proceso de conversión que transformó a muchos judíos abulenses en conversos —los llamados cristianos nuevos— cuya sinceridad religiosa la Inquisición, establecida en Castilla en 1478, se encargaría de vigilar con una desconfianza que raramente se satisfacía.

Ávila tuvo un papel particular en la historia de la Inquisición española. El auto de fe de Ávila de 1490, en el que fueron condenados varios conversos acusados de judaizar en secreto, fue uno de los más sonados del primer período inquisitorial, y la figura del inquisidor Tomás de Torquemada —nacido en Valladolid pero con fuertes vínculos con la ciudad— proyectó sobre Ávila una sombra de austeridad y rigor que en cierta medida confirmaba y en cierta medida creaba el carácter que la ciudad ya tenía.

La expulsión de 1492 terminó con la presencia judía en Ávila de la misma manera que en el resto de España: de golpe, con la brutalidad de un decreto que daba a familias con siglos de arraigo local pocas semanas para liquidar sus propiedades y abandonar todo lo que conocían. Las sinagogas se convirtieron en iglesias, las casas fueron compradas a precios de miseria por vecinos que sabían que los vendedores no tenían alternativa, y la judería quedó vacía de la comunidad que la había habitado durante generaciones. La huella de esa comunidad en el paisaje urbano de Ávila es menos visible que en Toledo o Segovia, pero está: en algunos nombres de calles, en la estructura de ciertos barrios, y en la genealogía de muchas familias abulenses que tienen en algún punto de su árbol a un converso que eligió quedarse cuando podía haberse ido.


Teresa de Ávila: la mística que reformó el mundo

El 28 de marzo de 1515, en una casa de la ciudad que hoy ocupa la iglesia de Santa Teresa, nació Teresa de Cepeda y Ahumada, que la historia conoce como santa Teresa de Ávila o Teresa de Jesús, y que es sin ninguna duda el personaje más importante que esta ciudad ha producido en toda su historia y uno de los más extraordinarios del siglo XVI europeo en cualquier campo.

Teresa nació en una familia de conversos —su abuelo paterno, Juan Sánchez de Toledo, había sido reconciliado por la Inquisición por judaizar en secreto, y la familia se había trasladado a Ávila precisamente para alejarse de ese pasado— y esa condición de origen marcó su vida de maneras que ella misma no siempre reconocía explícitamente pero que los historiadores han ido desentrañando con paciencia. La necesidad de demostrar la pureza de fe que el origen converso ponía permanentemente en cuestión puede haber contribuido a la intensidad con que Teresa buscó la experiencia religiosa directa, sin intermediarios, sin las formas externas que podían ser fingidas.

Con veinte años ingresó en el convento carmelita de la Encarnación, en Ávila, y allí vivió los siguientes veinte años en un estado de inquietud espiritual que ella misma describe con una honestidad que resulta desconcertante: reconoce que durante años fue una monja mediocre, que rezaba por obligación más que por devoción, que le gustaba recibir visitas y que la vida conventual de su época —permeable a la sociedad exterior, con las monjas recibiendo a familiares y conocidos en los locutorios y llevando una vida que tenía poco de austera— no era la que ella buscaba sin saber todavía qué buscaba exactamente.

La transformación llegó a los cuarenta años, una edad a la que en el siglo XVI la mayoría de las vidas ya estaban trazadas sin posibilidad de grandes cambios. Teresa tuvo una experiencia mística que ella describió como una segunda conversión —la primera había sido la entrada al convento, esta era la conversión real— y que cambió completamente su manera de entender la religión y su papel en ella. Lo que vino después fue uno de los proyectos de reforma religiosa más audaces del siglo XVI europeo: fundó en 1562, en Ávila, el primer convento de Carmelitas Descalzas, dedicado a una vida de pobreza absoluta, clausura rigurosa y oración contemplativa que no tenía nada que ver con la vida conventual relajada que ella misma había llevado durante veinte años.

