La historia de Segovia
Del acueducto romano al alcázar de cuento: dos mil años de historia en la ciudad que parece inventada
Hay ciudades que parecen inventadas. Segovia es una de ellas. Una roca de granito afilada como la proa de un barco, rodeada por dos ríos que se unen a sus pies, con un acueducto romano de veintiocho metros de altura entrando en la ciudad como si nunca hubiera dejado de funcionar, un alcázar en el extremo de la roca que parece sacado de un libro de cuentos y una catedral gótica que se levanta en el centro como quien no quiere la cosa pero quiere ocupar todo el horizonte. Segovia no es una ciudad que haya que esforzarse por encontrar bella: la belleza es lo primero que hace, antes de que uno tenga tiempo de preguntar nada.
Pero debajo de esa postal extraordinaria hay una historia de una densidad que la mayoría de los visitantes no llegan a ver porque el acueducto los detiene demasiado tiempo.
Una historia que empieza con los celtas y pasa por Roma, por los visigodos, por el islam, por la Reconquista, por los judíos que tejían los paños más finos de Castilla, por los comuneros que se levantaron contra Carlos V y perdieron, por la decadencia lenta de una ciudad que fue importante y dejó de serlo sin terminar de aceptarlo. Segovia no es solo un monumento: es un relato de más de dos mil años que todavía se puede leer en sus piedras.ado.
Los arévacos y la roca entre dos ríos
Mucho antes de que existiera la ciudad que conocemos, la roca de Segovia ya estaba habitada. Los arévacos, un pueblo celtibérico que dominaba la meseta norte antes de la llegada de Roma, encontraron en ese promontorio de granito entre los ríos Eresma y Clamores exactamente lo que cualquier pueblo sin ejércitos permanentes necesitaba: una posición defensiva que el terreno mismo convertía en casi inexpugnable, con los ríos haciendo el trabajo que las murallas habrían costado años de construir.
Los arévacos llamaban a sus ciudades con nombres que terminaban en —briga, que en lengua celta significaba fortaleza o ciudad elevada. Segovia —cuya etimología exacta se discute, aunque la raíz celta parece clara— encajaba perfectamente en ese patrón: era ante todo una fortaleza, un lugar donde la geografía ofrecía una protección que los constructores solo tenían que completar. Los restos arqueológicos de esa presencia prerromana son escasos y difíciles de visitar —la ocupación continua de la ciudad durante dos milenios ha sepultado la mayoría bajo capas de construcción posterior— pero lo suficientes para confirmar que este lugar fue elegido con la precisión que caracteriza a los pueblos que conocen su territorio.
La relación de los arévacos con Roma fue larga, violenta y eventualmente definitiva. Durante las guerras celtibéricas del siglo II antes de Cristo, las ciudades arevaicas de Numancia, Termancia y Segovia resistieron el avance romano con una obstinación que los propios generales romanos describieron con una mezcla de frustración y respeto. Numancia resistió hasta el año 133 antes de Cristo, cuando Escipión Emiliano la tomó después de un asedio de catorce meses y la arrasó hasta los cimientos; su resistencia se convirtió en el símbolo por excelencia del valor hispano frente a Roma, y todavía hoy su nombre es una referencia en el vocabulario político español cuando se quiere evocar la resistencia frente al poder superior.
Segovia no corrió la misma suerte que Numancia, lo que probablemente significa que su rendición fue menos dramática o que llegó antes de que la situación se volviera irreversible. En cualquier caso, en el siglo I antes de Cristo la ciudad era ya parte del sistema romano, y lo que los romanos hicieron con ella cambió su historia para siempre.
El acueducto: dos mil años de ingeniería en uso
El Acueducto de Segovia es uno de los monumentos más extraordinarios que Roma dejó en Hispania, y uno de los mejor conservados del mundo romano en cualquier lugar del Imperio. Sus datos son ya de por sí impresionantes: doscientos metros de longitud en su tramo más visible, veintiocho metros de altura en su punto más alto —la actual Plaza del Azoguejo—, ciento sesenta y seis arcos de dos pisos construidos con veinte mil bloques de granito que encajan entre sí sin argamasa, sostenidos únicamente por la precisión del corte y la lógica de la distribución del peso.