La empresa encontró resistencias inmediatas y formidables. Las autoridades eclesiásticas de Ávila se opusieron. El ayuntamiento se opuso. Las propias carmelitas de la Encarnación, que veían en la nueva fundación una crítica implícita a su manera de vida, se opusieron. Teresa se impuso a todas esas resistencias con una combinación de habilidades que resulta difícil de encontrar reunidas en una sola persona: la visión mística que le daba la certeza de estar haciendo lo correcto, el sentido práctico de una administradora que sabía negociar, conseguir financiación y gestionar conflictos, y la inteligencia retórica de una escritora que encontraba las palabras exactas para persuadir a los escépticos.

Porque Teresa fue también, y quizás ante todo, una escritora extraordinaria. El Libro de la Vida, el Camino de Perfección, el Castillo Interior o Las Moradas, las Fundaciones: su obra es uno de los conjuntos literarios más importantes de la prosa castellana del siglo XVI, y tiene una cualidad que la distingue de toda la literatura mística de su época: está escrita desde la experiencia personal, con una concreción y una honestidad que hacen que el lector sienta que Teresa le está hablando directamente, sin retórica ni distancia ceremonial. Cuando describe sus visiones —el querubín que clava una lanza de fuego en su corazón, las distintas moradas del castillo interior como metáfora de los estados de la oración— lo hace con una precisión que los teólogos encuentran ortodoxa y los psicólogos encuentran interesante por razones completamente distintas.

En 1970, el papa Pablo VI la proclamó Doctora de la Iglesia, la primera mujer en recibir ese título en la historia del catolicismo. Que una mujer del siglo XVI, conversa, sin formación universitaria —que en el siglo XVI era de acceso exclusivamente masculino—, hubiera producido una obra teológica y mística suficientemente rigurosa para recibir el reconocimiento máximo que la Iglesia puede otorgar a un intelectual religioso es uno de esos hechos que la historia raramente subrraya con la fuerza que merecen.

Ávila guarda la memoria de Teresa con una intensidad que en ocasiones roza la saturación: la iglesia de Santa Teresa sobre la casa donde nació, el convento de la Encarnación donde vivió veinte años y que hoy es museo, el convento de San José —el primero que fundó— que sigue siendo carmelita descalzo y recibe visitas con la serenidad de quien no ha cambiado de función en cuatro siglos y media. La reliquia del dedo de santa Teresa, conservada en el convento de la Encarnación, es uno de esos objetos ante los que la distancia intelectual moderna resulta insuficiente: lo que significa para los creyentes que la visitan no puede ser traducido a ningún otro lenguaje sin perder lo esencial. La ciudad que la produjo tiene con ella la misma relación que Toledo tiene con El Greco o Córdoba con Averroes: una dependencia de identidad que va más allá del turismo aunque el turismo sea su manifestación más visible.


Juan de la Cruz: dos místicos en la misma ciudad

La historia espiritual de Ávila en el siglo XVI no se agota con Teresa. En 1567, Teresa conoció en la ciudad a un joven fraile carmelita de veinticinco años llamado Juan de Yepes, que la historia conoce como san Juan de la Cruz, y que se convirtió en su principal colaborador en la reforma del Carmelo masculino. La relación intelectual y espiritual entre los dos —la mujer de cuarenta y dos años con décadas de experiencia conventual y el joven fraile que acababa de ordenarse— fue una de las más fecundas de la historia religiosa española.

Juan de la Cruz no es tan conocido como Teresa entre el público general, pero para muchos críticos literarios su poesía es la más alta de toda la literatura española. El Cántico Espiritual, la Noche Oscura del Alma, la Llama de Amor Viva: son poemas que en su superficie parecen poesía amorosa de la tradición del Cantar de los Cantares y que en su profundidad son descripciones de los estados más extremos de la experiencia mística, escritas con una concentración de imágenes y una musicalidad que la traducción nunca consigue transmitir del todo. Que los dos escritores místicos más importantes de la historia del catolicismo —y dos de los más grandes de la literatura en castellano— se encontraran en Ávila en el mismo año no es una coincidencia que la ciudad haya sabido siempre aprovechar como merece, pero es un hecho de una densidad histórica que pocas ciudades españolas pueden igualar.