Pero lo que hace verdaderamente extraordinario al acueducto no son sus dimensiones sino su historia de uso: fue construido probablemente en el siglo I después de Cristo, durante el reinado de los emperadores Trajano o Domiciano, y estuvo en funcionamiento activo transportando agua desde la sierra de Fuenfría hasta la ciudad durante diecinueve siglos. Diecinueve siglos. La última vez que el agua corrió por su canal fue en el siglo XX, cuando se construyó la red de abastecimiento moderna. Ninguna otra infraestructura romana ha tenido una vida útil comparable.
La razón por la que el acueducto ha sobrevivido en tan buen estado tiene varias explicaciones, pero la más importante es una que dice mucho sobre la manera en que la Edad Media trataba la herencia romana: los segovianos medievales creían que el acueducto había sido construido por el diablo en una sola noche —la leyenda de la Zugarramurdi local dice que una joven que tenía que ir a buscar agua a la fuente hizo un trato con el diablo para que le construyera el acueducto antes del amanecer, y que el diablo casi lo consiguió pero el alba llegó antes de que pusiera el último bloque— y que por lo tanto tocarlo o dañarlo podía traer consecuencias sobrenaturales. El miedo supersticioso resultó ser un mecanismo de conservación más eficaz que cualquier ley de patrimonio.
Ver el acueducto de noche, cuando la iluminación lo recorta sobre el cielo oscuro y los arcos proyectan sombras que se multiplican sobre las fachadas medievales de la plaza, es una de esas experiencias que cambian la manera de entender lo que significa la palabra monumento. No es una ruina: es un objeto de uso que sobrevivió a su función y se convirtió en algo más grande que ella. Es el tiempo hecho piedra, y la piedra hecha tiempo.
Hispania romana: Segovia entre dos capitales
En el sistema administrativo romano, Segovia no fue nunca una ciudad de primera importancia. Ni capital de provincia ni sede de los juegos más importantes ni ciudad de las dimensiones de Emerita Augusta o Caesaraugusta. Era un municipio de tamaño mediano —su población en el momento de mayor esplendor romano probablemente no superaba los diez o quince mil habitantes— con la función específica de abastecer de cereales y lana a las ciudades mayores del entorno y de servir como nudo de comunicaciones en las rutas que cruzaban el Sistema Central.
Pero esa posición de segundo rango tuvo una consecuencia positiva para la conservación del patrimonio: las ciudades que no son capitales no se destruyen y reconstruyen al mismo ritmo que las que sí lo son. El acueducto de Segovia sobrevivió en parte porque nadie tuvo nunca la necesidad urgente de usar sus piedras para construir otra cosa, algo que sí ocurrió con el anfiteatro de Mérida o el foro de Tarragona, canibalizados por la construcción medieval.
De la Segovia romana quedan, además del acueducto, restos más discretos pero igualmente evocadores: el trazado de algunas calles del casco histórico sigue el esquema de la cuadrícula romana, y las excavaciones arqueológicas realizadas bajo la Plaza Mayor y en los alrededores de la catedral han revelado restos de edificios públicos y privados que hablan de una ciudad organizada y próspera. El Museo de Segovia, instalado en la Casa del Sol, conserva una colección de piezas romanas —monedas, cerámica, elementos arquitectónicos— que permite hacerse una idea aproximada de la vida cotidiana en la Segovia imperial.
Visigodos, islam y la ciudad que cambió de manos
Con la caída del Imperio Romano de Occidente en el siglo V, Segovia vivió la misma sucesión de dominaciones que el resto de la meseta castellana, aunque con menos intensidad que ciudades más importantes. Los visigodos la controlaron desde el siglo V hasta el VIII sin dejar huellas arquitectónicas particularmente significativas, aunque la sede episcopal —el obispado de Segovia, uno de los más antiguos de la Península— data de este período y garantizó cierta continuidad institucional durante los siglos de transición.