Los comuneros: la ciudad que resistió al emperador

El levantamiento de los Comuneros de 1520 y 1521 fue para Ávila, como para Segovia y Toledo, uno de los episodios más dramáticos de su historia moderna. Las ciudades castellanas que se levantaron contra el gobierno del joven Carlos I —rodeado de consejeros flamencos que ignoraban las tradiciones y los privilegios de Castilla y que se habían apresurado a enriquecerse a costa del erario castellano— tuvieron en Ávila uno de sus focos más activos.

Ávila era entonces una de las ciudades más importantes de Castilla, con una nobleza poderosa y una clase urbana de mercaderes y artesanos que sentían con particular intensidad la amenaza que la política fiscal de Carlos I representaba para sus privilegios y su autonomía. La ciudad se sumó a la Junta Santa —la coordinación de las ciudades comuneras— con un entusiasmo que reflejaba décadas de tensión acumulada entre los intereses locales y el poder central.

La derrota de Villalar en abril de 1521, donde los líderes comuneros fueron ejecutados al día siguiente de la batalla, terminó con el levantamiento pero no resolvió las tensiones que lo habían provocado. Carlos I perdonó a la mayoría de los participantes con la prudencia de quien sabe que necesita a las ciudades castellanas para financiar su imperio, y Ávila retomó su vida ordinaria con la mezcla de resentimiento y pragmatismo que caracteriza a las ciudades que han perdido una apuesta política importante y tienen que seguir viviendo con el ganador.

Lo que quedó del episodio comunero en Ávila fue, entre otras cosas, la aceleración de la reforma religiosa que Teresa emprendería cuarenta años después: la derrota de los comuneros fue también la derrota de cierto modelo de ciudad autónoma y orgullosa, y en ese clima de derrota y reconversión espiritual la búsqueda de una interioridad religiosa auténtica tenía un sentido político además de puramente espiritual. La mística de Ávila no nació en el vacío sino en una ciudad que había perdido su apuesta por la autonomía política y buscaba en la autonomía espiritual algo de lo que el mundo exterior le había negado.


El siglo XVII y el declive: cuando la grandeza se vuelve melancolía

El siglo XVII fue para Ávila, como para buena parte de Castilla, el comienzo de un declive que se prolongaría durante generaciones. La expulsión de los moriscos en 1609 —que en otras regiones de España había tenido consecuencias económicas devastadoras— afectó también a Ávila, aunque con menos intensidad que a Valencia o Aragón. Más significativa fue la crisis demográfica general de la meseta castellana, que perdió población de manera sostenida a lo largo del siglo como consecuencia de las guerras, las epidemias y el éxodo hacia las ciudades más dinámicas de la Península.

La Ávila del siglo XVII era ya una ciudad que vivía en buena medida de su pasado: de la memoria de ser la ciudad de santa Teresa, de la renta de las tierras de una nobleza que gastaba en Madrid lo que producían sus propiedades abulenses, y de una industria lanera que iba perdiendo competitividad frente a los productos extranjeros. Las murallas seguían en pie, la catedral seguía siendo la catedral fortaleza que había sido desde el siglo XII, y los palacios nobiliarios seguían mostrando sus escudos heráldicos en las fachadas de granito. Pero la ciudad que los sostenía era cada vez más pequeña y más quieta.

Esa quietud tuvo consecuencias positivas para el patrimonio: una ciudad que no crece ni se transforma con rapidez conserva sus estructuras medievales porque nadie tiene prisa por demolerlas para construir algo nuevo. Las murallas de Ávila sobrevivieron al siglo XVII, al XVIII y al XIX sin más intervenciones que las reparaciones de mantenimiento y alguna restauración puntual, precisamente porque la ciudad no tenía la actividad económica que en otras ciudades justificaba derribar el pasado para construir el presente.