En el año 714, tres años después del inicio de la conquista musulmana de la Península, Segovia cayó bajo dominio islámico. El período de dominación árabe en Segovia fue más largo de lo que la narrativa de la Reconquista castellana tiende a reconocer —duró aproximadamente hasta finales del siglo XI— pero dejó menos huella visible que en las ciudades andaluzas, en parte porque Segovia nunca fue un centro importante de Al-Ándalus, y en parte porque la reconquista castellana fue particularmente sistemática en borrar las huellas islámicas en las ciudades de la meseta.
Lo que sí dejó ese período es una huella en el paisaje humano de la región: los mozárabes —los cristianos que habían vivido bajo dominio islámico— trajeron consigo cuando emigraron al norte formas arquitectónicas que habían aprendido en Al-Ándalus, y las iglesias románicas segovianas del siglo XII tienen en sus pórticos columnados un elemento que los historiadores del arte atribuyen en parte a esa influencia mozárabe. Las iglesias de San Millán, San Martín, San Esteban y La Vera Cruz —esta última construida por los Caballeros del Santo Sepulcro en el siglo XIII, de planta dodecagonal, en las afueras de la ciudad junto al río Eresma— forman un conjunto de arquitectura románica que no tiene equivalente en Castilla y que los turistas que se concentran en el acueducto y el alcázar raramente llegan a descubrir.
La Reconquista y el repoblamiento: cuando Segovia se convirtió en Castilla
La reconquista de Segovia se atribuye al rey Alfonso VI de León y Castilla, que en la última década del siglo XI recuperó la ciudad del dominio islámico y emprendió una repoblación sistemática con colonos llegados del norte. Ese proceso de repoblamiento fue el que configuró la Segovia medieval que todavía hoy reconocemos: los nuevos colonos se organizaron en comunidades de villa y tierra, con una estructura administrativa que daba a los vecinos de la ciudad el control sobre un extenso territorio rural circundante.
La lana fue el motor de esa Segovia medieval. Las ovejas merinas que pastaban en los extensos campos de la meseta producían una lana de una calidad que los mercaderes europeos reconocían como superior, y los paños segovianos se exportaban a toda Europa a través de las ferias de Medina del Campo y de los puertos del norte. La Mesta —la poderosa organización de ganaderos trashumantes que movía sus rebaños entre los pastos de verano en las montañas y los pastos de invierno en Extremadura— tenía en Segovia uno de sus centros más importantes, y la riqueza que generaba ese comercio lanero fue la que financió los monumentos que hoy definen la ciudad.
La comunidad judía de Segovia fue uno de los elementos más activos de esa economía lanera. Los judíos segovianos —que vivían en la judería situada al pie del alcázar, en el barrio que hoy se llama de San Andrés— eran artesanos textiles, prestamistas, médicos y administradores que servían tanto a la corona como a la nobleza local con una eficiencia que hacía su presencia indispensable y su posición permanentemente precaria. La sinagoga que construyeron en el siglo XIII —hoy convertida en la iglesia del Corpus Christi— era uno de los edificios religiosos más importantes de la judería castellana, y su transformación en iglesia después de la expulsión de 1492 es el tipo de superposición histórica que en Segovia se produce con una frecuencia que no deja de sorprender.
El Alcázar: la fortaleza que se convirtió en cuento
El Alcázar de Segovia es el monumento más fotografiado de la ciudad y uno de los más reconocibles de España: esa silueta de torres con chapiteles en pizarra que se recorta sobre el cielo castellano desde el extremo de la roca, con el Eresma a sus pies y la sierra al fondo, es la imagen que la mayoría de la gente lleva en la cabeza cuando piensa en un castillo medieval. Se dice —con la imprecisión inevitable de este tipo de afirmaciones— que los castillos de Walt Disney tienen en el Alcázar de Segovia una de sus fuentes de inspiración. Verdad o leyenda, la silueta del Alcázar tiene esa cualidad de los objetos que parecen haber existido siempre en la imaginación colectiva antes de que uno los vea en persona.
La historia real del Alcázar es más compleja y más interesante que la imagen de cuento. Sus orígenes son islámicos —los musulmanes levantaron una fortaleza en ese extremo de la roca que los reyes castellanos mantuvieron y ampliaron después de la reconquista— pero el edificio que conocemos hoy es en buena parte el resultado de las reconstrucciones del siglo XIV y XV, cuando los reyes de Castilla lo convirtieron en una de sus residencias preferidas. Los chapiteles de pizarra que le dan su aspecto más característico no son medievales sino renacentistas, añadidos en el siglo XVI bajo Felipe II siguiendo la moda centroeuropea que el rey había conocido en sus viajes al norte de Europa.
El Alcázar fue también, durante siglos, algo que ningún cuento de caballería sugiere: una prisión de estado. Sus mazmorras albergaron a nobles caídos en desgracia, a enemigos del rey y a prisioneros de guerra cuya liberación se negociaba durante años. Y fue, a partir del siglo XVIII, la sede de la Academia de Artillería, la primera academia militar moderna de España, fundada en 1764 y que convirtió el viejo castillo medieval en una institución técnica de la Ilustración con una contradicción que resulta casi cómica si uno se para a pensarla.
Un incendio destruyó buena parte del Alcázar en 1862, y la reconstrucción que siguió —dirigida por el arquitecto Juan de Ochoa— fue tan meticulosa en su intención de recuperar el aspecto medieval que el resultado es en algunos aspectos más medieval que el original. Es uno de esos casos en que la restauración romántica del siglo XIX produjo un edificio más parecido a lo que el siglo XIX creía que debía ser un castillo medieval que a lo que el castillo medieval realmente fue, lo que añade al Alcázar una capa de historia de la historia que los visitantes raramente consideran.
Isabel la Católica y el momento que cambió España
El 13 de diciembre de 1474, en la Plaza Mayor de Segovia, fue proclamada reina de Castilla Isabel I, la mujer que junto a su marido Fernando de Aragón unificaría los reinos hispánicos, financiaría el viaje de Colón, expulsaría a los judíos y moros de España y dejaría una huella en la historia del mundo que todavía hoy es difícil de medir en su totalidad.
La elección de Segovia no fue accidental. Isabel había vivido gran parte de su infancia y su juventud en la ciudad, conocía bien a su clase noble y burguesa, y sabía que podía contar con su apoyo en el momento decisivo de la sucesión al trono castellano. La proclamación en la Plaza Mayor —con el alcázar al fondo, el acueducto a un extremo y la catedral en construcción al otro— fue un gesto político calculado: Segovia era una ciudad real, una ciudad con historia, una ciudad que daba legitimidad.
El reinado de los Reyes Católicos fue para Segovia un período de esplendor y de tragedia simultáneos. El esplendor venía de ser ciudad frecuentada por la corte itinerante, de los encargos arquitectónicos y artísticos que esa presencia generaba, de la prosperidad que el comercio de la lana mantenía. La tragedia llegó en 1492, cuando el Edicto de Granada expulsó a los judíos de España y la comunidad judía de Segovia —varios cientos de familias que llevaban siglos tejiendo el tejido social y económico de la ciudad— tuvo que elegir entre la conversión y el destierro. La mayoría se fue. La judería quedó vacía, la sinagoga se convirtió en iglesia, y la economía de una ciudad que había dependido en buena medida del trabajo judío tardó generaciones en reponerse.
La Catedral: la última gótica de España
La Catedral de Segovia, cuya construcción comenzó en 1525 y no se completó hasta finales del siglo XVIII, es conocida como la Dama de las Catedrales por la elegancia de sus proporciones, y tiene el dudoso honor de ser la última catedral gótica construida en España —cuando empezaron sus obras, el Renacimiento llevaba décadas dominando la arquitectura europea, pero los segovianos eligieron conscientemente el gótico como expresión de una identidad y una continuidad con la tradición medieval que no querían abandonar.