El siglo XIX: descubrir lo que siempre había estado ahí

El siglo XIX llegó a Ávila con la misma mezcla de promesas y frustraciones que llegó a toda la España interior. La Guerra de la Independencia dejó sus cicatrices —el saqueo francés de 1811 afectó a varios conventos e iglesias con la eficiencia que caracterizaba a las tropas napoleónicas— y la inestabilidad política de las décadas siguientes dificultó cualquier proyecto de desarrollo sostenido.

Pero el siglo XIX fue también el período en que Ávila fue redescubierta por los viajeros románticos que recorrían España buscando lo que el resto de Europa había perdido en el proceso de modernización: ciudades con murallas medievales intactas, paisajes de una aridez que parecía bíblica, tradiciones religiosas de una intensidad que en el norte de Europa ya no existía. Ávila tenía todo eso en abundancia, y los viajeros que llegaban —ingleses, franceses, alemanes— describían la ciudad con el entusiasmo de quien ha encontrado exactamente lo que buscaba.

La desamortización de Mendizábal de 1836, que suprimió los conventos y puso sus bienes en venta, tuvo en Ávila consecuencias mixtas. Varios conventos fueron suprimidos y sus edificios pasaron a otros usos —algunos se convirtieron en cuarteles, otros en almacenes, otros simplemente en ruinas—, pero los conventos de fundación teresiana, protegidos por la devoción popular y la atención de la Iglesia, sobrevivieron sin grandes daños. La Encarnación, el San José, el convento de la Madre de Dios: todos siguieron funcionando como comunidades religiosas, lo que en el caso de San José significa que todavía hoy, cuatro siglos y medio después de que Teresa lo fundara, las carmelitas descalzas siguen viviendo allí con la misma regla que ella estableció.


Antonio Machado en Ávila: el poeta y la ciudad de piedra

Entre 1919 y 1931, Antonio Machado vivió y enseñó en Ávila, ocupando una plaza de profesor de francés en el instituto que hoy lleva su nombre. No fue el período más brillante ni el más prolífico de la vida del poeta —los grandes libros, los Campos de Castilla y las Soledades, ya estaban escritos—, pero fue un período de madurez tranquila en que Machado se integró en la vida de una ciudad que en muchos aspectos era exactamente la Castilla que él había cantado: austera, seria, con esa melancolía de las mesetas que en sus poemas adquiere dimensiones casi metafísicas.

Machado encontró en Ávila algo que Soria —donde había vivido antes y donde había enterrado a su mujer Leonor— no podía darle: distancia del duelo, anonimato relativo, la posibilidad de seguir siendo el poeta que era sin ser constantemente el viudo de Leonor. Sus años abulenses son los menos estudiados de su biografía, y la ciudad guarda su memoria con la discreción que él habría preferido: una placa en el instituto, el nombre en una calle, la conciencia difusa de que uno de los grandes poetas del siglo XX caminó por estas mismas calles durante doce años mirando las mismas murallas que miramos nosotros.


La Guerra Civil y el siglo XX: la ciudad que se cerró sobre sí misma

El 18 de julio de 1936, Ávila se sumó al alzamiento franquista con una rapidez que reflejaba tanto la fuerza del conservadurismo religioso y social en la ciudad como la debilidad de las fuerzas republicanas en una provincia que nunca había tenido un movimiento obrero particularmente fuerte. La ciudad quedó en retaguardia del bando nacional desde los primeros días, lo que la salvó de los combates directos pero no de la represión que siguió al triunfo franquista.

La posguerra fue en Ávila un período de austeridad que en cierta medida resultaba coherente con el carácter de la ciudad: una ciudad que siempre había vivido con poco no encontraba la miseria de los años cuarenta tan desproporcionada como la encontraban las ciudades industriales o costeras acostumbradas a mayor prosperidad. Pero esa coherencia no era consuelo real: el hambre era hambre en todas partes, y la represión política y cultural del franquismo —la prohibición de los partidos, de los sindicatos, de la libertad de prensa— era igual de brutal en las ciudades pequeñas que en las grandes.