La catedral anterior, más antigua, fue destruida durante la revuelta de los Comuneros de 1520 y 1521, uno de los episodios más dramáticos de la historia de Segovia y de Castilla. Los comuneros —las ciudades castellanas que se levantaron contra el gobierno del joven Carlos I, recién llegado de Flandes y rodeado de consejeros flamencos que no entendían ni respetaban las tradiciones castellanas— tuvieron en Segovia uno de sus focos más activos. La ciudad resistió durante meses el asedio de las tropas reales, y cuando cayó la represión fue tan brutal como la que siguió a la derrota definitiva de los comuneros en la batalla de Villalar en abril de 1521, donde los líderes del movimiento —Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado— fueron ejecutados.
Juan Bravo, el líder comunero segoviano, tiene hoy una estatua en la Plaza Mayor de Segovia, lo que dice algo sobre la manera en que la ciudad recuerda su historia: el hombre que luchó contra el rey tiene un monumento en el centro de la ciudad, a pocos metros de donde Isabel la Católica fue proclamada reina. Las dos figuras coexisten en el mismo espacio sin aparente contradicción, que es exactamente la manera en que la historia funciona cuando se toma en serio.
La catedral que se construyó para reemplazar a la destruida por los comuneros es un edificio de una elegancia sobria que contrasta con la exuberancia decorativa de otras catedrales castellanas. Sus tres naves, sus vidrieras del siglo XVI y su claustro —que es en realidad el claustro de la catedral anterior, desmontado piedra a piedra y vuelto a montar en la nueva ubicación, en uno de los operaciones de arqueología constructiva más extraordinarias de la historia arquitectónica española— componen un conjunto que exige lentitud para ser apreciado en toda su dimensión. Los turistas que llegan a Segovia con pocas horas disponibles tienden a ver el acueducto, fotografiar el alcázar desde el mirador del valle y marcharse sin entrar en la catedral, que es exactamente el orden inverso al que la historia aconsejaría.
Los paños de Segovia: la economía que sostuvo una ciudad
Para entender Segovia en la Edad Media y el Renacimiento hay que entender la lana. No la lana como materia prima sino como industria, como sistema económico, como razón de ser de una ciudad que sin ese comercio no habría tenido los recursos para construir el alcázar, ni la catedral, ni las iglesias románicas, ni las mansiones nobles que todavía hoy salpican el casco histórico.
Los paños segovianos —telas de lana de alta calidad producidas en los talleres de la ciudad y sus alrededores— eran en los siglos XV y XVI uno de los productos más apreciados del mercado europeo. Los mercaderes burgaleses y genoveses los compraban en las ferias de Medina del Campo y los exportaban a Francia, Flandes e Italia, donde competían con los paños flamencos e ingleses en los mercados más exigentes del continente. La riqueza que ese comercio generaba se traducía en donaciones a iglesias, en encargos artísticos, en mansiones con escudos heráldicos que todavía hoy se pueden leer en las fachadas de muchas calles del centro histórico.
La Casa de los Picos, con su fachada de piedra cubierta de puntas de diamante en granito que es uno de los elementos visuales más reconocibles de Segovia después del acueducto, fue construida a finales del siglo XV por una familia de la nobleza local enriquecida precisamente con ese comercio lanero. Su fachada no tiene una función constructiva sino declarativa: dice quién soy, cuánto tengo y qué quiero que el mundo recuerde de mí. Es arquitectura como autobiografía, y en el Segovia del siglo XV había suficientes familias con dinero y ambición para producir una concentración de esa arquitectura declarativa que todavía hoy hace del casco histórico un lugar de una densidad visual extraordinaria.
El declive de la industria lanera segoviana comenzó en el siglo XVII, cuando la competencia de los paños flamencos e ingleses y la crisis económica general de la España del Siglo de Oro redujeron progresivamente la demanda de los productos castellanos. El siglo XVIII fue el de los intentos borbónicos de revitalizar la manufactura segoviana —la Real Fábrica de Paños fundada en 1763 por Carlos III fue uno de esos intentos, y sus edificios todavía se conservan junto al río Eresma— pero nunca se recuperó del todo el nivel de los siglos de oro. Segovia fue desde entonces una ciudad que vivía en buena medida de su pasado, lo que la condenó a la decadencia relativa y la preservó de la destrucción que acompaña al desarrollo acelerado.
Felipe V y La Granja: el Versalles castellano
A pocos kilómetros de Segovia, en el puerto de la sierra que separa la meseta de los valles del norte, Felipe V mandó construir en el siglo XVIII el Real Sitio de San Ildefonso, conocido popularmente como La Granja. El palacio y sus jardines —diseñados por jardineros franceses que reprodujeron en la vertiente norte del Sistema Central los modelos de Versalles, con fuentes, cascadas y perspectivas arboladas que se prolongan hasta donde alcanza la vista— son uno de los conjuntos palatinos más espectaculares de España y uno de los menos visitados en proporción a su valor.
La Granja no es Versalles, pero tampoco pretende serlo: tiene una escala más humana, una relación con el paisaje natural de la sierra que el palacio de Luis XIV nunca tuvo, y una colección de fuentes de plomo dorado —las famosas fuentes de La Granja, que funcionan con el agua de los deshielos de la sierra y que se hacen jugar en días señalados durante el verano— que no tiene equivalente en España. Las fuentes de La Granja, cuando están en funcionamiento, son uno de los espectáculos más hipnóticos que el patrimonio español puede ofrecer: el agua saltando a veinte metros de altura mientras el sol de la tarde convierte los chorros en arcos iris y los visitantes intentan no mojarse.
La relación entre La Granja y Segovia es la de la capital imperial y su ciudad de servicios: la corte que se instalaba en el real sitio durante los meses de verano traía consigo una demanda de productos y servicios que la ciudad satisfacía, y esa dependencia económica fue durante el siglo XVIII uno de los sostenes de una economía que sin la industria lanera había perdido su motor principal.
El siglo XIX y el tren: la modernidad que llegó tarde
El siglo XIX llegó a Segovia con la misma mezcla de promesas y decepciones que llegó a toda la España interior. La Guerra de la Independencia contra Napoleón dejó en la ciudad heridas que tardaron décadas en cerrarse —el saqueo francés de 1808 afectó a conventos, iglesias y colecciones privadas con la eficiencia que caracterizaba a las tropas napoleónicas en toda la Península— y la inestabilidad política del siglo —pronunciamientos, guerras carlistas, cambios de régimen— dificultó cualquier proyecto de desarrollo sostenido.
La llegada del ferrocarril fue tardía y complicada. La geografía de Segovia —ciudad sobre una roca rodeada de ríos, en el borde de una sierra— no facilitaba la construcción de líneas ferroviarias con criterios de rentabilidad, y cuando el tren llegó finalmente en 1884, lo hizo a través de un túnel bajo la sierra que era en su momento una hazaña de ingeniería y que redujo considerablemente la distancia con Madrid pero no resolvió el problema fundamental de una ciudad que había perdido su función económica principal.
El siglo XIX fue también el período en que Segovia descubrió su propio valor como destino turístico y patrimonial. Los viajeros románticos —españoles y extranjeros— llegaban atraídos por el acueducto, el alcázar y las iglesias románicas, y sus descripciones contribuyeron a construir la imagen de una ciudad fuera del tiempo que todavía hoy es parte de la marca de Segovia. Antonio Machado, que vivió en la ciudad entre 1919 y 1931 mientras enseñaba francés en el instituto, escribió algunos de sus poemas más memorables en las calles y los campos de Segovia, y la ciudad guarda su memoria con el cariño que se reserva para los escritores que eligieron quedarse cuando podían haberse ido.
La Guerra Civil y la posguerra
El 18 de julio de 1936, Segovia fue una de las primeras ciudades españolas en sumarse al alzamiento franquista, lo que la salvó de la destrucción que sufrieron las ciudades que resistieron pero la sumió en la represión de posguerra con una intensidad que durante décadas fue difícil de reconocer públicamente.
La ciudad fue durante la guerra una retaguardia del bando nacional, suficientemente alejada del frente para no sufrir bombardeos directos pero suficientemente cercana a Madrid —a menos de cien kilómetros— para sentir la tensión permanente de un frente que no terminaba de romperse. El Puerto de Navacerrada y los pasos de sierra cercanos fueron escenario de combates que los libros de historia de la transición democrática tardaron en recuperar con la precisión que merecían.