Lo que el franquismo sí hizo por Ávila, de manera involuntaria, fue consolidar su identidad turística. El régimen promovió activamente el turismo interior como actividad patriótica, y Ávila —con sus murallas, su catedral y su condición de ciudad de santa Teresa— encajaba perfectamente en el imaginario del turismo franquista: una ciudad que parecía intacta desde la Edad Media, un monumento a la fe católica y a la grandeza de Castilla que el régimen podía exhibir con orgullo. Los Paradores Nacionales abrieron en la ciudad uno de sus establecimientos más emblemáticos, instalado en el Palacio de Benavides del siglo XV, y la afluencia de visitantes fue creciendo lentamente pero de manera sostenida durante las décadas del desarrollismo.


Ávila hoy: la ciudad que sabe lo que es

Ávila tiene hoy unos cincuenta y ocho mil habitantes, es capital de provincia y sede universitaria, y gestiona su extraordinario patrimonio con una mezcla de orgullo y cierta tensión entre la necesidad de atraer visitantes y el deseo de no convertirse exclusivamente en un destino de excursión de un día desde Madrid. La distancia a Madrid —noventa kilómetros, algo más de una hora en coche y cuarenta y cinco minutos en el tren de alta velocidad que llegó en 2007— la ha situado en la misma órbita de turismo de fin de semana que Segovia, con las ventajas e inconvenientes que esa proximidad conlleva.

La declaración de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985 —que incluyó el casco histórico con sus murallas y sus iglesias— fue el reconocimiento que la ciudad necesitaba para consolidar su posición en el mapa del turismo cultural europeo, y desde entonces la restauración y la conservación del patrimonio han mejorado de manera notable. Las murallas, que a mediados del siglo XX mostraban señales preocupantes de deterioro en algunos tramos, han sido restauradas con una paciencia y un rigor que han permitido consolidar estructuras que llevan novecientos años expuestas al frío castellano.

El yema de santa Teresa —el dulce de yema de huevo y azúcar que las pastelerías de Ávila producen desde el siglo XVI y que los conventos carmelitas conservan como receta propia— es a Ávila lo que el mazapán a Toledo o el cochinillo a Segovia: un objeto comestible que condensa en su sabor la identidad de una ciudad. Las tiendas que los venden en la calle de la catedral tienen algo de ritual secular que en la ciudad de santa Teresa adquiere una dimensión extra: el dulce que los conventos carmelitas producen con la misma receta que se usaba cuando Teresa fundó San José en 1562 es una continuidad histórica de cuatro siglos y medio que ningún otro producto gastronómico español puede igualar en esa dimensión concreta.

Ávila en invierno —que en esta ciudad a mil ciento treinta metros sobre el nivel del mar puede llegar en noviembre y prolongarse hasta abril— es una experiencia que los turistas de temporada alta raramente conocen y que los que la conocen raramente olvidan. La nieve sobre las murallas, el cielo de un azul que el frío intensifica hasta hacer daño, el silencio de las calles del casco histórico cuando los visitantes de fin de semana han vuelto a Madrid y la ciudad se queda con sus propios habitantes y su propio carácter: esa Ávila invernal es la misma que Teresa conoció, la misma que Machado cruzó camino del instituto en las mañanas de enero, la misma que los repobladores del conde Raimundo construyeron en granito porque sabían que el granito no tiene miedo al frío.

Las murallas siguen en pie. Ochenta y ocho torres, nueve puertas, dos kilómetros y medio de granito que no se han rendido en novecientos años. La ciudad que contienen es más pequeña de lo que fue en su momento de mayor esplendor, más tranquila de lo que fue cuando Teresa reformaba conventos y los comuneros levantaban barricadas, pero es todavía inconfundiblemente ella misma: seria, austera, con esa grandeza particular de las ciudades que no necesitan convencerte de nada porque llevan demasiado tiempo siendo lo que son para preocuparse por la opinión de nadie.