La posguerra fue, como en toda España, un período de miseria y represión, pero Segovia tenía a su favor algo que muchas ciudades no tenían: su patrimonio monumental la convirtió en destino del turismo interior que el régimen franquista promovió como actividad patriótica, y esa afluencia de visitantes —modestos en número comparados con los actuales pero significativos para una ciudad pequeña— fue uno de los sostenes económicos de las décadas más duras.
El cochinillo y la identidad: lo que una ciudad come dice lo que es
Ningún artículo sobre Segovia puede ignorar el cochinillo asado, que no es solo un plato regional sino una declaración de identidad que la ciudad ha convertido en marca global con una habilidad que merecería un estudio de caso en cualquier escuela de marketing.
El cochinillo asado al horno de leña —el lechazo de cerdo de tres semanas de vida, crujiente por fuera y tierno por dentro, que en los restaurantes de Segovia se corta tradicionalmente con el filo de un plato de cerámica para demostrar su ternura— tiene en la ciudad una historia que se remonta al menos a la Edad Media, cuando los conventos y las casas nobles segovianas desarrollaron una tradición de cocina de producto que aprovechaba la riqueza ganadera de la meseta castellana.
Que el cochinillo haya sobrevivido como símbolo de identidad local en una época de globalización gastronómica dice algo sobre la capacidad de Segovia de mantener sus rasgos propios frente a la presión homogeneizadora. En los restaurantes del casco histórico —el Mesón de Cándido bajo el acueducto, el José María en la calle Cronista Lecea, entre otros— el rito del cochinillo se celebra con una teatralidad que tiene algo de performance histórica, y que los visitantes adoptan con la entrega que producen los rituales que tienen raíces reales.
Segovia hoy: la ciudad que vive bien en su tamaño
Segovia tiene hoy unos cincuenta y cinco mil habitantes, lo que la convierte en una ciudad de tamaño mediano que gestiona su patrimonio extraordinario con una mezcla de orgullo y cierta resignación ante las limitaciones que ese tamaño impone. Es una ciudad universitaria desde 1997, cuando la Universidad SEK se instaló en el recinto del Real Sitio de San Ildefonso, y la presencia de estudiantes le da una energía que ciudades similares sin universidad raramente tienen.
La declaración de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985 —que abarcó el acueducto, el casco histórico y el Alcázar— fue el reconocimiento internacional que la ciudad necesitaba para consolidar su posición como destino turístico de primer orden, y desde entonces la afluencia de visitantes ha crecido de manera sostenida. El turismo de fin de semana desde Madrid —Segovia está a apenas noventa minutos en coche y a media hora en el tren de alta velocidad inaugurado en 2007— es el sustento económico principal de una ciudad que ha aprendido a vivir de su belleza con una cierta elegancia.
La proximidad a Madrid tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La ventaja es obvia: un mercado de varios millones de personas a menos de una hora que buscan escapar del fin de semana urbano. El inconveniente es que esa proximidad ha convertido a Segovia en parte del área de influencia madrileña de una manera que a veces amenaza con reducirla a la condición de destino de excursión de un día, con todo lo que eso implica en términos de turismo superficial y economía de la prisa.
Pero Segovia resiste a esa reducción con la misma obstinación con que sus murallas medievales han resistido siglos de intemperancia. La ciudad que proclamó reina a Isabel la Católica, que construyó la última catedral gótica de España cuando el Renacimiento ya había llegado, que levantó iglesias románicas cuando nadie se lo pedía y que conservó su acueducto durante diecinueve siglos porque nadie se atrevió a tocarlo, tiene suficiente carácter propio para no disolverse en ningún mercado turístico por numeroso que sea.
El acueducto sigue en pie en la plaza del Azoguejo. Los bloques de granito siguen encajando sin argamasa con la precisión con que los cortaron hace dos mil años. Y la ciudad que creció a su sombra sigue siendo, contra toda probabilidad, exactamente lo que siempre ha sido: una roca entre dos ríos, una fortaleza convertida en ciudad, un monumento convertido en vida cotidiana.